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LA CASA DE ENFRENTE
Columna
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El efectismo como ideología en el final de ‘Stranger Things’

La serie apuesta por una forma de cultura que trabaja únicamente con las emociones y que apuesta por el efecto inmediato, que no es otro que agitar a las masas

Millie Bobby Brown final 'Stranger Things'

El final de Stranger Things me ha puesto muy triste. No por lo que les pasa a los personajes sino porque es malo, malísimo y porque contiene una visión del mundo efectista y vacía. Me dirán que no tiene mayor importancia cómo acabe la serie de moda, pero Stranger Things es más que un producto cultural, también es una herramienta de socialización de millones de niños, jóvenes y votantes de todo el mundo. Aviso que hay espóileres en esta pieza y que empiezo por el que quisiera haber recibido: el final es un horror, tan malo que si no lo has visto lo mejor es ahorrártelo. Ni los protagonistas ni los espectadores nos merecíamos esto.

Les recuerdo que todos empezamos a ver Stranger Things en otro mundo. Uno muy viejo, hace ya 10 años, donde la cultura de masas aún estaba escrita en guiones de cine, donde no existían Prime Video, Disney Plus+ ni HBO y donde los cines se llenaban tanto como el Starcourt Mall de Hawkins un fin de semana. Entonces nadie tenía Glovo en el móvil y a los niños aún les ilusionaban las palomitas. Hoy el hype es una hamburguesa patrocinada que un rider te lleva a casa tan caliente como el mercado, que está excitado perdido al saber que se ha colado hasta la cocina.

Con Stranger Things hemos asistido en directo a la construcción de una nueva cultura de masas y durante un tiempo nos ha permitido creer que por mucho que el mundo cambiara, nadie se atrevería a cortar el hilo de oro que cose las buenas historias, a saber, la capacidad de convertir en eternos esos instantes fugaces que definen una amistad, un amor y una vida. Stranger Things podía hacerlo y lo hizo. Recuerden si no cuando Dustin y Suzie cantaron a dúo The Neverending Story y nos regalaron ese instante feliz y melancólico, cargado de amor y de distancia, de tiempo y de presente. Los hermanos Duffer (guionistas y productores de la serie) sabían hacerlo bien y eligieron hacerlo fatal. El mercado se los comió. Y a nosotros con ellos.

Al final, Stranger Things apuesta por una forma de cultura que trabaja únicamente con las emociones, que rechaza el sentimiento y la elaboración y apuesta por el efecto inmediato, que no es otro que agitar a las masas. Y si para eso tienen que suicidar a Eleven, pueden darla por muerta. La heroína se convertirá en mártir por un bien mayor, que no es cuidar a amigos, sino desatar el llanto en los sofás. Los sentimientos te obligan a pensar acerca de la realidad, pero esta nueva cultura para masas (igual que la nueva política) busca solo la energía de la emoción (ese subidón de vacío), que no cuenta nada ni da sentido a nada pero saca por la boca cualquier cosa que pueda agitar el gallinero.

El final es tan malo que la serie necesita un final B, un escondite de la falta de aliento y riesgo donde nos aboca la saga y la cultura que representa. Pero no se ilusionen: el final B es aún peor. Se inventan a la Eleven de Schrödinger, uno donde la maga está viva y muerta a la vez, pero no en función de si el espectador mira o no en la caja (del gato, ya saben), sino de si elige o no que haya caja. No hay sentido ni quien se lo ponga, solo un dispensador de emociones baratas a domicilio.

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Sobre la firma

Nuria Labari
Es periodista y escritora. Ha trabajado en 'El Mundo', 'Marie Clarie' y el grupo Mediaset. Ha publicado 'Cosas que brillan cuando están rotas' (Círculo de Tiza), 'La mejor madre del mundo' y 'El último hombre blanco' (Literatura Random House). Con 'Los borrachos de mi vida' ganó el Premio de Narrativa de Caja Madrid en 2007.
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