Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

El plan nuclear aglutina a los iraníes

A pesar de las diferencias en la cúpula, todas las facciones están de acuerdo en mantener el programa atómico

El ministro de Exteriores iraní, Ali Akbar Salehi (de frente),a su llegada a la Conferencia de Seguridad de Munich el pasado 3 de febrero.
El ministro de Exteriores iraní, Ali Akbar Salehi (de frente),a su llegada a la Conferencia de Seguridad de Munich el pasado 3 de febrero. EFE

Sean cuales sean las diferencias que enfrentan a la cúpula del régimen iraní hay un asunto en el que todas las facciones están de acuerdo: el programa nuclear. Ni siquiera los ahora extraparlamentarios reformistas del Movimiento Verde han presentado nunca una alternativa. Pero bajo la presidencia de Mahmud Ahmadineyad, los conservadores han convertido ese empeño en el eje de la política iraní y el principal obstáculo a la normalización de relaciones con EE UU. Significativamente, varios de los nombres que se rumorean como candidatos a las elecciones presidenciales del próximo junio tienen en común la experiencia en ese terreno.

Tal es el caso de Ali Lariyani, el actual presidente del Parlamento y rival inveterado de Ahmadineyad, que aun así fue el primer jefe del equipo negociador nuclear nombrado por el controvertido presidente en 2005. Hasta ahora, Lariyani no se ha manifestado al respecto. Quien sí lo ha hecho, al menos de forma tácita, ha sido Hasan Rohani, su predecesor como negociador nuclear entre 2003 y 2005. Rohani declaró a primeros de enero que había llegado el momento de imprimir un “nuevo tono” a la política nuclear y acusó a Ahmadineyad de haber sido muy “polémico”.

Otro potencial aspirante que mantiene silencio es el actual jefe del equipo negociador, Said Yalili. Sin embargo, hay una campaña en apoyo de su candidatura en Internet y destacados miembros de una influyente facción conservadora del Parlamento lo han respaldado en público. Finalmente, el actual ministro de Exteriores, Ali Akbar Salehi, ha desatado las especulaciones por su forma de eludir las preguntas de los periodistas al respecto. Salehi fue el anterior jefe de la Organización de la Energía Atómica de Irán.

Por supuesto, hay —y aún habrá— más candidatos. Antes de someterse al veredicto de las urnas, todos deben ser vetados por el Consejo de Guardianes. Sin embargo, dada la centralidad que la cuestión nuclear ha adquirido tanto en la política exterior como en las tensiones internas, ese conocimiento puede marcar la diferencia en quién recibe el endoso de los poderes fácticos.

Aunque es el líder supremo, Ali Jamenei, quien tiene la última palabra en los temas de seguridad nacional, incluido el programa atómico, también es cierto que nadie que no sea de su más absoluta confianza accede a ese dossier. De ahí que algunos analistas especulen con que, si llegara a presidente, Lariyani, cuya familia mantiene estrechas relaciones con Jamenei, recibiría más poderes que Ahmadineyad para alcanzar un acuerdo con EE UU y desbloquear la crisis nuclear.

“Las elecciones no van a cambiar nada [respecto a la cuestión nuclear] porque los políticos de diversas tendencias están de acuerdo en que el programa nuclear es un derecho de Irán y van a defenderlo”, ha advertido Mohammad Marandi, un politólogo de la Universidad de Teherán, en una de sus frecuentes intervenciones en PressTV.

La cuestión es cómo. Y las tensiones que la gestión de Ahmadineyad ha desatado en el seno de los conservadores hacen intuir que el líder supremo podría favorecer un candidato más proclive a forjar consenso (lo que no significa más prooccidental). La elección de alguien con experiencia en la negociación nuclear enviaría, según Bozorgmehr Sharafedin, analista de BBC Persa, “un importante mensaje tanto a los iraníes como a Occidente de que resolver ese asunto es una prioridad” para Irán.

De momento, y a la espera de que el líder supremo ponga su casa en orden, la próxima ronda de conversaciones nucleares entre Irán y las seis potencias (EE UU, Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania) el próximo día 26 en Almaty (Kazajistán) será un mero trámite. Después de una década de reuniones sin resultados, nadie puede esperar milagros.