UN ASUNTO MARGINAL
Columna
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‘Condottiero’

Podríamos considerar casual que el popular Draghi no haya concurrido nunca a unas elecciones, pero no deberíamos

El primer ministro italiano Mario Draghi, en Roma el pasado 7 de octubre.
El primer ministro italiano Mario Draghi, en Roma el pasado 7 de octubre.ALBERTO PIZZOLI (AFP)

Una noche de 1994 cené en París con Mariló Ruiz de Elvira, mi jefa de entonces (aún la añoro a veces), y estuvimos de acuerdo en que lo ocurrido en Italia no era más que un carraspeo de la historia, un incidente preocupante pero aislado. Los italianos acababan de colocar al frente del Gobierno a Silvio Berlusconi, corruptor insigne, mentiroso patológico y perito en la explotación de los medios de comunicación de masas con fines políticos. Lo de Berlusconi no podía durar, pensábamos, porque eso sería como el fin del mundo.

Hoy sabemos, gracias a los Trump y compañía, que Mariló y yo nos equivocábamos. Terminó un mundo y empezó otro. Conviene estar atento a las rarezas italianas, porque los demás acaban copiándolas.

Demos un repaso a la figura del condottiero, término que aquí podríamos traducir como “director”. Era un personaje con talento para el mando y experiencia militar, al que las ciudades-Estado italianas (manejadas con el capital privado de familias riquísimas) contrataban para que gestionara sus conflictos. Los condottieri, algunos muy célebres, protagonizaron la política del mosaico italiano desde finales del siglo XIV hasta entrado el siglo XVI, cuando empezó a cuajar algo mucho más fuerte que ellos y que la ciudad-Estado: el Estado nacional.

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Cinco siglos más tarde, el Estado nacional se deshincha. Apenas puede hacer frente a las grandes corporaciones privadas, recurre al endeudamiento para cumplir el contrato social en que se basa y su forma más perfecta, la democracia, ha perdido eficacia y prestigio. Hemos llegado al punto en que una empresa censura al presidente (hoy expresidente) del imperio más poderoso del planeta; antes, lo normal era más bien lo contrario.

Volvamos la vista a Italia, laboratorio de lo bueno y de lo malo. Por un lado, se mantiene la tradición: sus últimos presidentes del Consejo de Ministros han durado más o menos un año. Por otro lado, la crisis del Estado nacional y de los mecanismos democráticos ha favorecido la resurrección del condottiero. Lo fue de alguna forma el economista Mario Monti (2011-2012), sugerido desde Bruselas. Algo de condottiero accidental tuvo Giu­seppe Conte (2019-2021), cuyo mayor mérito consistía en no militar en ningún partido. Y es un condottiero majestuoso el banquero Mario Draghi.

Draghi ya fue el hombre más poderoso del continente como presidente del Banco Central Europeo. Ahora, según la revista estadounidense Politico, vuelve a serlo. Podríamos considerar casual que el jefe de Gobierno italiano más popular en décadas no haya concurrido nunca a unas elecciones, ni milite en partido alguno, ni exhiba más tendencia ideológica que la sacralización del mercado. Podríamos, pero no deberíamos.

El de Draghi no es un Gobierno técnico pactado por el presidente de la República y el Parlamento para salir de un mal paso, sino algo radicalmente nuevo (al menos desde la Edad Media). Draghi intimida al siempre levantisco Parlamento italiano, compite en autoridad con el jefe del Estado, es llevado en triunfo por la opinión pública, es venerado por las grandes empresas y, según Politico, hereda de Angela Merkel el trono europeo.

¿Un simple carraspeo de la historia? Podría ser. También podría ser un anticipo de lo que viene. Háganse una pregunta: ¿cuántas veces se han quejado este año del partidismo y el politiqueo?

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