Furia religiosa contra el cine

El enviado especial de EL PAÍS regresa al Parvan Cinema de Charicar, abandonado y decrépito recuerdo de otra época

En Charicar, un bullicioso pueblo tayiko a los pies del valle del Panchir, es día de mercado. En víspera de la fiesta nacional afgana, que se celebra hoy, hombres, mujeres y niños ocupan sus calles como otros hombres, mujeres y niños del Primer Mundo ocupan las suyas limpias y asfaltadas en los días previos a la Navidad. Estos, con su pobreza absoluta y un halo de dignidad; nosotros, con una insoportable desmemoria sobre la nuestra, que es de antes de ayer.

Los vendedores de Charicar no vocean la mercancía, que debe ser de mala educación. La exponen en sus locales, unos diminutos cubículos de hierro. Los comercios de las especias perfuman la calle de aromas exóticos en un duelo intenso y secreto con los aceites y gasolinas de escasa calidad que escupen los coches al pasar. Hay relojeros, barberos, zapateros, fabricantes de ollas, carniceros, cambistas... Decenas de oficios que comparten metros y bullicio.

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Dos policías que protegen el mercado no parecen nerviosos por las explosiones de Kabul, inmersos en el estudio científico de la mejor manera de coronar su todoterreno artillado con una enorme sombrilla de colores. Debe ser que en asuntos de guerra, la solana nubla la vista y yerra los objetivos. Que se lo digan a los pilotos de los aviones estadounidenses.

Hay trajín en la parada de los carromatos coloreados que sirven de taxi de distancias cortas. En las tiendas del lado izquierdo se empeñan en ofrecer a la venta unas cuerdas verdes que nadie parece comprar.

Más arriba, alejándose de las especias y los tubos de escape, se llega al Parvan Cinema. Es el único cine de Charicar. Fue destruido por los talibanes hace 10 años y así sigue, roto, abandonado y decrépito, sin que ninguna organización gubernamental o extranjera considere importante su rehabilitación. En un país con tanta guerra, pobreza, desempleo y machismo parece una provocación fomentar los sueños de gentes a las que les pesa tanto la realidad.

El patio de butacas, que tenía capacidad para 400 personas y desde el que se vieron grandes películas indias y alguna estadounidense menor, como Rambo, es un amasijo de sillas oxidadas a las que les robaron la madera. Fueron pateadas una a una en 1999 por la furia religiosa y rociadas después con gasolina por los hombres del turbante. Hoy todo huele a orín, excrementos y basura.

En el anfiteatro donde se situaban las mujeres sin la burka para no ser observadas tampoco queda rastro de los viejos proyectores rusos que hace ocho años trataban de reconstruir Jasralá y Kajam, expertos en reparar aparatos de radio. No hay noticias de ellos. Ni de Anwar, que acabó en prisión por el delito de poner películas. En las tres sesiones diarias del Parvan Cinema la gente se agolpaba en los pasillos. Recuerdo que Kajam contaba entonces cómo algunos de los espectadores trataban de escapar espantados de lo que sucedía en la pantalla por miedo a ser pisoteados por un elefante.

El Parvan Cinema fue también teatro-escuela infantil. Los niños y niñas de las escuelas acudían a representar sus pequeños dramas y comedias y a entonar sus himnos patrióticos. Hoy nadie aprende a cantar y a soñar. Parece que todos en Afganistán se cansaron de tener esperanza en un futuro que nunca llega.

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