Tribuna
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Tiempo de purga

La caída del príncipe comunista Bo Xilai es un culebrón en el que se mezclan crimen y política

El ascenso pacífico parece tocar a su fin. La violencia es consustancial de la acumulación de poder. Sobre todo cuando no hay contrapesos ni controles. La única forma para que un poder en expansión no se convierta en virulento es su fragmentación y su difusión: esos son los beneficios aportados exclusivamente por la democracia, el peor régimen exceptuados todos los otros. Así como nadie puede imaginar una superpotencia pacífica y benéfica que vaya imponiéndose exteriormente por aquiescencia de los dominados, menos cabe esperar la creación espontanea de consensos y arbitrajes internos por parte de quienes detentan desde siempre un poder sin reglas precisas y conocidas, sin contrapesos ni controles.

El consenso de PeKín, capaz de magnetizar a las elites económicas occidentales, acaba de recibir un duro revés en el interior del propio Partido Comunista de China, el segundo en un año. Primero fue el revés externo de las revueltas árabes, que erosiona la imagen y el prestigio del modelo autoritario y lleva a las autoridades a extremar las precauciones y controles para evitar la contaminación. Ahora el golpe es interior y se produce como resultado de una sorda y feroz lucha entre dos facciones del aparato comunista. Es el sino de los partidos únicos: la ausencia de pluralismo no impide la fragmentación interior e incluso la estimula, hasta convertirla en una guerra sin cuartel que termina con la liquidación de los vencidos. Stalin fue el maestro de estos combates, que le proporcionaron la palma de mayor asesino de comunistas de la historia: ni las dictaduras de derecha le superaron en la liquidación de sus camaradas de partido para imponer una y otra vez su poder.

Ha caído en desgracia uno de los príncipes comunistas, Bo Xilai, 62 años, jefe del partido en Chongqing, 30 millones de habitantes y una de las cinco mayores ciudades, purgado justo cuando iba a entrar en el Comité Permanente del Politburó, donde se sientan los nueve hombres fuertes del régimen. Ahora está arrestado, así como su familia. Era hijo de Bo Yibo, uno de los ocho ancianos que garantizaron la estabilidad del régimen con Deng Xiaping en los años 80 y 90. Su caso no es extraño; el futuro presidente Xi Jinping es también un príncipe comunista, hijo de un camarada de Mao Zedong, y como casi todos ellos, purgado por el fundador de la República Popular durante la Revolución Cultural.

La purga de Bo Xilai tiene todos los componentes de un culebrón en el que se mezclan crimen y política. En noviembre pasado fue hallado muerto en un hotel de Chongqing un ciudadano británico de 41 años, amigo de la familia Bo, y sobre todo de su hijo Guagua. La versión oficial atribuía el fallecimiento al consumo excesivo de alcohol, pero el jefe de policía de Chongqing, Wang Lijun, acusó a la familia Bo y específicamente a la esposa del dirigente, Gu Kailai, de encargar su envenenamiento por una disputa de negocios. Wang realizó esta acusación en el consulado de Estados Unidos en Chongqing, donde buscó asilo a mitad de febrero huyendo según su versión de las represalias de su patrono, a quien acusó de otros crímenes y asesinatos. El incidente terminó en 24 horas, con la entrega voluntaria del ex jefe de policía a las autoridades chinas, pero sus efectos se notaron un mes después durante la reunión del Congreso Nacional del Pueblo, el órgano de representación parlamentaria del régimen. El primer ministro Wen Jiabao criticó de forma clara y concisa a Bo Xilai como máximo dirigente de Chongqing. Al día siguiente fue destituido de todos sus cargos y arrestado, al igual que varios miembros de su familia.

Bo Xilai se hizo famoso por su lucha contra la corrupción y la persecución del crimen organizado, a cargo precisamente del jefe de policía que le traicionó. En su última campaña al frente del gobierno local detuvo a casi 5.000 personas, empresarios, jueces y cuadros del partido entre otros, acusados de gangsterismo. Muchos detenidos fueron torturados. Trece fueron ejecutados. Bo es un izquierdista, que resucitó la simbología maoísta para reivindicar las esencias igualitarias del régimen contra el enriquecimiento fraudulento, y ha sido vencido por la facción más liberal.

Lo más relevante del caso son los instrumentos utilizados para dirimir los conflictos y competir por el poder. Las diferencias ideológicas se traducen en mutuas acusaciones de corrupción y de crímenes horribles entre las bandas rivales. La tortura y la pena de muerte terminan siendo la llave resolutiva. Amnistía Internacional ha dado a conocer esta pasada semana su último informe sobre la pena de muerte, en el que registra un lento declive mundial pero señala que la admirada China del crecimiento económico sigue llevándose la palma en número de ejecuciones, aunque en su caso no hay cifras disponibles por la absoluta opacidad de las autoridades.

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Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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