Análisis:Análisis
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¿Quiénes tenían razón?

Acabados el Foro Económico Mundial de Davos y el Foro Social Mundial de Belém, que nunca fueron tan antitéticos como este año, la pregunta que se plantea es: ¿quiénes tenían razón? ¿La tenían los millonarios y banqueros de la pequeña y fría ciudad suiza, a quienes este año el capitalismo les quemaba en las manos, o los pobres y variopintos activistas de la ciudad brasileña de Belém, en el caliente sur del mundo, que llevan años gritando que el capitalismo está enfermo, que el juguete se ha roto y que el mundo tiene que cambiar?

Lo cierto es que el foro de Belém, con sus 120.000 inscritos de 120 naciones y sus más de 5.000 ONG, acabó ayer en un clima de fiesta, con pasos de samba y ritmo de tambores africanos e indios. A pesar de las diferencias, a veces abismales, de los participantes ?una verdadera colcha de retales donde cabían todos, cada uno con su reivindicación ante el mundo?, el foro de Belém acabó con un abrazo colectivo, conscientes de que, esta vez, hasta Davos, o por lo menos una parte de Davos, estaba dándoles la razón.

En Belém sonaron a música las palabras de Ken Rosen, catedrático de la Universidad de California en Berkeley, en el foro económico de Davos, resumiendo en una frase todo el drama de la crisis económica: "Los países ricos nos hemos gastado un dinero que no teníamos en cosas que no necesitábamos".

Desde Belém, Pedro Zerolo, secretario de Movimientos Sociales de la Ejecutiva Federal socialista española, dijo a este diario que su impresión es que "el mundo ha empezado a cambiar por el sur" y que el espíritu del foro social ha sido presentar "un modelo de justicia social democrático, participativo y de acción comunitaria", donde el papel del Estado sea "hacer respetar la diversidad y la dignidad de todos y de cada uno".

En realidad, ha habido dos foros, al igual que sucedió en Davos, según explicó en este diario Lluís Bassets: el de los que aparecían derrotados, con sus viejas recetas que llevaron a la actual crisis mundial, y el de los que apuestan porque un mundo distinto sea posible. Del mismo modo, Belém se dividió entre las viejas y eternas propuestas de los radicales de turno, a los que ningún mundo les parece posible fuera del creado por la revolución y la destrucción del actual sistema, y los que, con más realismo, han abogado no por la eliminación, sino por la reforma del sistema neoliberal, para el que no existe recambio creíble, y que deberá surgir de las cenizas del capitalismo sin freno y sin controles públicos.

En este sentido, se podría decir que quizás nunca los dos foros, que nacieron enfrentados, estuvieron tan cerca como esta vez, conscientes todos de que, en el actual sistema, algo huele a podrido y de que la solución habrá que buscarla con la ayuda de las bases, desde un concepto más participativo de la democracia, hoy más posible que nunca gracias a las modernas tecnologías de la información y de la comunicación global.

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