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ensayos
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Más (buenos) jefes y menos Rubiales

Las mujeres de la selección española de fútbol han desbancado a Luis Rubiales, exponente de un autoritarismo que sigue muy presente hoy en día: nuestra sociedad sin jerarquías rígidas vive desde hace décadas una crisis de autoridad

Sergio del Molino
Ideas 01/10/23
Nicolás Aznárez

Mucho antes de escribir El señor de los anillos, J. R. R. Tolkien pasó los meses más duros de su vida en el barro francés de la Gran Guerra. Dada su condición de universitario de Oxford, fue reclutado como oficial, pero antes de terminar la instrucción descubrió que dar órdenes no era lo suyo. En su diario anotó una convicción que le acompañó hasta su muerte, de la que se cumple medio siglo: “El trabajo más impropio de cualquier hombre es ser jefe de otros hombres: ni siquiera uno entre un millón vale para ello, al menos entre los que buscan la oportunidad”. En la pluma de alguien que escribiría una de las novelas más influyentes sobre el poder, llena de personajes que lo temen, lo ansían y lo eluden, es una idea muy reveladora.

El creador de la Tierra Media recuerda aquí al noble persa Ótanes, quien, según Heródoto, fue uno de los primeros dimisionarios de la historia. Representaba a una facción democrática, que defendía la excentricidad de que los persas debían gobernarse a sí mismos. Enfrente tenía a Megabizo, que abogaba por un gobierno de oligarcas, y a Darío, que postulaba una monarquía. Cuando Ótanes vio que no podía imponerse (spoiler: ganó Darío), se retiró de la lucha con esta frase: “No quiero mandar como rey ni ser mandado como súbdito”.

Ótanes y Tolkien son personalidades opuestas a la de Jocko Willink, un oficial retirado de los Navy Seal y veterano de Irak que ha hecho una fortunita escribiendo libros sobre cómo aplicar la disciplina militar al liderazgo empresarial y a la vida cotidiana. En sus podcasts, conferencias y cursos enseña a ser un jefazo al que nadie tose, e incluso tiene una serie de libros infantiles titulados El camino del pequeño guerrero, donde los lectores aprenden a no dejarse robar el almuerzo en el cole y, supongo, a apropiarse del de los demás. Los vídeos de Willink (una especie de cíclope con columnas jónicas por brazos y músculo hasta en el cogote) parecen inspirados en El triunfo de la voluntad, de Leni Riefenstahl.

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Soy del equipo de Tolkien y del bueno de Ótanes (es decir, un equipo sin equipo, sin organización ni disciplina, un equipo que ni siquiera acude al campo cuando lo convocan para jugar con el otro equipo, y así nos va), pero entiendo el éxito de Willink y otros supertacañones contemporáneos que aspiran a ser el próximo Elon Musk. Lo entiendo como síntoma de una sociedad que ha perdido el sentido de la autoridad y la confunde con el autoritarismo.

Willink ha detectado una clientela muy lucrativa en un mundo donde los jefes no saben ser jefes. Si los padres son amigos de sus hijos, si los profesores no pueden evaluar ni disciplinar, si los empresarios van al coworking en bici eléctrica y si los ujieres visten mejor que la mayoría de los diputados, ¿cómo se aprende a ejercer la autoridad? Hace falta un Rambo para imponerse en una sociedad tan informal.

Luis Rubiales estaba mucho más cerca de Willink que de Ótanes. En un seminario del primero, seguro que sacaría muy buena nota, cumpliendo los requisitos de asertividad y liderazgo que se esperan de un jefe militar, incluyendo las habilidades de agarrarse los testículos y besar a las mujeres como botín de guerra. Sin embargo, le costó mucho tiempo entender (es posible que aún no lo haya entendido) que tanto su poder como su autoridad habían sido derribados por las jugadoras de la selección, que aprovecharon un triunfo y la popularidad que eso conlleva para sacudirse de golpe el autoritarismo machista que soportaban desde que jugaron su primer partido.

Esta crisis ha desarbolado un mundo, el del fútbol, donde aún regían las jerarquías tradicionales, donde a los entrenadores se los llamaba míster, se rendía pleitesía a los presidentes y se infantilizaba a los jugadores, todo ello acentuado con el uso de uniformes, escudos y parafernalia pseudobélica. El poder blando y la autoridad difusa pos-Rubiales que intenta satisfacer las exigencias de las jugadoras es un reflejo de la crisis de la autoridad que vive la sociedad entera desde hace décadas. A primera vista, es un triunfo democrático, pero muchos pensadores llevan tiempo advirtiendo contra la victoria de los Tolkien y los Ótanes: nuestro triunfo podría tener consecuencias letales, pues una sociedad sin autoridades claras puede ser el preludio de una totalitaria. En otras palabras: la tumba de Rubiales puede ser la cuna de muchos tiranos peores.

El caso de Elon Musk es paradigmático, como lo fue antes el de Mark Zuckerberg y el de otros emperadores tecnológicos: su poder, mayor que el de muchos Estados, se asienta sobre un vacío de autoridad. Por mucho que se les vista de supervillanos de tebeo, no tienen las marcas propias de los poderosos ni han escalado por las jerarquías convencionales. Cabe pensar si su poder habría sido tan omnímodo en unas democracias liberales más fuertes y con unas instituciones menos cuestionadas.

El problema de la autoridad

Hannah Arendt proclamó la muerte de la autoridad en una conferencia pronunciada en Washington en 1956 y publicada después en el ensayo ¿Qué es la autoridad? La crisis de la noción de autoridad venía debatiéndose en la filosofía desde hacía al menos medio siglo, vinculada a las meditaciones sobre la sociedad de masas, pero Arendt dio un paso más y no habló de crisis, sino de muerte. Ya no se trataba de una cuestión política que afectase a las instituciones de la democracia liberal, sino al núcleo mismo de la sociedad, a la crianza y a la educación de los niños. Se adelantó 12 años al Mayo del 68, la fecha oficial de la derogación de dioses y amos.

Tras esa defunción, los pensadores llevan casi 70 años de duelo, sin sacar mucho más en claro de lo que ya expuso Arendt. La jurista Natalia Velilla acaba de publicar La crisis de la autoridad (Arpa), un ensayo centrado en la realidad española sobre el descrédito de políticos, jueces, periodistas, médicos, profesores y demás figuras de autoridad. Velilla es moderadamente optimista y confía en una especie de revulsivo ciudadano que restituya la autoridad perdida. Propone aprender a distinguir el cargo de la persona que lo ocupa y, frente a los posibles abusos de una autoridad legítima, confiar en el contrapeso de la sociedad civil, con su activismo, su prensa y su protección jurídica: “El autoritarismo no es una alternativa”, escribe. “Hay que desconfiar de quien, con cantos de sirena, pretende hacernos creer que lo que hemos conquistado no sirve (…). Solo la autoridad que emana de la ley puede salvarnos del caos”.

Entre Arendt y Velilla se extiende una bibliografía abrumadora que demuestra que la autoridad es uno de los grandes problemas filosóficos contemporáneos. Hans-Georg Gadamer, Theodor Adorno y Alexandre Kojève, por citar unas referencias clásicas, han explorado las contradicciones entre la libertad y la autonomía del individuo y los valores ilustrados, por una parte, y la necesidad de un orden jerárquico para que la sociedad funcione, por otra.

Gadamer estudió la figura del médico como institución autorizada (del alemán autoritativ) en El estado oculto de la salud. Siguiendo a Kant, concluyó que “quien necesita apelar a su autoridad —por ejemplo, el maestro en la clase, o el padre en la familia— debe esto a que carece de ella”. Para él, por tanto, que profesores y sanitarios estén considerados por la ley española figuras de autoridad (y las agresiones que sufren se traten, por tanto, como atentados) es una prueba clara de que la han perdido.

Adorno dejó escritas unas páginas magistrales sobre la personalidad autoritaria, a propósito del Tercer Reich, y Kojève, desde la filosofía del derecho, concibió cuatro arquetipos que resumen la autoridad del Estado: el Amo, el Jefe, el Juez y el Padre. Todos ellos, en profundo entredicho. En España, Manuel Toscano ha escrito: “Si hay una objeción moral relevante contra la idea misma de autoridad, en cualquiera de sus formas, es que someterse a ella exige sacrificar el propio juicio sobre qué hacer o qué creer”.

La paradoja se enuncia sola: necesitamos autoridad, pero hemos sido educados en un individualismo liberal e ilustrado que nos insta a cuestionarla casi de raíz. Este impulso está en la base de todos los demás descréditos y es la razón última por la que casi ningún jefe quiere ser tratado de usted. Corrijo: la sociedad considera inaceptables a los jefes que quieren ser tratados de usted. Esto choca con la dura evidencia de que las orquestas necesitan un director; los gobiernos, un presidente, y los hospitales, médicos que impongan tratamientos y le ordenen al residente dónde tiene que hacer la incisión. Aunque se exprese en su forma más blanda y amigable, el poder existe y necesita que alguien lo ejerza.

La aversión hacia el poder

Y aquí está el nudo práctico del problema: el poder contemporáneo requiere personalidades como las de Tolkien o la de Ótanes, pero este tipo de individuos tiene aversión hacia el poder. No solo es improbable que lo ambicionen, pues casi siempre preferirían dar un paseo o leer poesía, sino que, si llegan a ocuparlo, tenderán a la ineficacia: les costará tomar decisiones y no sabrán resolver los conflictos que se les presenten, lo que hundirá aún más el crédito de la institución que representan.

Se diría que nadie plantea regresar a una autoridad autoritaria, valga el pleonasmo, pero el núcleo duro de los populismos de derechas está basado en ese reclamo, argumentado en el descrédito de los blandos que no saben imponerse y conducen al mundo al caos. Piden hacer América grande de nuevo, que se restituya el servicio militar, que se otorguen poderes a la policía contra los inmigrantes irregulares, etcétera. Todo ello, tan cotidiano en los programas electorales de toda Europa (e incluso en algunos planes de gobierno), señala un vacío que ya analizó Hannah Arendt en 1956 y que, desde entonces, no ha hecho más que agrandarse.

La crisis de la covid demostró, asimismo, que muchas sociedades libres, la española entre ellas, aplauden sin grandes críticas reseñables la imposición del autoritarismo y se someten con sorprendente rapidez a estados policiales como forma de obtener seguridad. Para algunos, esto fue también una prueba de lo fértil que es un mundo sin autoridad para que florezca el autoritarismo. En otro ámbito, Natalia Velilla advierte sobre las consecuencias del desprestigio de la judicatura en España: si la autoridad de los jueces te parece insoportable, viene a decir, guárdate de la justicia popular de las masas enfurecidas que pueden sustituirla.

La filosofía ha demostrado ser muy sutil y honda al analizar ese vacío que denunció Arendt. Pero, a la hora de dar recetas para llenarlo y contrarrestar las pulsiones autoritarias que amenazan las democracias liberales, ha hecho poco más que encogerse de hombros. Lo ideal, según Gadamer, que es el más sensato y práctico de los pensadores citados, sería que los Tolkien y los Ótanes asumiesen la responsabilidad de mandar, pues solo ellos pueden contrarrestar el autoritarismo con su espíritu crítico. Hacen falta jefes que no teman equivocarse, dice el filósofo, que sepan reconocer los errores, escuchar y ser flexibles. Pero, a la vez, deben tener autoridad: esto es, deben ser respetados de forma espontánea, sin que la ley o el monopolio de la violencia por parte del Estado los proteja. ¿Quién podría cuadrar semejante círculo?

El anteriormente navy seal Jocko Wilkins se ofrece a cuadrar a gritos cualquier círculo que se le ponga delante. Si nadie lo remedia, no dejará un solo círculo redondo.

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Sobre la firma

Sergio del Molino
Es autor de los ensayos La España vacía y Contra la España vacía. Ha ganado los premios Ojo Crítico y Tigre Juan por La hora violeta (2013) y el Espasa por Lugares fuera de sitio (2018). Entre sus novelas destacan Un tal González (2022), La piel (2020) o Lo que a nadie le importa (2014). Su último libro es Los alemanes (Premio Alfaguara 2024).

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