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Análisis:

El mundo tiene la palabra

Abbas, durante su discurso ante la 66 Asamblea General de la ONU.
Abbas, durante su discurso ante la 66 Asamblea General de la ONU. DON EMMERT (AFP)

El mundo tiene ahora la palabra, no solo Israel y Estados Unidos, todo el mundo. En Nueva York, dirigiéndose a la Asamblea General de Naciones Unidas, Mahmud Abbas acaba de pedir que la comunidad internacional se pronuncie sobre si cree que los palestinos tienen derecho a disponer de un Estado propio en el 22% de lo que fue su hogar durante siglos, en los territorios ocupados por Israel en 1967: Cisjordania, Gaza y Jerusalén oriental, que sería la capital. "Esta es la hora de la verdad, nuestro pueblo está esperando oír la voz del mundo", ha dicho Abbas.

Esta demanda de aceptación de Palestina como miembro de la ONU, ha señalado Abbas, no impediría una posible reanudación de las negociaciones con el gobierno de Israel. ¿Por qué habría de hacerlo? Basta, ha dicho Abbas, con que los israelíes cesen en seguir colonizando Cisjordania y Jerusalén Este para que las partes puedan volver a hablar directamente. Es una petición razonable: uno no negocia con alguien que sigue robándole la cartera.

En este mismo escenario, Arafat pronunció en 1974 sus famosas palabras "He venido aquí con una rama de olivo y el fusil de quien lucha por la libertad. No permitan que la rama de olivo caiga de mi mano". Hoy Abbas ya no ha hablado de ningún fusil, hace lustros que la OLP renunció a las armas; el sucesor de Arafat solo ha esgrimido una "mano tendida" a Israel para negociar la paz en base a la existencia de dos Estados en las fronteras de 1967, y una petición al conjunto de la comunidad internacional para que rompa el bloqueo en la solución del tumor primario de Oriente Próximo.

En las últimas semanas algunos propagandistas han intentado ningunear la posibilidad de que Naciones Unidas reconozca, como observador o miembro de pleno derecho, al Estado palestino. Es curioso que intenten hacer olvidar al mundo que Israel basa su legalidad y legitimidad internacionales en una resolución de ese mismo organismo, la 181, que en 1947 decidió la partición en dos Estados del entonces Mandato Británico en Palestina. A los judíos se les adjudicó entonces el 56% del territorio, a los árabes el 43% y Jerusalén fue declarada una entidad especial administrada por la ONU.

En Oh, Jerusalén, Dominique Lapierre y Larry Collíns contaron la ansiedad con que Ben Gurion y 650.000 judíos de Tierra Santa -la gran mayoría recién emigrados- vivieron el desarrollo de las votaciones de 1947 en Flushing Meadows, en las afueras Nueva York, y el júbilo con que terminaron celebrando la decisión de la Asamblea General. Escribieron Lapierre y Collins: "Toda la Jerusalén judía estaba despierta y manifestaba su alegría. Las sinagogas abrieron sus puertas a las tres de la madrugada y fueron invadidas por multitudes agradecidas. Hasta los judíos más agnósticos tenían aquella noche la impresión de sentir sobre ellos la mano de Dios (...). A través de toda Palestina, los judíos compartían el mismo regocijo. Tel Aviv, la primera ciudad judía del mundo, parecía una capital latina en una noche de carnaval. En cada kibutz la comunidad entera bailaba y rezaba".

Las decisiones de la ONU tenían entonces mucha importancia. ¿Hoy ya no? Los hijos, nietos y biznietos de aquellos pioneros israelíes que bailaron cuando la Asamblea General aprobó la partición de Tierra Santa, rechazan ahora que ese mismo organismo reconozca, con más de seis décadas de retraso, el Estado palestino en un territorio mucho más pequeño que el que les asignaba la partición de 1947.

Cierto es que los palestinos, y el resto de los árabes, se opusieron entonces a la división de Palestina (no entendían por qué judíos venidos del exterior debían adueñarse de la mayor parte de una tierra habitada por árabes -cristianos y musulmanes- durante siglos; no aceptaban que fueran ellos los que tuvieran que pagar los platos rotos del antisemitismo occidental, de las inquisiciones, los pogromos y el Holocausto), y cierto es que durante lustros negaron el derecho a la existencia de Israel. Pero en 1967 el Israel surgido de la guerra de 1947-48 ocupó militarmente el resto de Tierra Santa, o sea, Jerusalén Este, Cisjordania y Gaza, y desde entonces los palestinos no tienen en su propio hogar histórico ni una sola pulgada independiente y soberana. Los subsiguientes fracasos de los métodos violentos de lucha llevaron ya hace tiempo a buena parte del pueblo palestino a aceptar resignadamente que Israel es indestructible y a comprender que sólo la acción pacífica puede darles alguna victoria.

Ya no sirven los viejos argumentos. El pretexto israelí de que los palestinos y los árabes querían "arrojar los judíos al mar" es obsoleto, hoy ya solo puede utilizarse tomando a una parte extremista por el todo. En su cumbre en Argel de 1988, la OLP aceptó la idea de la partición de Tierra Santa y, en consecuencia, la existencia de Israel, como acaba de recordar Abbas. En los acuerdos de Oslo de 1993, rubricados en la Casa Blanca de Clinton, esto se hizo absolutamente oficial. Países árabes como Egipto y Jordania tienen relaciones con Israel y la mismísima Liga Árabe, en el plan de paz que aprobó en Beirut en 2002, aceptó la idea de los dos Estados.

Solo falta, pues, materializar la segunda parte de la decisión de Naciones Unidas de 1947: construir el Estado palestino en los territorios ocupados desde 1967. Y esto es lo que ha pedido Abbas en nombre de unos palestinos más que hartos de los pretextos israelíes para prolongar las negociaciones y continuar con la colonización -han pasado 20 años desde el comienzo del "proceso de paz" en la conferencia de Madrid de 1991- y de la falta de neutralidad de Estados Unidos. Es una jugada valiente e inteligente que pretende romper el inmovilismo político y diplomático en este conflicto. El mundo tiene ahora la palabra. Todos y cada uno tienen que retratarse.