EL PAÍS SEMANAL

Barroso: “Los Gobiernos nacionalizan los éxitos y europeízan los fracasos”

Un día antes de que la UE reciba el Premio Nobel de la Paz por décadas de estabilidad, el presidente de la Comisión Europea reflexiona sobre el futuro del Viejo Continente.

El presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso.
El presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso.Sofía Moro

Los abismos existen también en las distancias cortas. Para salvarlos, a veces basta tirar de un hilo, de una humilde referencia musical, de un amago de conversación sobre fútbol, de cualquiera de esas cosas capaces de crear extraños lazos en un santiamén. José Manuel Durão Barroso (Lisboa, 1956) entra en una espaciosa sala anexa a su despacho y decide tirar de uno de esos hilos. Para romper el hielo, el presidente de la Comisión Europea cuenta que la historia de esta enloquecida crisis europea le recuerda al free jazz de Ornette Coleman, saxofonista a quien ha visto en acción hace poco y a quien este corresponsal desconoce absolutamente, a pesar de poner cara de lo contrario en aras de saltar el dichoso abismo. “Ese tipo es extraordinario, avanza en una dirección y de repente se detiene, y sin embargo se mueve, a pesar de todo sigue adelante: como nuestra Europa”. El octogenario Coleman, dicen quienes de veras saben de esto, forjó su leyenda con un estilo que sorprende por su querencia hacia un caos atonal, con melodías inverosímiles que justo al final, cuando ya parece que van a despeñarse por el precipicio, abren paso a un destello de armonía. Exactamente así, desafinando y a trompicones, parece avanzar la UE: veremos si con ese destello de armonía final.

Exmaoísta y exrevolucionario de los claveles, tataranieto de un gallego de Tuy del que heredó el apellido Durão, abogado, políglota y ex primer ministro de corte centroderechista, Barroso reflexiona en un impecable castellano sobre Europa y sus desvelos. A medida que avanza la conversación, va cayendo en Bruselas una de esas tardes otoñales como pintada a la acuarela, con ráfagas de viento y chaparrones repentinos, y cielos inmensos y de vez en cuando enjuagados, más o menos como esta crisis inhóspita. Al acabar, el presidente vuelve a agarrarse a aquel hilo invisible antiabismos para terminar la charla con el fútbol: sonríe para las fotos mientras presume de su selección portuguesa y echa flores a La Roja. Y cuando ya parece que va a ser intachablemente diplomático hasta el pitido final, saca el ramalazo jazzístico del comienzo y se atreve con una teoría sobre el carácter, poco portugués, del entrenador del Real Madrid, su compatriota José Mourinho. Aunque para eso habrá que esperar hasta el final de este texto.

A la UE le han concedido el Nobel por décadas de paz. Resulta tentador glosar la increíble reacción después de 1945 como una historia de prosperidad y optimismo, pero la crisis hace sospechar que es un relato gastado. ¿El premio no es también una llamada de atención ante la crisis económica, ante una política exterior que ha perdido peso? La UE fue para sus padres fundadores un proyecto de paz; entre los países de la Unión no ha habido un solo conflicto armado desde 1945. El comité del Nobel valora también la transmisión de valores democráticos: la UE tuvo y tiene un gran poder de atracción dentro y fuera de aquí. Para mi generación, Europa fue un soplo de libertad en Portugal y en España. Tras caer el Muro, decir Europa en el Este era decir democracia, era perseguir ese modelo de economía social de mercado. También ahora, cuando hay europeos que dudan en este momento crítico, es interesante la mirada fresca que viene de fuera: llega el Nobel, gente como el expresidente Lula dice que la UE es patrimonio de la humanidad, el G-20 entero pide más unión a los europeos.

Sin embargo, la magnitud de la crisis hace mella en la imagen interna de la Unión. Y eso hace imprescindible una potente narrativa europea, que debe tener como leitmotiv la globalización. Al oeste hay una superpotencia, EE UU. Y los vientos del Este son irresistibles: China. En medio de dos gigantes, países de 10 millones de habitantes, incluso de 80 millones, ya no pueden ser potencias globales en solitario. La disyuntiva es más Europa o la irrelevancia. Más aún cuando casi ningún europeo quiere seguir otros modelos: nos gusta, nos encanta nuestro Estado de bienestar.

La senda del exrevolucionario

José Manuel Durão Barroso (Lisboa, 1956. En la imagen, junto a Javier Solana en 1994), exmaoísta, exrevolucionario de los claveles, abogado, políglota, ex primer ministro portugués de corte centroderechista, es el actual presidente de la Comisión Europea.

Reelegido en 2009 para un segundo mandato de cinco años al frente de la Comisión Europea, llegó a la presidencia de la Comisión tras intensas negociaciones en el seno de la Unión Europea, donde se contemplaron otros candidatos en liza para ocupar el actual puesto de Durão Barroso.

“Conozco bien a Rajoy. Es prudente, pero determinado. Si puede, evitará pedir ayuda. Le garanticé que está todo listo por si lo pide. El resto está en sus manos”, concede en esta entrevista sobre una posible solicitud de segundo rescate económico por parte de España a la Unión Europea.

Entre los intelectuales arrecian las voces críticas: George Steiner alerta de que la UE va a sacrificar a una generación, denuncia que Europa “apesta a dinero”. ¿Falta impulso político? Me interesan las reflexiones de gente como Jürgen Habermas o Steiner, con esa atractiva idea con la que describe a Europa en uno de sus últimos libros como un enorme café donde las gentes discuten, filosofan, avanzan. Pero rechazo este glamour intelectual del pesimismo que se ha instalado en Europa y que no lleva a nada bueno.

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La tentación del fracaso. Esa tentativa sadomasoquista de caer en un discurso destructivo, donde cada intelectual supuestamente europeísta pretende ser más brillante que el anterior ennegreciendo su análisis… Siempre hemos tenido euroescépticos y eurófobos, xenófobos, nacionalistas extremos, todo tipo de gentes dispuestas a ejercer esa eurohostilidad. Si incluso los intelectuales proeuropeos se apuntan a esa ola, el proyecto acabará teniendo problemas de sostenibilidad política. Atravesamos dificultades, pero desde una perspectiva histórica la UE tiene cada vez más sentido. Cada vez que leo a intelectuales como Tony Judt refuerzo esa opinión: cuanto más pienso en las consecuencias de una vuelta a la fragmentación, menos atractivos me parecen esos guiones que supuran europesimismo. Contra la tentación de desmontar está la intuición de los líderes europeos: a pesar de todo, y aun cuando la Comisión hubiese preferido más audacia y más rapidez, las decisiones que hemos tomado han ido siempre hacia más integración y han servido para corregir carencias del proyecto.

¿Falta un liderazgo para ello que sí existía en el pasado? Como ministro, trabajé con la generación de los Kohl, Mitterrand y González. En ese momento éramos 12: el año próximo seremos 28 socios. Se olvida que en esa época los líderes también eran criticados: Jacques Delors suele contar que estuvo al borde de la dimisión varias veces por el grado de obstinación de algunos de esos líderes. Cuando analizamos la política a la luz del pasado surge una especie de deformación óptica: el código de Hammurabi, hace casi 4.000 años, ya decía que aquella generación “no era como las de antes”… Y no, no creo que la calidad de los líderes de hoy sea generalmente peor.

¿Qué responsabilidad tiene Bruselas? El liderazgo europeo también está sometido a un test de estrés. La Comisión se ha visto reforzada, pero en la toma de decisiones finales siguen siendo fundamentales los Estados. Y ahí se equivocan quienes se empeñan, por ejemplo, en presentar las cumbres como batallas con ganadores y perdedores: esa cultura es venenosa, puede acabar con el método europeo de pactos y compromisos. Con una renacionalización de las políticas saldríamos perdiendo, y cuidado porque con la crisis resurge esa tendencia, con ciertos políticos de derechas e izquierdas propensos a explotar el miedo, lo que los alemanes llaman angst.

Rechazo el ‘glamour’ intelectual del pesimismo instalado en Europa

En mayo de 2010 criticó que Berlín quisiera imponer un nuevo libro de reglas a la Unión: lo consideró “naíf”. ¿Opina lo mismo hoy? Cuando reventó la crisis, la Comisión propuso una federalización, una mutualización de los riesgos. Nosotros queríamos que las decisiones de los rescates fueran comunitarias, no intergubernamentales. Pero las capitales, y no solo Berlín, no quisieron seguir por esa vía. Dicho esto, puedo entender a Merkel: Alemania no solo no es anti-UE; es uno de los países que se toman más en serio la cuestión europea, el euro ocupa un lugar destacadísimo en los debates. Berlín apuesta por la vía federal, la unión política, aunque se muestre exigente con las contrapartidas. Y ha aprobado las ayudas, pese a la oposición inicial.

En el Sur la opinión general viene a decir que Berlín no fue ejemplar con sus finanzas públicas cuando le convino. Que el ‘diktat’ en política económica es demasiado. Que su gestión de la crisis es discutible. Merkel dice que no puede aceptar compartir los beneficios de su reputación sin contar con garantías sobre el comportamiento de los socios. Y que no puede traspasar competencias a Bruselas sin estricto control. No sucede solo con Berlín: los Estados son generosos para que la Comisión ejerza tareas disciplinarias, pero mucho más tímidos para ceder las políticas de solidaridad. Para corregir esa percepción necesitamos las dos cosas, instrumentos de control y también de solidaridad. Necesitamos síntesis entre los que quieren más responsabilidad y los que quieren más solidaridad, entre lo que a veces aparece como la visión del Norte y del Sur. Tendremos un problema si solo damos una imagen de disciplina y sanción.

EE UU y hasta el FMI tienen una visión diferente del equilibrio austeridad-crecimiento. ¿No ve necesario un viraje europeo? La Comisión propone, pero los países disponen. Seguimos pensando que es indispensable corregir los desequilibrios fiscales y emprender reformas. Pero en nuestro enfoque también hay inversión: hay que reequilibrar urgentemente austeridad y crecimiento.

Ahí se va a topar con Berlín, otra vez. Merkel siempre dijo que no podía tomar inmediatamente algunas medidas que parecían indispensables por razones políticas y constitucionales. Y que algunas decisiones solo podrían tomarse en caso de extrema necesidad. Ha habido progresos en su posición, aunque nos gustaría mayor rapidez.

El viejo régimen se resiste a desaparecer; el nuevo no acaba de llegar: la paradoja recurrente es que la Comisión asume competencias, pero a la vez debe esperar a los Estados. Estamos en fase de transición: los Estados no tienen ya por sí solos la capacidad de actuar y aportar la solución; las instituciones europeas carecen aún de los instrumentos necesarios. El euro exige un impulso adicional: no solo lo piden los europeístas; nos lo reclaman los mercados. Si hemos entendido algo es que el statu quo no se sostiene, que de este aprieto solo se saldrá hacia atrás o hacia delante; hacia atrás sería una vuelta a tiempos oscuros, hacia delante significa más integración.

Más Europa: todo desemboca en cesión de soberanía. ¿Hacia dónde? El proyecto europeo no puede ser ni tecnocrático, ni burocrático, ni siquiera diplomático, sino democrático: la integración europea, precisamente porque la integración económica de la zona euro es indispensable, debe completarse con unión política y mecanismos de control democrático.

La crisis puede ser útil en la creación de un espacio político europeo

Los críticos dicen que la tríada formada por Parlamento, Consejo y Comisión produce un agujero negro en el que desaparece la democracia. ¿Es partidario de que su cargo se vote, por ejemplo? Sí. Contribuiría al debate político. Hoy en los cafés de Atenas ya no solo se habla de política griega: las gentes conocen la postura de cada partido alemán sobre el rescate. Es mal consuelo, pero al menos la crisis puede ser útil en eso, en la creación de un auténtico espacio político europeo. De hecho, el debate político se ha europeizado.

¿Teme un progresivo deslizamiento de Reino Unido fuera de la Unión? Ese problema no es nuevo: desde la era de Thatcher, Londres siempre quiere reafirmarse en su excepcionalidad, ahora quizá con más intensidad. Por el interés común es necesario que Reino Unido siga dentro. Pese a todo, ha contribuido notablemente a la construcción europea. Con un matiz: siempre que Reino Unido quiera; siempre que no se enroque en el no.

Pues hubo un “no” al pacto fiscal. Luego, a la unión bancaria y a la tasa financiera. Y ahora, una amenaza de veto a los presupuestos. Los tratados permiten cooperaciones reforzadas. Esa vía tiene que explotarse, aunque confío en que encontraremos acomodo a los puntos de vista de Londres.

Al llegar a la presidencia dijo que estaba de moda atacar a la Comisión. ¿Ha cambiado algo? Nada: ahí están nuestras propuestas de regulación financiera, que yo mismo llevé al G-20. Ahí está nuestro proyecto de presupuesto, más ambicioso que otros, o la tasa financiera. Pero la opinión pública europea sigue siendo nacional, los Gobiernos nacionalizan los éxitos y europeízan los fracasos. No es serio culpar del estallido de la crisis financiera a la Comisión, cuando el poder a la hora de limitar el comportamiento irresponsable de la banca estaba en manos de bancos centrales nacionales. Supongo que va con el cargo.

España. ¿España?

Póngase en los zapatos de Mariano Rajoy. ¿Debe pedir un segundo rescate? Conozco bien a Rajoy. Es prudente, pero determinado. Si puede, evitará pedir ayuda, porque siempre es una decisión difícil de tomar. Si al final es necesario, será valiente. Hablé con él en Cádiz, hace poco, y conoce mi opinión sincera.

¿Cuál es? Le di todos los elementos de los que dispongo para que tome su decisión con la máxima información. Le garanticé que está todo listo por si lo pide. El resto está en sus manos.

¿No necesita España suavizar la austeridad por la recesión? Conozco perfectamente el sacrificio que están haciendo los españoles. Pero la banca está pagando la burbuja inmobiliaria, y sería irresponsable abandonar las reformas y el ajuste fiscal. Es cierto que son necesarias inversiones y ahí hace falta un plan europeo ambicioso, que estoy tratando de impulsar. También es esencial el máximo consenso político y social, y ahí los españoles deben hacer esfuerzos suplementarios. En cuanto al ritmo del ajuste, ya hemos decidido que lo importante es que este tenga en cuenta el ciclo económico: eso va a ayudar. La Comisión ya hizo recomendaciones un año más para el ajuste presupuestario en España. Pero seamos claros, si un país no es capaz de controlar su gasto, la prima de riesgo subirá. Y no hay nada más antisocial que destinar el presupuesto a pagar intereses de la deuda en lugar de gastar en educación, en sanidad y en servicios para los más vulnerables.

Lo que ven los más vulnerables es que las inyecciones a la banca son inmediatas, que los recortes son fulminantes y, en cambio, cuesta horrores poner en marcha la política de crecimiento que usted cita. El problema es que la sensación de urgencia en esta crisis es muy diferente según el país. Y que los bancos tienen efectos sistémicos sobre la economía en su conjunto, incluso sobre el euro, mientras que en otras cuestiones los efectos son menos visibles. Pero insisto, la Comisión quiere reequilibrar consolidación y crecimiento; pero muchos de los instrumentos necesarios están en manos de los Estados.

¿Hay que acometer más reformas en España? Si hay un mínimo de condiciones sociales, las reformas aplicadas tendrán efectos positivos.

¿Qué significa eso? ¿Ve riesgos de una grave crisis social? Ya la tenemos. Hay una situación de emergencia social en muchos países: España y Portugal, por no hablar de Grecia. Y hay un preocupante fenómeno de nueva pobreza: por eso es tan importante disponer de mecanismos adecuados, y es tan preocupante que en los presupuestos europeos solo se hable de recortes. La indispensable política de reformas y la respuesta social, que está en el ADN de Europa, deberían ir de la mano.

Se acaba la entrevista. Barroso se lanza a hablar de fútbol y de su Sporting de Lisboa (en horas bajas), y sobre todo, de la estupenda selección portuguesa. El presidente pregunta sobre Messi y el periodista le devuelve la pelota con Mourinho. Y ahí, lo prometido es deuda, Barroso se lanza a lo que considera “una teoría sociopsicológica”: “Mou­rinho no tiene el típico carácter portugués. Tengo mi propia tesis al respecto: recuerdo una fotografía de su padre, que fue portero en un club mediano. En la imagen acaban de meterle un gol a su equipo, el Setúbal: los aficionados le increpan, y junto a la portería se ve a un niño cabizbajo, José Mourinho, molesto por los gritos, que seguramente está forjando ese carácter…”.

Sobre la firma

Claudi Pérez

Director adjunto de EL PAÍS. Excorresponsal político y económico, exredactor jefe de política nacional, excorresponsal en Bruselas durante toda la crisis del euro y anteriormente especialista en asuntos económicos internacionales. Premio Salvador de Madariaga. Madrid, y antes Bruselas, y aún antes Barcelona.

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