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Perfil
Texto con interpretación sobre una persona, que incluye declaraciones

Seymour Hersh, el periodista legendario cuestionado por su investigación del sabotaje del gasoducto

El premio Pulitzer, criticado en los últimos tiempos, despierta suspicacias por el artículo en que atribuye a EEUU la voladura del Nord Stream, el ducto diseñado para llevar el gas de Rusia a Alemania

Seymour Hersh
Luis Grañena
María Antonia Sánchez-Vallejo

Una “fuente con conocimiento directo de la operación” es la protagonista involuntaria, además de anónima, de la última polémica salida del teclado del periodista Seymour Hersh (Chicago, 85 años): la información de la supuesta voladura por EE UU de tres de los cuatro gasoductos Nord Stream en septiembre. Los explosivos, denuncia Hersh, fueron colocados en junio por buzos estadounidenses durante unos ejercicios de la OTAN en el Báltico, y la detonación es obra de la Armada noruega tres meses después. Basándose en esa única fuente, el premio Pulitzer en 1970 por destapar la matanza de My Lai en la guerra de Vietnam ha soliviantado a la opinión pública norteamericana con una teoría que algunos tachan de conspiranoica, y que ha puesto a los medios de comunicación en pie de guerra… entre ellos.

La Casa Blanca ha desmentido la información de Hersh. “Es totalmente falso, una completa ficción” que EE UU volara el gasoducto para culpar a Rusia del sabotaje. Pero para Washington, sostiene Hersh, el ducto encarnaba “la amenaza política del gas natural ruso barato” al alcance de Alemania y Europa Occidental, un suministro contrario a los intereses del sector gasista de EE UU. El relato, para los más críticos, estaría a medio camino entre un montaje y la desinformación.

El veterano periodista de investigación, hijo de inmigrantes judíos del este de Europa y padre de otro reportero, informó de la supuesta operación encubierta hace dos semanas en su web, su reducto informativo tras pasar por publicaciones como The New York Times, diario para el que cubrió el Watergate, y la revista The New Yorker, en la que publicó su investigación sobre las torturas en la cárcel secreta de la CIA en Abu Ghraib (Irak). Entonces, en 2004, nadie objetó ni una letra de lo publicado.

Pero la del Nord Stream no es la primera controversia que provoca. En 2013, rebatió la versión occidental de que el bombardeo con armas químicas de Ghuta, un suburbio de Damasco, había sido obra del Ejército de El Asad y apuntó a la autoría de los rebeldes sirios. “Escribí una historia diciendo que había muchas razones para pensar que [el ataque] no venía de [el Ejército de] Siria, pero no se publicó en EE UU”, lamentaba en 2019 en una entrevista a este diario. Dos años después publicó, en la London Review of Books, que EE UU y Pakistán habían mentido sobre las circunstancias de la muerte de Osama Bin Laden, y las suspicacias aumentaron, igualmente por el uso de fuentes anónimas e indirectas. Fue el punto de inflexión en su carrera, cuando se convirtió definitivamente en un outsider, siempre a la contra, uno de esos periodistas-activistas que toman partido y contra los que la ortodoxia periodística previene. Sus dos últimos trabajos, el de Siria y el de Bin Laden, habían sido rechazados por The New Yorker, que invierte toneladas de tiempo en aquilatar hasta la última coma.

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Objetar una versión oficial con indicios plausibles a partir de fuentes anónimas, sobre todo en casos de naturaleza sensible, ha sido durante años —los de la consagración de Hersh— un pertinente ejercicio de investigación. Hoy, no pocos lo consideran un método rayano en la desinformación. Pero el reportero no ha dado su brazo a torcer. “Permitiré con gusto que la historia sea la que juzgue mi obra reciente”, escribe en sus memorias, publicadas en 2019 en castellano bajo el título Reportero (Península).

En ese mismo libro, Sy Hersh recuerda su infancia y su trabajo en la lavandería de sus padres, inmigrantes del este de Europa, donde forjó su carácter inquisitivo, que ha legado a su hijo, también periodista de investigación. En Reportero se describe como el “superviviente de una edad de oro en el periodismo”. De aquel tiempo en que “no teníamos que competir con canales de noticias 24 horas, los periódicos nadaban en la abundancia gracias a los ingresos por publicidad y yo tenía libertad para viajar lo que quisiera”, explicaba a este diario; cuando los periodistas podían dedicarse únicamente a revelar “verdades importantes e indeseadas”, como se precia de haber hecho durante seis décadas.

Por eso también ha sostenido que, más que de lo publicado, se arrepiente de lo que no llegó a contar, como la paliza que Richard Nixon propinó a su esposa, Pat, en 1974, tras dimitir como presidente por el Watergate, y que, según el periodista, no era la primera. Hersh tuvo información directa del hospital donde Pat Nixon fue atendida, pero consideró que la conducta privada del mandatario no había afectado a su desempeño público. Un error que siempre ha lamentado.

Hersh no es el único gran nombre del periodismo empañado por la sospecha. Ejemplos de ello son los intentos de revisar la obra de Ryszard Kapuscinski, la supuesta escora del británico Robert Fisk hacia posiciones oficialistas sirias en sus últimos años de vida o los reparos sobre la implicación personal —su relación con uno de los señores de la guerra— de la pionera Oriana Fallaci en sus reportajes sobre Líbano.

Pero todos han muerto, y de la edad de oro del periodismo estadounidense quedan pocos representantes vivos, con Bob Woodward y Carl Bernstein (Watergate) y Hersh a la cabeza: arcanos de la historia, la oficial, la oficiosa y la que nunca llegó a ser contada. La memoria de un oficio cada vez más desgarrado en la batalla entre críticos y apologetas.

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