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EDITORIAL

Putin pierde pie

Las protestas unen a nacionalistas, izquierdistas, liberales o ciudadanos sin afiliación

Nadie habría vaticinado en Rusia seis meses atrás que decenas de miles de personas se echarían a las calles de Moscú, a 20 grados bajo cero, para pedir la marcha de Vladímir Putin y la repetición de unas elecciones generales fraudulentas. Pero eso es lo que ha sucedido este fin de semana, por tercera vez desde que el Kremlin manipulara groseramente los comicios parlamentarios de diciembre en favor del partido gobernante. Las protestas unen a nacionalistas, izquierdistas, liberales o ciudadanos sin afiliación, que han perdido el miedo, quieren opinar sobre su futuro y consideran inaceptable el autoritarismo de Putin.

Pese a su magnitud y continuidad, es muy improbable que la contestación evite el mes próximo la elección de Putin como presidente de Rusia por tercera vez. La oposición no es una fuerza política coherente y carece de un líder nacional, y el todavía primer ministro sigue siendo el político más valorado, aunque 20 puntos menos que a finales de 2010. Pero el hombre que durante 12 años ha hecho y deshecho a su antojo en Rusia pisa ahora arenas movedizas y sabe que las presidenciales —que ya no podrán ser burdamente falseadas— representan una prueba de fuego sobre su popularidad. Una segunda vuelta, si no supera el 50% en la primera, supondría una humillación sin precedentes para quien ha arrasado en las dos citas anteriores.

El cambio operado en Rusia gracias a los precios del petróleo y el gas ha alumbrado una clase media urbana consciente de su papel. Y ha colocado a Putin en un terreno en el que ya no se sostienen ni la travestida autocracia del Kremlin ni la estabilidad aparente que impide la aparición de partidos representativos o trucaelecciones. El ingente desafío que espera a Putin presidente es el de la imprescindible democratización de Rusia. Y sus dilatados antecedentes, con Siria como último episodio, no invitan precisamente al entusiasmo.