Los dirigentes de la Liga Árabe defienden al presidente de Sudán

Al Bashir desafía en Doha la orden de detención de la Corte Penal Internacional

Los dirigentes árabes han vuelto a dar en Doha un espectáculo de desunión y desconexión con la realidad. Reunidos este lunes en su vigésimo primera conferencia, bautizada de la reconciliación, sólo se han mostrado de acuerdo en defender al presidente sudanés, Omar al Bashir, frente a la orden de detención de la Corte Penal Internacional (CPI). Ni sobre la situación sangrante de Gaza, ni sobre la competencia que les plantea Irán en la región, han sido capaces de alcanzar acuerdos de sustancia.

Al Bashir se hizo con todo el protagonismo de la cumbre, a la que llega después de haber visitado Eritrea, Egipto y Libia en claro desafío a la decisión de la CPI, que le acusa de crímenes contra la humanidad en Darfur. Como era de esperar, el dictador sudanés, que dio un golpe de estado en 1989, pidió a sus colegas que rechacen la orden. Lo que resultó más sorprendente es que el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, aceptara la invitación a esa cita.

En una maniobra que tal vez buscaba las simpatías árabes, Al Bashir acusó a Israel de respaldar a los rebeldes de Darfur. No hacía falta. Bachar el Asad, que heredó el Gobierno sirio de su padre en el año 2000, abrió la ronda de apoyos asegurando que "lo que está ocurriendo en Sudán es otro capítulo en el esfuerzo por debilitar a los árabes". Los 22 miembros de la Liga salieron en defensa del presidente sudanés.

Fue el único punto de acuerdo de esta cumbre, abocada al fracaso por la ausencia de cinco de sus líderes, entre ellos Hosni Mubarak. El autócrata egipcio, presidente desde 1981, se halla enfrentado con el emir de Qatar, jeque Hamad bin Jalifa al Thani, por el apoyo que éste ha ofrecido a Hamás a raíz de la reciente ofensiva israelí de Gaza. Mubarak y el rey Abdalá de Arabia Saudí también critican los lazos de Siria y Qatar con Irán, cuya creciente influencia regional evidencia la división de los dirigentes árabes.

Ni siquiera el portazo de Muammar el Gaddafi se salió del guión. El dictador libio interrumpió la sesión inaugural para ensañarse con el monarca saudí a quien calificó de "producto británico y aliado estadounidense". Cuando el anfitrión, el emir Hamad, trató de tranquilizarle, optó por irse a visitar el recién inaugurado museo islámico de Doha. Pero hasta esa salida de tono empieza a resultar previsible.

La enemistad de Gaddafi con Abdalá se remonta a la cumbre de 2003, en vísperas de la invasión de Irak. Desde entonces, el excéntrico libio, que lleva 40 años en el poder y este domingo recordó su condición de "decano de los gobernantes árabes", ha montado el numerito.

Lo más visto en...

Top 50