Tribuna
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La dama y los Sex Pistols

La exprimera ministra supo conectar con una generación que estaba harta de una élite política que parecía incapaz de entender un mundo nuevo

Margaret Thatcher en la cocina de su casa de Londres después de ser elegida líder del Partido Conservador en febrero de 1975.
Margaret Thatcher en la cocina de su casa de Londres después de ser elegida líder del Partido Conservador en febrero de 1975.- (AFP)

Le toca sólo a unos pocos políticos personificar el espíritu — lo que los alemanes llaman zeitgeist— de una época. Son líderes que no solo tienen éxito en poner en práctica su programa electoral, sino que además cambian los términos del debate para que haya un antes y un después. Sin duda, Margaret Thatcher se encuentra en esa categoría.

Thatcher cambió Gran Bretaña, aunque no lo hizo sola. Su genio político fue reconocer que el país estaba transformándose ya y lograr canalizar esas nuevas fuerzas sociales para promover y consolidar su poder durante 13 años.

A mediados de los años setenta Reino Unido atravesaba una grave crisis social, económica y política: según The Economist, era “el enfermo de Europa”. La clase obrera se había enriquecido y se había hecho más diversa e individualista. En las elecciones de 1974 — cinco años antes de que Thatcher llegara al poder—- solo la mitad de los sindicalistas seguían votando al Partido Laborista. La vieja política del consenso y la gestión económica de Keynes se había venido abajo: la inflación y el desempleo iban en aumento, mientras que la credibilidad de la clase política se había hundido.

En la cultura popular, Thatcher encontró aliados antinaturales en el grupo punk Sex Pistols (uno de sus músicos afirmaba ser admirador suyo). Con su música bronca y sus letras iconoclastas, la banda articuló el pensamiento de una generación que estaba harta de una élite política — el establishment — que parecía incapaz de entender un mundo nuevo. Tanto los Sex Pistols como Thatcher pensaban que el viejo orden estaba muerto. Al igual que el grupo punk, Thatcher promovió la imagen de una extranjera —una mujer de provincias, de clase media baja, en un partido y un país dominado por hombres de la metrópoli y de familias privilegiadas—.

La gran pregunta era entonces ¿qué reemplazaría al viejo orden? Los punk, por supuesto, ofrecían solo el abismo mientras Thatcher se dedicó a construir alianzas. Una de sus políticas más exitosas fue la venta de viviendas sociales a sus inquilinos: en pocos años, más de un millón de personas llegaron a ser propietarias de sus casas y pagaron a Thatcher con su voto. A nivel internacional, encontró en el presidente norteamericano, Ronald Reagan, un aliado, y entre los dos se dedicaron a promover una agenda neoliberal, a favor de la desregulación y de un capitalismo de mercado con la mínima intervención del gobierno. Las consecuencias están todavia con nosotros y en el espíritu de nuestra época.

David Mathieson, asesor entre 1996-2002 del ministro de Asuntos Exteriores británico Robin Cook. Es investigador en la fundación FRIDE en Madrid.

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