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REVUELTA CONTRA EL RÉGIMEN DE EL ASAD

La Liga Árabe se limita a respaldar el plan de paz de la ONU sobre Siria

La Declaración de Bagdad pone de manifiesto las profundas diferencias interárabes.

Catar y Arabia Saudí querían enviar armas a la oposición

Miembros de la oposición siria, el miércoles en Estambul.
Miembros de la oposición siria, el miércoles en Estambul. AFP

Los dirigentes árabes reunidos en Bagdad han expresado hoy su solidaridad con el pueblo sirio, pero no han llegado a pedir la salida del presidente Bachar el Asad. Solo el presidente de Túnez ha ido tan lejos. Tampoco ha habido unanimidad para aprobar el envío de armas a los sublevados, un asunto que ha puesto de relieve las profundas diferencias interárabes. En consecuencia, la Declaración de Bagdad se limita a respaldar el plan de paz de la ONU. A pesar de la explosión de tres cohetes durante la inauguración, la mera celebración de la cumbre constituye un éxito para Irak, que no albergaba un cita similar desde hacía dos décadas.

El borrador de declaración que los ministros de Exteriores habían consensuado afirma que los jefes de Estado y de Gobierno árabes apoyan “el legítimo deseo de libertad y democracia del pueblo sirio que desea elegir su futuro, y respaldan una transferencia pacífica del poder”. También “denuncian la violencia, los asesinatos y el derramamiento de sangre; se pronuncian a favor de una solución política a través de negociaciones nacionales, y rechazan la injerencia extranjera”.

Tal como era de esperar, respaldan “la misión de Kofi Annan para entablar negociaciones políticas entre el Gobierno y la oposición sirios sobre la base de la iniciativa” que lanzaron el Consejo de Seguridad y la Liga Árabe. Ese plan de paz prevé el cese de las hostilidades por todas las partes, la entrega de ayuda humanitaria y la liberación de todos los detenidos de forma arbitraria.

El plan de paz de Naciones Unidas no ha frenado la violencia

El Asad, que no estaba invitado a Bagdad, dijo el martes que había aceptado la propuesta de Annan. “El mundo está esperando que los compromisos se pongan en práctica”, le dijo el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, que asistió a la inauguración de la cumbre.

Pero la Declaración de Bagdad no ha logrado esconder las divisiones. Arabia Saudí y Catar, las dos potencias suníes que llevan la voz cantante para tratar de aislar al régimen sirio, hubieran querido impulsar una acción más determinada que, con el pretexto de poner fin a la represión, desaloje a El Asad del poder. Su esperanza es que si la mayoría suní de Siria accede al Gobierno, ese país romperá finalmente su alianza con Irán, lo que reduciría considerablemente la esfera de influencia de la República Islámica en la región. Otros países como Argelia o el propio Irak, el único de los árabes con un Gobierno chií, se muestran mucho más prudentes ante el temor de que la salida de El Asad reactive la violencia sectaria.

“A partir de nuestra experiencia en Irak, armar a las dos partes en el conflicto llevará a una guerra regional e internacional en Siria por actores interpuestos”, ha advertido el primer ministro iraquí, Nuri al Maliki. En su opinión, eso solo prepararía “el camino para una intervención armada extranjera que atentaría contra la soberanía de un país árabe hermano”.

Arabia Saudí y Catar, que defienden el envío de armas a la oposición, han mostrado su desacuerdo con el anfitrión enviando una representación de bajo nivel. Tampoco han asistido los reyes de Jordania y Marruecos, ni el resto de los monarcas de la península Arábiga, a excepción del emir de Kuwait. La visita del jeque Sabah al Ahmad al Sabah a Irak ha servido para escenificar la reconciliación entre los dos países, enemistados desde que Sadam Husein envió a sus tropas a invadir el emirato el 2 de agosto de 1990. Fue aquella decisión del dictador, ejecutado en 2006 tras ser capturado por las tropas estadounidenses, la que convirtió a la antigua Mesopotamia en un paria internacional.

A pesar de la ausencia de esos pesos pesados, la mera celebración de la cumbre ya fue un éxito para Bagdad, que volvía a convertirse en anfitriona de una cumbre después de 22 años. El Gobierno de Al Maliki ha hecho un gran esfuerzo tanto diplomático como de infraestructuras para poder acoger a las 21 delegaciones invitadas, 9 de ellas a nivel de jefes de Estado. El enorme despliegue de seguridad no ha podido impedir que tres cohetes estallaran justo en el momento de la inauguración. No causaron víctimas, pero sirvieron de recordatorio de los desafíos que todavía afronta Irak después de dos décadas de guerras, ocupación y violencia sectaria.