Adaptación y mitigación: las dos estrategias de las que depende la lucha contra el cambio climático

Es fundamental reducir las emisiones, pero también abordar el impacto medioambiental que ya se está produciendo, coinciden los expertos

Un lago helado en Rogowiec, Polonia, el 23 de febrero. Al fondo, la central eléctrica de Belchatow.
Un lago helado en Rogowiec, Polonia, el 23 de febrero. Al fondo, la central eléctrica de Belchatow.Omar Marques

Las estrategias de mitigación del cambio climático limitan y reducen las emisiones a la atmósfera. Las de adaptación abordan sus impactos y sus riesgos y reducen las vulnerabilidades frente a él, lo que en la práctica se traduce en restaurar ecosistemas y asegurar cultivos o litorales amenazados. Sus investigaciones —cómo desarrollar nuevas variedades de arroz, por ejemplo, en zonas invadidas por el mar— constituyen un alivio inmediato para sectores afectados por el cambio climático. Las estrategias de mitigación pueden resultar menos llamativas —son abstractas investigaciones de plantas que capturan dióxido de carbono de forma más eficiente, o prácticas agrarias que minimizan la emisión de metano—, pero abordan las causas mismas del cambio climático y tampoco están exentas de dificultad. Ambas están obligadas a ir de la mano, no sin ciertas tensiones y obstáculos al aplicarlas e integrarlas.

En dos décadas han muerto 475.000 personas por fenómenos metereológicos extremos derivados del clima, de acuerdo con Germanwatch. España ocupa el puesto 32 de los países más afectados (700 fallecimientos al año). Y el 29 con más pérdidas económicas: 900 millones de euros. El cambio climático deja ya 23,9 millones de migrantes, y en 2050 esta cifra podría ascender de 140 millones a 1.000 millones de personas, sobre todo en el sureste asiático, América Latina o el África subsahariana, según estimaciones del Centro para el Monitoreo del Desplazamiento Interno. Esta es la “era de las consecuencias”, en palabras del filósofo y ecologista Jorge Riechmann, e implica daños inevitables. “Las ilusiones del crecimiento verde suceden a las del desarrollo sostenible, mientras la dinámica autoexpansiva del capital no se cuestiona y la base de poder de la clase dominante se mantiene prácticamente incólume”, señala.

Históricamente el IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU) ha hecho más hincapié en mitigar, pero, desde su tercer informe, autores como María José Sanz, directora del Centro de Investigación para el Cambio Climático del País Vasco, advierten de la importancia de la adaptación. “Hoy existe mejor balance entre ambas estrategias, y en muchos sectores deben ir de la mano. Urge mitigar, pero también adaptarse a los impactos que vemos. Olvidar la mitigación supone que los impactos serán mayores sin esos esfuerzos por ‘descarbonizar’. Pero, aunque en 2050 logremos las emisiones netas cero como desea Europa, lo que hay en la atmósfera crea una inercia de décadas que experimentaremos mucho tiempo. Algunos eventos aparecen antes de lo previsto sin haber alcanzado su apogeo y obliga a adaptarnos”.

Aplicar estas estrategias depende, entre otros factores, de intereses geopolíticos: 8 de los 10 países más afectados por el cambio climático poseen ingresos per capita bajos o medios y menor capacidad de superar fenómenos meteorológicos extremos. Por ello, reclaman el pago de la adaptación a países más ricos, que pueden llevar a cabo prácticas de mitigación en sus propios territorios. Por ahora, no han recibido los 100.000 millones de dólares anuales prometidos para este fin por los países industrializados, como destaca el último informe de la ONG Germanwatch.

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Otro obstáculo añadido para aplicar ambas estrategias en armonía son los escasos resultados de las propuestas de mitigación. La ONU ha alertado de que, aunque la pandemia ralentizó temporalmente las emisiones en el año 2020, el mundo camina hacia un aumento catastrófico de temperatura superior a tres grados centígrados este siglo, por encima de los niveles preindustriales. El IPCC aboga por mantenernos entorno a los 1,5, mitigando el 45% de emisiones hasta 2030. Un objetivo lejano.

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A nivel local, aplicar técnicas de mitigación y adaptación de forma correcta resulta complejo. En un escenario ideal, agentes sociales y científicos multidisciplinares diseñarían estrategias juntos, en espacios transdiciplinares, sumando esfuerzos y conocimientos para hacer aproximaciones respetuosas de acuerdo a los servicios ecosistémicos (biodiversidad, agua, alimentos) de cada territorio, eligiendo el portafolio más adecuado de opciones, facilitando herramientas a las administraciones y al sector privado. Sin trasladar soluciones estándar. “Por desgracia estos mecanismos de gran alcance para afinar soluciones en cada territorio, no están lo suficientemente desarrollados, ni financiados”, advierte Sanz

Encontrar un equilibrio entre mitigación y adaptación requiere un gran esfuerzo, trabajo colectivo y transdisciplinar. En reforestación se pueden diseñar estrategias de mitigación que resultan muy ambiciosas respecto a las toneladas de carbono capturadas, pero que son más vulnerables al clima —por ejemplo, cuando se introduce una única especie de crecimiento muy rápido no autóctona, o sistemas muy simplificados que afecten al suelo, más sensibles a plagas–; pero en cambio una estrategia de adaptación — potenciar la biodiversidad local— ofrecería a los ecosistemas más resiliencia y plasticidad para adaptarse, y garantizaría resultados a medio o largo plazo.

Tampoco es sencillo alcanzar un equilibrio en cada sector. “La agricultura puede beneficiarse de las sinergias entre adaptación y mitigación dentro de unas condiciones propicias. Es cierto que debe incrementarse mucho más el esfuerzo en mitigación del sector agrícola. Sin duda muchos intereses económicos lo ralentizan”, reconoce Enrique Yeves, exdirector de FAO España y Director del Instituto de Estudios de Naciones Unidas.

Garantizar alimentos a la creciente población mundial supone combinar ambas estrategias. Las emisiones de gases de efecto invernadero de los sectores agrícola y forestal suponen más del 30% de las anuales. Pero las tierras de pasto y cultivo bien manejadas secuestran cantidades significativas de carbono. Si los agricultores, silvicultores o pastores (que directa e indirectamente manejan el 40% de la biomasa terrestre) diversifican sus prácticas con sistemas de gestión más sostenible —que aúnen adaptación y mitigación—, mejorarían la seguridad alimentaria local y global. Pero de poco sirve si no se frena la deforestación derivada del cambio del uso de la tierra del sector, un 11% del total de las emisiones según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). De seguir deforestando las selvas tropicales, el colapso climático podría iniciarse en 2040, según el estudio The Projected Timing Of Abrupt Ecological Disruption From Climate Change, publicado recientemente en la revista Nature. Solo en la Amazonia brasileña se devastaron 8.500 kilómetros cuadrados de selva (1.100 campos de fútbol) en el año 2020.

La doctora Concha Domingo Carrasco, del Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias, desarrolla variedades de arroz con tolerancia media a la salinidad, cultivables en terrenos con alguna intrusión marina y tratados con agua de calidad. Un alivio para el sector arrocero amenazado por el clima. Domingo Carrasco celebra que actualmente se realicen investigaciones en ambas líneas de trabajo, pero considera que son una pequeña parte de las medidas que deberían adoptarse para frenar el cambio climático globalmente.

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Los litigios por asuntos del clima en el mundo pasaron de 884 a 1.550 entre 2017 y el año pasado, según el PNUMA y el Centro Sabin de la Universidad de Columbia. Se diversificó el perfil de los demandantes (ONG, partidos, migrantes, pueblos indígenas…) y la casuística: contaminación, daños climáticos, violaciones de derechos climáticos vinculados a derechos fundamentales; acusaciones de greenwashing (“lavados verdes” de imagen para parecer más sostenibles) a corporaciones, o denuncias contra Gobiernos por no adoptar medidas de mitigación y adaptación.

Martina Di Paula, coportavoz de Juventud por el Clima, a sus 19 años, reflexiona: “Debemos aspirar a políticas ambiciosas que aseguren la sostenibilidad del planeta. Las crisis transversales son cíclicas en nuestro sistema socioeconómico y no afectan a todos igual. Las soluciones deben tenerlo en cuenta, con más diversidad de voces y de enfoques”.

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