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Perdón, pasado y futuro

Hannah Arendt habla de perdonar para “deshacer los actos del pasado”, que cuelgan sobre siguientes generaciones

El ex primer ministro del Reino Unido Tony Blair (desde la derecha), el exsenador estadounidense George Mitchell y el ex primer ministro irlandés Bertie Ahern, el 10 de abril de 1998, tras firmar el Acuerdo de Viernes Santo.
El ex primer ministro del Reino Unido Tony Blair (desde la derecha), el exsenador estadounidense George Mitchell y el ex primer ministro irlandés Bertie Ahern, el 10 de abril de 1998, tras firmar el Acuerdo de Viernes Santo.DAN CHUNG / AFP via Getty Images

Hay veces en las que los desencuentros graves, las quiebras de la convivencia, las incomprensiones mutuas u otras fallas en el devenir conjunto de grupos sociales empecen la continuidad de su vida en común. El problema en todos estos casos es el dar con alguna fórmula para conseguir superar la irreversibilidad de los actos que lo provocaron, el poder anular sus deletéreos efectos para la convivencia futura. Sin un acto que tenga la capacidad de romper con agravios pretéritos, estos seguirán pendiendo como una losa sobre cualquier entendimiento recíproco, permanecerán encerrados en la prisión del pasado. La llave política para salir de este atolladero, ya lo sabemos, ha sido tradicionalmente el recurso a las medidas de gracia, las amnistías, los indultos.

Esta forma de redención del vínculo quebrado encaja en eso que Hannah Arendt menciona al hablar del “poder de perdonar”. El perdonar como mecanismo que “sirve para deshacer los actos del pasado, cuyos pecados cuelgan como la espada de Damocles sobre cada nueva generación”. Lo interesante es que no concibe el perdonar como un correctivo que queda inmerso en su categoría de acto aislado, sino que se proyecta hacia el futuro a partir de las “promesas”. Estas hay que entenderlas como las obligaciones en las que incurrimos a través de acuerdos o convenciones para proyectarnos hacia el porvenir. El perdón sería lo que restaura el vínculo que se ha roto, exonera y libera; la promesa nos introduce en un tiempo nuevo y nos proporciona “islas de certidumbre en un océano de incertidumbre”.

Con su siempre sutil forma de ver las cosas, Arendt no nos describe algo distinto a lo que nosotros mismos experimentamos en la Transición. ¿Qué fue aquella sino un acto colectivo de perdón mutuo, de reconciliación, a la que asociamos una promesa de nueva convivencia encarnada en la Constitución? Es lo que nos encontramos también en situaciones como las creadas en la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica, por ejemplo. Con no tanta épica, pero no por ello menos fácil fue el Acuerdo de Viernes Santo entre las dos Irlandas y el Reino Unido. Y esta dialéctica entre perdón y promesa nos la vamos encontrando en casi todos los conflictos de naturaleza similar.

Salvadas todas las distancias, ¿puede ser útil ahora el perdón para resolver el conflicto catalán con el Estado? Tengo mis dudas respecto a que los indultos basten por sí mismos para resolverlo. El agravio es sentido por ambas partes: una, precisamente porque sintió que sus potenciales beneficiarios habían roto la promesa contenida en la Constitución; otra, porque se creyó con pleno derecho para la ruptura y se encontró con el castigo. Lo repito, ¿es suficiente la decisión de indultar para restaurar una situación que favorezca el entendimiento y que eventualmente conduzca a una promesa de convivencia? A pesar de mi inseguridad creo que habría que intentarlo. Al menos servirá para soltar el lazo que nos ata a un pasado bloqueado y nos permite acceder a una nueva esperanza en el futuro.

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