Ideas
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

Taiwán importa. Es un ejemplo de lo que podría ser China

El régimen chino dice que el confucianismo es incompatible con la democracia. Pero el ejemplo taiwanés desmonta esta idea. Y representa un camino político alternativo

Ceremonia de bajada de bandera en Liberty Square, Taipéi (Taiwán), el 9 de agosto.
Ceremonia de bajada de bandera en Liberty Square, Taipéi (Taiwán), el 9 de agosto.Annabelle Chih (Getty Images)

La visita a Taiwán de la presidenta de la Cámara de Representantes estadounidense, Nancy Pelosi, que generó tantos titulares noticiosos, ha recordado al mundo cuánto le importa la isla a China. Pero también debería importarle al mundo democrático.

No es ningún secreto que el Partido Comunista de China (PCC) tiene la firme intención de reunificarse con Taiwán (a la que ve como una provincia secesionista). Estados Unidos reconoció formalmente a la República Popular China como el único Gobierno legal de China en 1979, y desde entonces las potencias occidentales se han abstenido de reconocer a Taiwán como un país distinto. Esta política de “una sola China”, junto con un creciente nacionalismo chino, hace probable, si no inevitable, la toma de la isla por parte de la potencia asiática en las próximas décadas.

Algunos comentaristas occidentales creen que Pelosi actuó temerariamente al visitar la isla, pero ignoran cómo y por qué Taiwán también importa para el futuro de la democracia y de la misma China.

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Una creencia común entre las autoridades y muchos comentaristas occidentales es que China seguirá sin ser una democracia en el futuro, debido a su cultura política profundamente autoritaria. Según esta opinión, el “individualismo” occidental está en fuerte contraste con la herencia confuciana de China, que determina jerarquías rígidas no solo en las familias, sino en toda la sociedad. Esto implicaría que el pueblo chino está más dispuesto a asumir su lugar dentro de un orden de autoridad predefinido y menos dispuesto a participar en la política democrática.

Además, el politólogo Samuel P. Huntington señaló: “No existe un consenso académico sobre la idea de que el confucianismo tradicional no es democrático o es antidemocrático”. Y, más recientemente, Ray Dalio, de Bridgewater Associates, escribió: “Todos estos sistemas chinos son jerárquicos y no igualitarios… Estados Unidos se gobierna desde abajo hacia arriba (es decir, democráticamente), optimizando las condiciones para el individuo; China se rige desde arriba hacia abajo, en beneficio del colectivo… La democracia, como la conocemos, no tiene ninguna raíz en China”.

Es fácil comprobar que los últimos 2.500 años de la historia de China podrían servir de apoyo a estas ideas. China ha vivido muchas rebeliones y el ascenso y caída de muchas dinastías poderosas. Puesto que la política democrática ha estado notablemente ausente allí, muchos suponen que China está destinada a permanecer bajo el control de un líder fuerte que presida un régimen vertical, visión que la propaganda estatal china promueve con entusiasmo. Los periódicos y comentaristas políticos chinos constantemente comparan la eficiencia del sistema chino con la entrampada política occidental, al tiempo que plantean que esa eficacia está más en línea con los valores y la cultura chinos.

Los taiwaneses son pioneros de la democracia digital. El Gobierno consulta a los ciudadanos sobre decisiones clave

Pero ¿es así realmente? Tanto Hong Kong como Taiwán tienen el mismo trasfondo cultural que la China continental, pero descansan sobre sistemas políticos muy distintos. Hasta la violenta represión del PCC sobre Hong Kong en 2020, la isla estaba en proceso de construir una vibrante democracia. Y el caso de Taiwán es todavía más revelador. Desde la década de 1980 ha desarrollado una sólida democracia con una amplia participación de base. Lejos de haber sido creado y desarrollado por las élites, el sistema taiwanés es el resultado de las exigencias de estudiantes y otros ciudadanos de a pie hechas a través de canales democráticos.

La participación democrática en Taiwán parece haberse intensificado en los últimos seis años. El partido dominante durante la mayor parte de su historia fue el Kuomintang (KMT), fundado por Chiang Kai-shek, el nacionalista chino que huyó del continente con sus tropas leales y cerca de 1,5 millones de seguidores tras ser derrotado en 1949 por los comunistas. El Gobierno actual, encabezado por el Partido Democrático Progresista (PDP), llegó al poder en las elecciones generales de 2016, tras las protestas generalizadas contra los esfuerzos del KMT de implementar un tratado comercial con China a pesar de una importante oposición. Durante las protestas, el Movimiento de los Girasoles (Sunflower Movement), liderado por los estudiantes, llegó incluso a ocupar el Parlamento.

No fue solo una fase pasajera de rabia y protesta. Los taiwaneses son pioneros en democracia digital. La participación política activa de diferentes segmentos de la sociedad es la norma. De ahí que los gobiernos taiwaneses suelan consultar al público sobre decisiones clave, como las regulaciones sobre viajes compartidos o sobre la venta de alcohol.

Taiwán también promueve una “hackatón presidencial” [un maratón de programadores en busca de soluciones colectivas] que permite que los ciudadanos hagan propuestas directas al presidente, y una plataforma digital proporciona datos de la mayoría de los ministerios, con la finalidad explícita de alentar a la sociedad civil a mejorar las actuaciones del Gobierno. Y frente a la covid-19, su Gobierno generó una respuesta eficaz a través de consultas democráticas, una estrecha colaboración con la sociedad civil y nuevas herramientas digitales para la realización de pruebas y el seguimiento de contactos.

Taiwán no posee estas fuertes tendencias democráticas por haber experimentado una transformación cultural occidentalizadora. Hasta 2000, el KMT hacía uso de los valores confucianos para distinguirse del régimen comunista chino, y estudios posteriores han mostrado que estos valores están más arraigados en Taiwán que en el continente.

Así, el caso de la isla refuerza el argumento que planteábamos en un trabajo anterior: no se deben establecer vínculos inquebrantables entre valores culturales y sistemas políticos. Todas las culturas, y especialmente las confucianas, deberían verse como altamente adaptables a las circunstancias cambiantes. Los regímenes políticos pueden basarse en muchos marcos culturales.

Si bien Confucio dijo que “la gente común no debate asuntos de gobierno”, también recalcó que “un Estado no puede sostenerse si ha perdido la confianza del pueblo”. El confucianismo recomienda el respeto y la obediencia hacia los gobernantes solo si son virtuosos. De ello se deduce que si un gobernante no es virtuoso, puede —y quizás debe— ser reemplazado. Esta interpretación perfectamente válida de los valores del confucianismo sustenta la democracia taiwanesa.

Sin embargo, la propaganda del PCC sostiene que esos valores son completamente incompatibles con la democracia, y que no hay una alternativa viable al gobierno de un solo partido. La democracia es tan factible en China como en Taiwán. No importa lo estridentes que puedan llegar a ser las bravatas del PCC, no apagarán el deseo de la gente de participar en política, de clamar contra las injusticias, de reemplazar a los dirigentes cuya conducta se aleje de lo que se espera de ellos. Taiwán importa porque representa un camino político alternativo para China, el que ha sustentado por largo tiempo la libertad y la prosperidad en Occidente.

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