Los jueces rechazan razones médicas de Berlusconi para aplazar dos vistas

Il Cavaliere había ingresado en observación por molestias oculares en Milán

Silvia Berlusconi, en Milan en febrero de 2011.
Silvia Berlusconi, en Milan en febrero de 2011.ANDREAS SOLARO (AFP)

Silvio Berlusconi se presentó el viernes por la mañana en el hospital San Raffaele de Milán, dijo que le dolía mucho el ojo izquierdo y quedó ingresado en observación. A la misma hora, sus abogados solicitaron un aplazamiento del juicio por incitación a la prostitución de menores y abuso de poder, el llamado caso Ruby. La fiscal Ilda Boccassini, que ese día tenía que formular la petición de condena, se malició enseguida que se trataba de otro de los trucos del anterior primer ministro para burlar la acción de la justicia, pero el tribunal aceptó aplazar la vista hasta el lunes. El problema es que este sábado Silvio Berlusconi tenía otra cita con los jueces, y esta vez la estrategia del colirio no funcionó.

Los magistrados del tribunal de apelación de Milán que juzgan el caso Mediaset —por el que Berlusconi fue condenado en primera instancia a dos años de cárcel y a una multa de 10 millones de euros por fraude fiscal— decidieron que un oculista y un forense visitaran al paciente en el lecho del dolor. Después de varias horas de suspense, los facultativos dictaminaron que la uveítis de Il Cavaliere —dolor, lagrimeo, fotofobia— no suponía un “legítimo impedimento” para la celebración del juicio. Como era de esperar, los abogados del magnate insistieron en su letanía habitual. No es que Berlusconi —como dijo el tribunal de Mediaset a través de su sentencia— tenga “tendencia a delinquir”, sino que los jueces italianos en general y los de Milán en particular la tienen tomada con él.

Aunque la uveítis sea leve, la situación de Berlusconi es grave, muy grave. El jueves pasado fue condenado a un año de prisión por la publicación en el periódico Il Giornale, propiedad de su hermano Paolo, de grabaciones de procedencia ilícita con el objetivo de perjudicar a un adversario político. El lunes, la fiscal Boccassini justificará su petición de condena desgranando otra vez en público el contenido de las fiestas de la villa de Arcore. La semana pasada, el fiscal Antonio Sangermano adelantó que el magnate y político tenía instalada en su casa “una verdadera red de prostitución” para obtener sexo a cambio de dinero y de promesas de trabajo. Una fiscal de menores recordó también la forma en que, la noche del 27 al 28 de mayo de 2010, los policías de la comisaría central de Milán le contaron que Berlusconi había llamado para que pusieran en libertad a Karima el Mahrug —también conocida como Ruby Robacorazones— alegando que era sobrina del entonces presidente egipcio Hosni Mubarak. El problema era que Ruby solo tenía 17 años, había participado en las fiestas subidas de tono del entonces primer ministro y además no era egipcia, sino marroquí.

La ya famosa uveítis ha sido, además, la última de una larga cadena de trucos para alargar los juicios. Durante sus casi 20 años al frente de la política italiana, Berlusconi ha legislado leyes a su medida, ha intentado deslegitimar a los jueces con ataques constantes, se ha opuesto a la modernización de la justicia —los procesos se hacen eternos y los delitos prescriben durante la instrucción— y, finalmente, ha empleado una parte importante de su inmensa fortuna en blindarse jurídicamente. Su equipo de abogados, capitaneados por el diputado de su partido Niccolò Ghedini, ha urdido mil y una estrategias para aplazar, por ejemplo, el caso Ruby, sin duda el proceso más delicado desde el punto de vista político y moral. De hecho, el juicio podría haber acabado a finales del pasado año, pero en noviembre Ruby desapareció. La defensa argumentó que sin su testimonio no podría seguir el proceso. La muchacha llamó desde México y dijo que estaba de vacaciones, que ya vendría. Se presentó en enero, deseando declarar, según dijo, pero entonces el abogado Ghedini dijo que ya no la quería escuchar. De ahí que cuando, el pasado viernes, el letrado se presentó ante el tribunal con el parte médico en la mano, la fiscal Boccassini declaró que allí había gato encerrado.

Y, como certificaron el oculista y el forense, lo había. En circunstancias normales, la difusión de aquella imagen de 2010 —un primer ministro llamando personalmente en medio de la noche a la policía para que, a través de engaños, dejasen en libertad a su supuesta amante menor de edad— hubiese sido suficiente para arruinar la carrera de cualquier político, pero los recientes resultados electorales han demostrado que Silvio Berlusconi sigue teniendo un salvoconducto muy poderoso en Italia. Y su partido, lejos de avergonzarse por el comportamiento de su líder, se lanza en tromba contra la magistratura en pleno. Ayer, el jefe del grupo de diputados del Pueblo de la Libertad (PDL), Fabrizio Cicchitto, dibujaba así la visita al hospital del oculista y el forense: “Son médicos nazis que obedecen instrucciones de un tribunal estalinista”.

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