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Miedo a otra ola de ira por la sentencia

De los nueve responsables policiales de la masacre del estadio solo dos irán a la cárcel

Cadena perpetua a cinco aficionados y confirmada la pena de muerte para otros 21

La Corte durante el juicio por la masacre de Port Said.
La Corte durante el juicio por la masacre de Port Said. AP

El tribunal encargado de investigar la masacre del estadio de Port Said, en la que el año pasado murieron más de 70 personas, ha emitido este sábado su veredicto definitivo. De los cerca de 50 acusados pendientes de sentencia, cinco han recibido una pena de cadena perpetua, otros diez, sentencias que oscilan entre los 10 y 15 años de cárcel, y a dos más, les han caído cinco años. El resto de los acusados ha sido absuelto.

En el banquillo se sentaron hoy tanto hinchas de fútbol, como varios responsables policiales. El más alto cargo policial, Essam Samak, director de la provincia de Port Said en el momento de los hechos, deberá pasar 15 años entre rejas. Otro agente ha recibido una condena de cadena perpetua, mientras siete mandos han sido absueltos.

La reacción no se hizo esperar en el barrio cairota de Zamalek, en la sede social del Ahly, club al que pertenecían la mayoría de las víctimas. Los ultras ahlawy, como se conoce a los hinchas del equipo, se reunieron para escuchar juntos el veredicto, que dejó una sensación agridulce. Mientras algunos lanzaron cohetes de celebración, otros se sentían decepcionados y pedían penas más duras para los altos mandos policiales responsables de velar por la seguridad del estadio aquel fatídico 1 de febrero del 2012, a quienes consideran los verdaderos culpables de la matanza.

En la ciudad de Port Said, también se desbordaron las emociones. A excepción de nueve oficiales de policía, la gran mayoría de los acusados son jóvenes aficionados del club de fútbol local, el Masry. De hecho, en un primer veredicto emitido a finales de enero, la corte condenó a pena de muerte a 21 seguidores del Masry. Y el sábado la ratificó. Aquel veredicto ya provocó una ola ira en la ciudad que se saldó con más 40 muertos en solo un par de días, y se teme un nuevo estallido de violencia en las próximas horas.

Durante las horas anteriores al veredicto, en Port Said se vivía una calma tensa, después de que la denostada policía se hubiera esfumado de las calles el viernes, dejando el control de la ciudad en manos del ejército. Desde inicio de semana, se produjeron duros enfrentamientos entre policía y manifestantes, quienes consiguieron asaltar y prender fuego a la principal comisaría de la ciudad.

La policía apoya la desobediencia

La acción de desobediencia de los agentes en Port Said encontró el apoyo de miles de agentes de policía de todo el país, y el viernes por la noche ya se habían declarado en huelga al menos 67 comisarías. Su principal argumento para abandonar sus puestos de trabajo es que se niegan a actuar de brazo represor del gobierno islamista en su conflicto con la oposición.

Ashraf al-Azaby, abogado de 13 de los acusados, se mostraba pesimista unas horas antes del veredicto. “Me temo que el veredicto de mañana será como el primero, un veredicto injusto y de naturaleza política”, declaró a El PAIS. “No se ha presentado ninguna prueba concluyente contra los acusados. Las condenas solo pretenden aplacar a los ultras ahlawy. Apelaremos y pediremos la repetición de todo el proceso”, añadía el carismático magistrado.

Los ultras ahlawy es el grupo de aficionados más fanáticos del Ahly, el club más laureado del país. Son legión y están muy bien organizados, lo que les ha permitido realizar diversas acciones de presión durante los últimos días. Han interrumpido el servicio del metro, han cercado la Bolsa, e incluso cortaron la carretera que lleva al aeropuerto el pasado domingo, retrasando por dos horas la partida del secretario de Estado, John Kerry, en su primera visita a Egipto.

Hace más de dos semanas, Port Said se declaró en huelga general. Tanto las escuelas, como muchas empresas e incluso edificios oficiales han cerrado sus puertas. El viernes, la ciudad, situada en la boca del Canal de Suez, parecía una ciudad fantasma bajo la mirada omnipresente de sus mártires. Pancartas y carteles con sus fotografías presidían las calles del centro. “Todo el pueblo se encuentra unido bajo una demanda: que se haga justicia, y se juzgue a los asesinos de tantos mártires”, proclama Rami, un joven de 24 años, en referencia a los mandos del ministerio del Interior.

La Plaza de los Mártires constituye el epicentro de las protestas. Allí se encuentra la principal comisaría de policía, a la que la multitud prendió fuego el martes. Durante las últimas semanas, el nombre de la plaza ha adquirido un renovado sentido. Originalmente, estaba dedicada a los héroes que resistieron la invasión del canal de Suez en una ofensiva tripartita entre Israel, Francia y Reino Unido, Pero ahora simboliza la brutalidad policial que ha segado la vida de cerca de 50 personas desde finales de enero. Uno de los últimos caídos ha sido Abdu Rahman al-Sayed, un adolescente de 17 años.

“Estamos destrozados. Yo estaba a su lado cuando murió. Estábamos en una manifestación, y desde el tejado de la comisaría de policía, nos lanzaron un bloque de granito”, explica en el funeral Karim, su hermano gemelo. En la mezquita de Mariam, se combinan las expresiones de dolor y de rabia contra las fuerzas policiales, así como el presidente Morsi y su partido. “No hay más dios que Alá, y los Hermanos Musulmanes son enemigos de Alá”, gritan tres mujeres veladas de luto parafraseando, y modificando el final de la declaración de fe del Islam.

En los corros de ciudadanos que discuten la situación, algunos piden un retorno al poder las Fuerzas Armadas. Pero otros discrepan. “Debería haber nuevas elecciones presidenciales. Todos queremos que el ejército, y no la policía, se haga con el control de la ciudad, pero no del país de forma indefinida”, afirma al-Araby, un trabajador veterano de una empresa petrolífera.

La sensación de caos y de inestabilidad crónica que experimenta Egipto ha llevado a miles de ciudadanos a firmar una petición para que el ejército asuma de nuevo las riendas del país. Sin embargo, los militares no se cansan de repetir que no están interesados en involucrarse en política, sobre todo después de la experiencia negativa que representó la administración del periodo de transición por parte de la Junta Militar.