Un multiciclo de protestas como catalizador

Un movimiento de opinión hacia el progresismo, el aumento de las protestas y movilizaciones tanto genéricas como específicas, y una insatisfacción con la democracia que se rebaja con la elección de nuevos líderes ayudan a explicar la renovada demanda que disfrutan las izquierdas en la región

Activistas pro aborto se manifiestan a las afueras del Congreso en Buenos Aires, el 29 de diciembre de 2020.
Activistas pro aborto se manifiestan a las afueras del Congreso en Buenos Aires, el 29 de diciembre de 2020.RONALDO SCHEMIDT (AFP via Getty Images)

Durante los últimos cuatro años, la izquierda ha ganado la mayoría de las elecciones presidenciales competitivas en la región con presencia de partidos ideológicamente contrarios. Para explicar este ciclo de victorias se suele acudir primero a razones por el lado de la oferta política: renovación generacional, nuevos enfoques ideológicos, polarización de la competencia con la derecha. Pero igual o más importante es que la oferta encuentre una demanda acorde. Y, a la luz de esos resultados, así ha sido en los últimos años. Hay al menos tres factores que han confluido para animar a estas mayorías a irse por la izquierda, presentes en múltiples puntos del continente, pero con pesos y formas distintivas en cada país.

El primero y más obvio es el aumento de posiciones progresistas entre los votantes. Una manera relativamente sencilla de probar que efectivamente ese movimiento se ha producido es escogiendo una cuestión especialmente polémica y observar cómo ha evolucionado la opinión de la ciudadanía. La pregunta sobre el derecho al aborto que realiza el Barómetro de las Américas es perfecta para este ejercicio. Efectivamente, en prácticamente todos los países en los que ganó la izquierda en los últimos años (además de Ecuador, donde se quedó cerca, y Brasil, donde competirá con buenas perspectivas en octubre de este año) la cantidad de personas que concederían el derecho a interrumpir el embarazo cuando la vida de la mujer está en peligro se ha incrementado desde 2012 hasta 2018. El crecimiento es particularmente pronunciado en Chile (del 53% al 81%), Honduras (33% al 59%) y México (51% al 68%), pero se produce en mayor o menor medida en toda América Latina. La movilización pro-derechos reproductivos que ha tenido un alcance transnacional como pocas va inevitablemente de la mano con estos números, y concreta las tendencias generales de opinión.

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De hecho, con esas movilizaciones llegamos al segundo factor: el inicio y consolidación de un multi-ciclo de protestas que han servido tanto como catalizadoras de demandas específicas (siendo el caso del aborto el más nítido pero no el único) como de un descontento más difuso y generalizado. Una protesta masiva es como un espejo: al igual que una encuesta de intención de voto en la que de repente puntea un candidato que nadie esperaba, la sociedad se da cuenta de que sus demandas y frustraciones son compartidas. Puede ser, en ese sentido, el primer paso de una ola de coordinación que desemboque en un nuevo candidato o movimiento tocando la presidencia de un país. A veces, ese mismo candidato viene de la movilización. Tal fue el caso del vencedor Gabriel Boric en Chile, del perdedor pero sorprendentemente fuerte en primera vuelta ecuatoriana Yaku Pérez, o de la activista de larga data Francia Márquez que alcanzó la vicepresidencia de Colombia. Todos ellos son un número representado en la pregunta del mismo Barómetro de las Américas sobre participación en protestas: subieron especialmente en Chile (la proporción de la ciudadanía que lo ha hecho saltar del 5% al 12% en la última década), Colombia (encontrando su máximo de 13,3% en 2016 y desinflándose después, en parte por la pandemia), Bolivia (con el máximo: 16,7%).

El engarce inevitable de estos aumentos está en la insatisfacción con las diferentes democracias de cada país. No con la democracia como sistema, sino con el funcionamiento de cada una. La misma encuesta muestra cómo cayó de manera intensa en todos los países considerados, especialmente en Colombia, Perú, Chile, México. Pero en estos dos últimos casos se produce una recuperación justo después de la elección de un nuevo presidente, demostrando que la sensación de exclusión en la toma de decisiones se rebajó una vez hubo cambio en el poder. Ahora bien, también pasó con la derecha: en Brasil tras la victoria de Bolsonaro en 2018, y en Ecuador en 2021. Probablemente, más que la ideología específica, sea concreta las tendencias generales de opinión. La sensación de nueva dirección y representación de la diversidad de opiniones la que genere este efecto. Esto sirve de advertencia para la izquierda: como ya se ha visto en otros rincones del mundo, ni el cambio ni la representatividad son su patrimonio. Los votantes, especialmente ahora que se sienten más empoderados, mantendrán la última palabra.

Sobre la firma

Jorge Galindo

Es analista colaborador en EL PAÍS, doctor en sociología por la Universidad de Ginebra con un doble master en Políticas Públicas por la Central European University y la Erasmus University de Rotterdam. Es coautor de los libros ‘El muro invisible’ (2017) y ‘La urna rota’ (2014), y forma parte de EsadeEcPol (Esade Center for Economic Policy).

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