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PERFIL

El extraño triunfo del rey Jorge

Se convierte en el primer presidente de la República en ser reelegido

Giorgio Napolitano, durante un acto en Roma, el 24 de marzo pasado.
Giorgio Napolitano, durante un acto en Roma, el 24 de marzo pasado. EFE

Los triunfos del presidente Giorgio Napolitano se levantan, desgraciadamente para Italia, sobre las miserias del prójimo. A principios de julio de 2009, Barack Obama llegó al país para participar en la cumbre del G-8. Antes de reunirse con Silvio Berlusconi –ya en tela de juicio por los escándalos de prostitución—y de visitar los destrozos del reciente terremoto en L’Aquila, el presidente de Estados Unidos acudió a visitar al presidente Napolitano y a su esposa, Clio Bettoni. Después de alargar hasta casi una hora los 25 minutos inicialmente previstos, Obama –en un ejercicio de diplomacia espectacular—trazó un perfil del presidente italiano, antiguo comunista y padre del texto constitucional, que también era, puesto del revés, un rapapolvo a Berlusconi: “Napolitano tiene una reputación maravillosa. Y merece la admiración de todo el pueblo italiano no solo por su carrera política, sino también por su integridad y gentileza: es un verdadero líder moral y representa de la mejor manera a vuestro país”.

Ahora, la figura política de Giorgio Napolitano (Nápoles, 1925) vuelve a erigirse sobre un paisaje de escombros. Más que un éxito personal, el hecho de convertirse en el primer presidente de la República en ser reelegido supone el fracaso sin paliativos de la política italiana. Y, en un intento de ser justos, también de sí mismo. El caos absoluto y sostenido que atraviesa ahora Italia –54 días después de las elecciones aún no hay Gobierno y los partidos no son capaces de encontrar un presidente de consenso en un país de 60 millones de habitantes—tiene mucho que ver con la decisión tomada por Giorgio Napolitano en noviembre de 2011. Aquella arriesgada operación para sustituir a Berlusconi por un ministro tecnócrata, elegido a dedo, con la complacencia de los mercados pero no de los electores, llamado a propiciar una oxigenación de la política que luego no se produjo, resultó un fracaso. Y prueba de ello es que las relaciones entre Napolitano y Mario Monti sufrieron un descalabro –que ninguno de los dos se molestó demasiado en ocultar—en la Navidad de 2012, cuando el primer ministro técnico decidió descender al campo de la política tras haberlo negado durante meses. Monti se quitaba el disfraz de técnico después de haber cumplido escrupulosamente el guión económico marcado por Angela Merkel, pero dejando en blanco las reformas democráticas que le había encomendado expresamente Napolitano: cambio de la ley electoral, transparencia en los dineros de la política… Monti convenció a los políticos para ajustar el cinturón de los italianos, pero en ningún momento el propio.

¿Está Italia mejor ahora que cuando, en noviembre de 2011, Napolitano pidió tiempo muerto a la democracia? ¿La decisión de aceptar un nuevo mandato, como si no hubiera otro hombre u otra mujer con capacidad en Italia, es una señal positiva de cara al exterior? Si ni la bolsa ni la prima de riesgo se quejan del desgobierno –deben haberse acostumbrado--, ¿a qué viene tanta prisa si su mandato no expira hasta el próximo 15 de mayo? ¿No se está arriesgando Napolitano a dilapidar en medio de la refriega su gran capital como estadista y hombre ecuánime?

Nada más licenciarse en Derecho, el joven Napolitano fundó en 1942 un grupo antifascista que, durante la II Guerra Mundial, tomó parte en numerosas acciones contra los nazis. En 1945, con solo 20 años, se afilió al Partido Comunista Italiano (PCI), donde permaneció hasta 1991. Su ruptura con el comunismo oficial se produjo en el histórico congreso de Rimini. Napolitano, que había sido elegido diputado en varias ocasiones y se había encargado de la diplomacia en el llamado “gobierno en la sombra” del PCI, se integró en el Partido Democrático de la Izquierda. En 1992, tras unos meses como eurodiputado, regresó para sustituir como presidente de la Cámara de Diputados a Oscar Luigi Scalfaro, que había sido elegido presidente de la República. En 1996, Romano Prodi lo nombró ministro del Interior, un verdadero hito en Italia, teniendo en cuenta su pasado comunista. De 1999 a 2004 fue reelegido eurodiputado y el 10 de mayo de 2006 –ya envuelto en una merecida aureola de gran estadista, de hombre de consenso—fue elegido presidente de la República en la cuarta votación. De los 1.000 grandes electores, fue votado por 543.

Hace siete años, en su discurso de investidura, Giorgio Napolitano defendió un Estado laico independiente de la Iglesia, criticó el prejuicio de los italianos contra “la energía femenina” y tronó contra la “gerontocracia masculina” que gobernaba el país. Ayer, al aceptar su reelección como jefe del Estado, Italia no parecía muy distinta a la que se comprometió a cambiar. Los obispos lo llamaron para que siguiera al frente del país, el comité de sabios que él mismo nombró para intentar salir del laberinto político no incluía a ninguna mujer y él ya no tiene 80 años, sino 87. Aun desgastado su prestigio por la operación Monti –así lo señalan los datos del centro de estudios Eurispes--, los italianos siguen respetándolo y Barack Obama llamándolo amigo. Pero, al confirmarse su reelección, Berlusconi sacó del baúl de los recuerdos una amplia sonrisa. Y eso siempre es un factor inquietante.