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El nuevo poder de las derechas extremas

La demonización de los ultras no está frenando su ascenso en Europa, con los ejemplos italiano y sueco a la cabeza

Matteo Salvini, Silvio Berlusconi y Giorgia Meloni, en un acto de campaña en Roma este jueves.
Matteo Salvini, Silvio Berlusconi y Giorgia Meloni, en un acto de campaña en Roma este jueves.Alessandra Benedetti (Corbis via Getty Images)

“¿Utilizará el Partido Democrático el riesgo del fascismo como argumento contra Meloni?”. La pregunta se la hacía este verano La Repubblica a Enrico Letta, ex primer ministro italiano y nuevo líder de la formación de centroizquierda, que concurre con una pequeña coalición a las infartantes elecciones de este domingo. “Por supuesto que podría hablar sobre el riesgo del fascismo, pero no haré campaña sobre ismos, sino sobre hechos concretos”, fue su respuesta. A estas alturas, Letta sabe que la condena moral a quienes se presentan fuera de los consensos del establishment tiene el efecto de aumentar su atractivo electoral, pues la ruptura con el statu quo otorga un inevitable sex-appeal. Durante la última década, muchos partidos tradicionales han caído en el efecto performativo del juego de provocación-reacción. Lo explica el politólogo Yascha Mounk en su celebrado El pueblo contra la democracia: “Al basar las campañas electorales en la pura condena moral, afirmando una identidad reactiva que solo consiste en alertar sobre los perversos cataclismos que traerían las formaciones ultras, los partidos tradicionales las erigen en representantes de una alternativa real, por mucho que sus programas se construyan sobre propuestas vacías”.

La respuesta de Letta pretendía despejar una de las principales incógnitas de los dilemas políticos de hoy, esto es, si los cordones sanitarios son eficaces para frenar a las nuevas extremas derechas, tal y como las denomina el historiador Steven Forti. Charlemagne, la emblemática sección sobre Europa de The Economist, lo tiene claro: su demonización no está frenando su ascenso en Europa, con los ejemplos italiano y sueco a la cabeza. Recordemos que las elecciones legislativas del 11 de septiembre en Suecia arrojaron un resultado descorazonador, otorgando el poder a un bloque conservador ampliado hacia la derecha radical, los Demócratas de Suecia, un partido con un origen abiertamente neonazi. En Italia está a punto de suceder algo parecido con otra coalición extendida a la extrema derecha, incluido Fratelli d’Italia, de ascendencia fascista y con posiciones similares a las de sus homólogos suecos, con los que comparten grupo en el Parlamento Europeo. Pero aunque Letta no haya querido apelar al viejo argumento de “¡que viene el lobo!”, lo cierto es que la campaña italiana no se ha librado de la polarización. Y la verdad es que Meloni lo tenía fácil: negarse a entrar en el Gobierno de concentración nacional de Draghi le permite aparecer como la alternativa del descontento y presentar las elecciones como una confrontación entre el establishment y quienes lo retan desde esa nueva trinchera. El riesgo de los gobiernos de concentración nacional consiste, precisamente, en poner un puente de plata a los extremos, que ocupan así la centralidad. Cuando los ultras se presentan como alternativa, el resto de los partidos asume implícitamente la línea de diferenciación que interesa al adversario, y entonces lo de menos son los programas políticos: lo importante es quién se erige como diana de los liberales, que por supuesto se rasgan las vestiduras ante los nuevos bárbaros.

Pero supongamos que hay más factores en todo esto, y que, se module o no su demonización, las nuevas derechas extremas han aprendido y coquetean con una radicalidad más soft, ganando centralidad en el ágora pública y en las instituciones. Es lo que se trasluce del cierre de campaña de Meloni, quien apelaba a gritos a la nostalgia fascista tras semanas de supuesta moderación: “Después de nuestra victoria, podrán levantar la cabeza y, finalmente, verbalizar lo que siempre pensaron y creyeron”. La aceptación de su mensaje por la vía del edulcoramiento obedecería, fundamentalmente, a dos motivos: la facilidad con la que sus planteamientos circulan por nuestras pantallas debido a la efectividad de sus mensajes, y al trabajo impenitente de sus activistas. Esa es la hipótesis de la politóloga Jen Schradie en su The Revolution that Wasn’t: How Digital Activism Favors Conservatives, donde describe bien ese contexto de radicalización que favorece la movilización de los mensajes extremistas. Los propios algoritmos de las plataformas digitales se diseñan para hacer circular sin fin los mensajes más controvertidos y provocadores, encerrando así a los consumidores en una rentable cosmovisión de odio.

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Pero hay un tercer factor que explica este nuevo poder de la extrema derecha, más allá de su habilidad para dar centralidad a unas ideas que eran marginales en la discusión pública: los vínculos que ha ido estableciendo con la derecha institucional. Porque el nexo entre las derechas tradicionales y los nuevos extremismos es ya un problema existencial para los partidos conservadores tradicionales, y con ello también para la democracia. En el error participa también la izquierda tradicional, que muchas veces abandona los problemas que apelaban a sus votantes naturales para centrarse en otros que endurecen su posición, como ha ocurrido con la inmigración y los socialdemócratas suecos, con su ya ex primera ministra Magdalena Andersson como abanderada del cambio. Integrar a la extrema derecha en el juego político sueco para que la coalición del conservador Ulf Kristersson pueda gobernar, o que el partido de Antonio Tajani, antiguo presidente del Parlamento Europeo y número dos de Berlusconi, asegure que Forza Italia será el guardián del europeísmo en el próximo gobierno de coalición, ayudan poderosamente a la desdemonización del discurso ultra. Así que preguntémonos: ¿será Italia, de nuevo, una ventana de las cosas por venir?

Desde luego, hay elementos suficientes para afirmar que lo ocurrido en Suecia y lo que puede pasar en Italia no son fenómenos aislados. Le Monde advierte de que el ejemplo sueco de banalización de la derecha radical se está replicando en Finlandia y Dinamarca, que apuestan por el endurecimiento de las políticas migratorias, incluso con gobiernos socialdemócratas. Y hay otros ejemplos. La separación entre las familias de la derecha conservadora y la extrema derecha estadounidenses es ya casi imperceptible en el Partido Republicano, y otras derechas coquetean abiertamente con los extremos, como la francesa, subyugada por Le Pen, pero también la alemana o, aquí mismo, el Partido Popular, cada vez más cerca del nacionalismo radical de Vox.

Pero si algo nos enseña la convulsa política italiana es que populismo y tecnocracia pueden ser dos caras de una misma moneda: el uno abona el terreno a la otra. Y quizás la clave para romper ese círculo vicioso sea reivindicar la política entendiendo las razones profundas para el nacimiento de los populismos y proponiendo políticas públicas técnicamente eficientes y que aborden las preocupaciones reales de la ciudadanía. Al final, no deja de ser paradójico que esa finezza de la que hablaba Giulio Andreotti, y que Felipe González envidiaba para un sistema de partidos a la italiana sin italianos como el nuestro, haya sido la causante de que el único actor relevante fuera del Gobierno pseudotecnocrático de Draghi, los herederos del fascismo, capitalizaran la oposición.

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