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OPINIÓN

El bache de Hollande

Además de Sarkozy y Mélenchon, su último escollo es la abstención, el doble que en 2007

Todo parecía sencillo: bastaba con hacer campaña a la española. De la misma forma que Mariano Rajoy se abstuvo de prometer algo preciso para hacer caer a Zapatero, François Hollande iba a vencer aprovechando la ola anti-Sarkozy que se abatía sobre Francia. ¿No estaba lastrado el presidente saliente por las cifras de la economía, por un desempleo en constante progresión y por un balance fiscal cuando menos criticable? ¿No era vilipendiado, incluso en el bando conservador, por sus errores de estilo y de lenguaje, ya que en realidad los franceses regicidas reverencian la monarquía republicana y su pompa? ¿No había hartado a aquellos que, cinco años antes, le habían elegido brillantemente por sus promesas de ruptura y de cambio y que ahora le reprochan el hecho de no haber reformado lo suficiente, o bien de forma inconsecuente y zigzagueante a fuerza de querer ocuparse él mismo de todo, todo el tiempo? Conmigo, prometía el candidato socialista, los franceses tendrán un presidente “normal”. Con este curioso adjetivo —¿dónde se sitúa la normalidad en la política?— François Hollande ganó las primarias de su partido. Iba a ganar las elecciones presidenciales, estaba hecho. ¿Por qué arriesgarse a enfadar a algún segmento del electorado con unas propuestas completas y precisas? Más allá de las exhortaciones de rigor, ¿por qué revelar el catálogo de medidas para atajar la crisis y reactivar el crecimiento? El cambio, es ahora: el eslogan basta para garantizar la victoria. Los expertos de toda condición se resignaban: esta campaña sería aburrida.

A menos de tres semanas de la primera vuelta, resulta que el panorama se oscurece y que François Hollande se ve amenazado en tres frentes.

En primer lugar, la campaña enérgica, e incluso agresiva, de Nicolas Sarkozy da sus frutos. Inflexión deliberada hacia la extrema derecha, oportunismo puro y duro, denuncia de las élites, de las primas y de la evasión fiscal y avalancha de propuestas nuevas (“¡los voy a asfixiar!”, ha prometido): la táctica le ha permitido encabezar los sondeos de la primera vuelta. ¿Es una remontada demasiado tardía para permitirle recuperar su desventaja en la segunda vuelta? (Sigue habiendo una diferencia de ocho puntos a favor de su rival socialista). En cualquier caso, el candidato de la UMP ha logrado evitar que sus cinco años en el Elíseo se pusieran en la picota. Los crímenes de Toulouse y Montauban han brindado la ocasión al presidente saliente para asumir con dignidad y discreción su papel de protector de la nación. La irrupción de los temas relacionados con la seguridad, que le habían aupado al poder en 2007, acelera en su beneficio el debilitamiento de Marine Le Pen, que ahora es imposible que alcance la segunda vuelta.

El fenómeno de esta campaña 2012 se llama Jean-Luc Mélenchon, y su ascenso en los sondeos —un 15% según los últimos cálculos— es doblemente amenazante para François Hollande. Este antiguo socialista, extrotskista, aliado con lo que queda del Partido Comunista, ha conseguido despertar a base de elocuencia esa nostalgia romántica que nunca se apagó del todo en el seno del pueblo de izquierdas, el sueño de un mundo mejor, sin desigualdades, sin globalización, sin economía de mercado, sin ricos ni pobres, sin Europa, sin Sarkozy, pero también sin socialismo blando. Más allá del folclore nacional (Francia es la única democracia del mundo que cuenta con otros dos candidatos trotskistas), Mélenchon ha sabido introducirse en la brecha abierta por el posicionamiento de Hollande, más realista que el Mitterand de 1981, más socialdemócrata —aunque todavía le duela pronunciar el término— y preocupado por no prometer la redistribución de riquezas que no existen. Atacado desde su izquierda, el candidato socialista ha anunciado un impuesto del 75% sobre las rentas más altas. Eso no ha bastado. ¿Cómo se puede reconquistar esa izquierda dura y seducir por el contrario a esos electores de centro, decepcionados por un François Bayrou inexistente en esta campaña? No es fácil lograrlo, aunque Hollande es un acreditado artista en estas lides.

Su último escollo es la abstención. Los especialistas calculan que actualmente se sitúa en el 32%, el doble que en 2007. ¿Hastío frente a una campaña —y a una clase político-mediática— percibidas como alejadas de las verdaderas preocupaciones de los franceses? ¿Falta de entusiasmo frente al duelo anunciado entre un candidato que no gusta y otro que no convence? Adelantándose a Sarkozy, Hollande trata de recuperar la ventaja: reunión conjunta con Ségolène Royal como símbolo de una unión reanudada, gran discurso sobre su calendario de acción, que empieza con otro símbolo: la reducción de su sueldo. Falta por saber si recuperará así el impulso para garantizar el triunfo anunciado en la última recta.

Traducción de News Clips.