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REPORTAJE

La mujer que fascinó a los británicos

“El mejor hombre de Europa”, la definió su amigo Ronald Reagan. Este texto, escrito en 1983, repasa muchas de las anécdotas que protagonizó

Margaret Thatcher, en la conferencia 'tory' en Brighton en 1981.
Margaret Thatcher, en la conferencia 'tory' en Brighton en 1981. MAGNUM

Cuando Margaret Thatcher entraba en la Cámara de los Comunes, un día a la semana, para responder a las preguntas de la oposición, los diputados de su partido se removían en sus duros asientos (los escaños de Westminster deben de ser los más incómodos del mundo), recomponían la figura, se abrochaban el primer botón de la camisa y se enderezaban la corbata, como estudiantes desaplicados a la vista de la directora del colegio. La mayoría de ellos sabía que si conservaba su escaño era, más que por méritos propios, por la increíble atracción que sentían los británicos hacia aquella mujer alta, rubia y delgada, que era capaz de pedirles confianza pese a que durante sus cuatro primeros años de mandato todas sus promesas de ley y orden se habían desvanecido y el desempleo se había multiplicado por tres. Pero ocurrió que la dictadura militar argentina tuvo la sangrienta ocurrencia de invadir las islas Malvinas y el país entero entró, más bien encantado, en una guerra en el Atlántico sur. Una guerra victoriosa, pero guerra al fin y al cabo, que consagró a la señora Thatcher como Dama de Hierro.

Claro que al principio de su carrera no la llamaban así, sino doncella de hierro, apodo que se inventó el Daily Mirror, y que se hizo más digno (Iron Lady) cuando pasó a ser primera ministra.

Se decía que ella se sentía muy satisfecha de esta imagen y que se reía con ganas cuando el presidente norteamericano, Ronald Reagan, dijo públicamente que Maggie era “el mejor hombre de Europa”. Claro que Valéry Giscard d’Estaing, cuya única compensación por haber perdido la presidencia de la República Francesa fue no tener que discutir con ella cuatro veces al año, dijo también un día: “La señora Thatcher no me gusta ni como hombre ni como mujer”.

Las anécdotas reflejaban una realidad. La primera mujer que alcanzó la presidencia del Gobierno en un país de Europa occidental no fue, en absoluto, una militante feminista. “¿Qué han hecho los movimientos de liberación de la mujer por mí?”, afirmó en una entrevista con una revista norteamericana. “Algunas mujeres nos habíamos liberado antes de que a ellas se les hubiera ocurrido pensar en ello”.

Margaret Thatcher se liberó, dicen las malas lenguas, gracias a un marido rico. A ella le gustaba decir que era hija “de un tendero”, pero lo cierto es que su padre, Alfred Roberts, no era únicamente el propietario de una tienda de comestibles, sino también un político local con suficiente dinero como para pagarle un colegio privado, aunque no para sufragar las ambiciones políticas de su hija.

Maggie —que solía mencionar con cariño a su padre, mientras que hacía pocas alusiones a su madre, Beatrice, o a su hermana mayor, Muriel— recordaba que su padre le pagó unas clases particulares de latín cuando decidió solicitar una beca para Oxford. Su profesora se negó a respaldarla, por considerar que era imposible que una joven dedicada a las ciencias aprendiera suficiente latín en tan poco tiempo como para ser admitida en la superclasista universidad. Cuando muchos años después volvió a su colegio para participar en el homenaje que le ofrecían sus antiguos compañeros, la primera ministra aprovechó para tomar una pequeña revancha: corrigió públicamente a su antigua profesora una cita equivocada en latín.

En Oxford, la joven Roberts estudió Natural Sciences (química) y se sacudió un poco “el pelo de la dehesa”. Hasta entonces, la estricta formación metodista de sus padres le había impedido ir a bailar los domingos (de pequeña, ella y su hermana no podían ni jugar en el día del Señor) y frecuentar a jóvenes del sexo opuesto. La universidad le permitió perder el aire de jovencita de provincias algo anticuada y, más aún, encarriló su vida futura.

Maggie ingresó en la Asociación Conservadora de Oxford y conoció a quien sería su mentor político, Keith Joseph, un tory que confió siempre en ella. Algo debía tener la estudiante de Química, porque sus compañeros recordaban que un profesor dijo: “No sé adónde va esta jovencita, pero sin duda llegará”.

A los 23 años se presentó como candidata a un escaño conservador. No fue elegida, pero había batido una marca: era la candidata más joven de los tories. Compatibilizar política y trabajo y estudiar leyes al mismo tiempo, como le sugirió Joseph, era algo complicado para una mujer joven sin recursos económicos holgados. Afortunadamente conoció a un hombre 11 años mayor que ella, Denis Thatcher, rico industrial, con el que se casó y que puso a su disposición dinero suficiente como para pagar secretaria y criadas que atendieran a los gemelos y para sufragar su carrera política.

El viaje de novios del nuevo matrimonio (París, Portugal y Madeira) fue el primer viaje al extranjero de la futura primera ministra. El dato fue en su momento poco conocido, pero Denis Thatcher había estado ya casado con anterioridad. Se dice que los hijos de Margaret Thatcher no supieron que su padre estaba divorciado hasta bien mayores, porque su madre se lo ocultó.

Shirley Williams, dirigente del entonces Partido Socialdemócrata, decía que Margaret Thatcher parecía “una segunda reina rodeada de sus cortesanos”. Antiguos miembros de su Gabinete contaban que era difícil romper su aislamiento, y que resultaba peligroso llevarle la contraria en los consejos de ministros, porque ella siempre se las arreglaba para presentar sus propias propuestas como las únicas morales, de forma que las de su contrario, por oposición, quedan relegadas a la categoría de inmorales.

La primera ministra odiaba a los wets (moderados de su partido) y lo pasaba mal en las reuniones semanales del Gabinete. Prefería convocar a los ministros uno a uno o en pequeños grupos. Al parecer, la culpa no era solo suya. Los ministros, todos hombres, procedentes de buenos colegios y de universidades de élite, estaban poco acostumbrados a que les mandara una mujer, y cuando se reunían en torno a una mesa prodigaban las bromas y los chistes de mal gusto, del género “¿qué hay de verdad en el rumor de que el primer ministro es una mujer?”, que se le atribuyó precisamente a un exministro.

En cualquier caso, Margaret Thatcher limpió casi por completo de wets su Gabinete en cuanto pudo. En julio de 1981, después de unos fuertes disturbios en Bristol, Liverpool y Manchester, los echó por la borda. Algunos miembros del Gobierno creyeron que la revuelta de los barrios pobres era una señal de que había que dar marcha atrás y suavizar la política económica. Thatcher no admitió las críticas. “No hay otra alternativa”, “no tiene usted en absoluto razón” y “el honorable diputado debería saber…” eran sus tres frases favoritas.

Margaret Thatcher tenía una voz preciosa, cálida, fuerte, capaz de dominar sin estridencias cualquier tumulto o griterío. Era un arma importante, porque en el Parlamento británico no se autorizaba entonces la entrada de cámaras de televisión, de forma que los ciudadanos tenían que seguir los debates por la radio. “Cuando acudo a la Cámara de los Comunes y oigo la primera pregunta, me digo: Maggie, ahí vienen. Nadie puede ayudarte. Estás sola. Y me gusta”, le contó a un comentarista político.

A la primera ministra le gustaba estar “sola ante el peligro”, y los británicos adoraban saberlo. “Margaret Thatcher encarna el enfoque decidido de los problemas”, “la mujer que no duda en poner en práctica sus ideas y sus valores”, “la primera ministra que sabe decir no sin matices”. La prensa popular pulió cada día la imagen de la Dama de Hierro como una persona confiada, valiente y resuelta, casi autosuficiente. Ella también cuidaba todos los detalles que podían favorecer el cliché de mujer que sabe infundir respeto.

Tal vez por esa imagen, que según ella le permitía mantener una privilegiada relación con la opinión pública, sus relaciones con la reina no fueron buenas. Isabel II recibía todas las semanas a la primera ministra en el palacio de Buckingham, que es su casa, y lo hacía en un tono doméstico que no le iba a la personalidad de Margaret Thatcher. Uno se la imaginaba difícilmente tomando té, relajada, hablando de caballos o de pintura con la reina. De hecho, los británicos se quedaron fríos cuando el hijo de la Dama de Hierro, Mark, se perdió en el Sáhara con ocasión de un Paris Dakar y su madre apareció sollozando ante las cámaras de televisión.

Esa no es su Maggie. La auténtica era la que escuchaba a su oponente con la cabeza algo ladeada y sus bonitos ojos azules medio entornados, para lanzarse después como un águila, con las garras por delante, sobre su pieza. La auténtica era la que hacia callar sin remilgos a sus ministros de Asuntos Exteriores o la que discutía sin complejos con los expertos del Banco de Inglaterra hasta imponerles su criterio. De sus relaciones con la reina se cuenta una anécdota, posiblemente falsa, que refleja la tensión entre las dos mujeres, ambas de la misma edad. Un día, la primera ministra acudió a un acto, oficial con un traje del mismo color que el que llevaba Isabel II. A la mañana siguiente, el secretario de Downing Street pidió al palacio de Buckingham que informara con antelación del vestido de la reina para evitar futuras coincidencias. La respuesta fue real: “La reina nunca se fija en el color del vestido de sus invitados”.

Algunos de los enemigos de Margaret Thatcher, que eran muchos, incluso dentro de su propio partido, decían que se veía a sí misma como una heroína con una misión que cumplir: luchar contra la intervención del Estado, devolver la brillantez a la iniciativa privada, garantizar la defensa de Occidente y, sobre todo, devolver la confianza a sus compatriotas.

Cuando los argentinos tuvieron la desgraciada idea de invadir las islas, Margaret Thatcher se encontraba en un momento pésimo: su popularidad había bajado varios enteros, el partido había perdido unas elecciones parciales y sus compañeros empezaban a conspirar para desbancarla antes de las nuevas elecciones. La guerra (nunca se sabrá si Margaret Thatcher ordenó hundir el crucero argentino General Belgrano para impedir cualquier arreglo negociado) constituyó un auténtico éxito personal para la primera ministra.

“Vamos a comprobar ahora de verdad de qué metal está hecha”, dijo en los Comunes el diputado ultraderechista Enoch Powell. Maggie no dejó lugar a dudas: se comportó como si estuviera hecha de acero, decidiendo personalmente qué hacer y cuándo hacerlo, y celebrando reuniones de guerra con generales y almirantes.

Los británicos recompensaron ampliamente el riesgo que había corrido y le devolvieron su apoyo. Margaret Thatcher les dejó en la boca el buen sabor del trabajo bien hecho. El Reino Unido no era solo un país que demostraba su eficacia organizando a la perfección bodas y entierros reales (el periódico norteamericano Boston Globe dijo que la boda del príncipe Carlos se había celebrado con la misma precisión con la que los comandos israelíes realizan sus mejores operaciones), sino una potencia capaz de llegar al fin del mundo y de imponer su fuerza.

De la guerra de las Malvinas, Margaret Thatcher conservó siempre cierto gusto por las expresiones militares: “Un general no abandona el campo de batalla”, “cuando la lucha llega a su punto culminante hay que estar presente”. Las encuestas señalaban que los británicos estaban fascinados por su imagen de mujer fuerte de la Biblia. “Cuando quieras que alguien diga algo, pídeselo a un hombre. Pero si quieres que alguien haga algo, pídeselo a una mujer”. La frase era de Margaret Thatcher.

 

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