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El Gran Confinamiento

Las reformas impuestas desde fuera, si no las asume y lidera el Gobierno, no funcionan

La plaza de Uncibay en Málaga, vacía en medio del confinamiento parcial, el 3 de febrero de 2021.
La plaza de Uncibay en Málaga, vacía en medio del confinamiento parcial, el 3 de febrero de 2021.Jesus Merida / SOPA Images/LightRocket via Gett

Cuando exista distancia temporal probablemente se denominará a la brutal crisis económica paralela a la covid-19 como Gran Confinamiento, puesto que una de sus características más notables ha sido desde su inicio las limitaciones de los libres movimientos de las personas. Así, tras la Gran Depresión y la Gran Recesión, en los libros de historia económica quizá se estudie el Gran Confinamiento. Esta crisis es diferente de muchas otras.

En medio de la Gran Recesión (2007-2014) apareció un libro de referencia de los economistas Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff (Esta vez es distinto: ocho siglos de necedad financiera, Fondo de Cultura Económica) que mantenía que sin importar cuán distinta puede parecer una crisis de otra, históricamente es demostrable que cualquier debacle económica siempre será ocasionada por la excesiva acumulación de deuda, en un momento de aparente crecimiento de la actividad económica. Así, cada crisis coincide con el estallido de una burbuja, y los patrones que irremediablemente conducen a las primeras se reproducen una y otra vez, bajo la creencia de que la situación está controlada, de que se ha aprendido de los errores del pasado, o de que “esta vez es distinto” porque ahora somos más inteligentes y estamos mejor preparados. Ya hemos estado aquí antes, sin importar cuán diferente puede parecer el último furor económico en forma de crisis.

Y sin embargo, en esta ocasión, de verdad “esta vez es distinto”. El Gran Confinamiento no ha surgido por factores endógenos de la economía, sino que su origen se remonta a un elemento relacionado con la salud del planeta en forma de coronavirus. Al menos en su principio, las actuales dificultades no han sido provocadas por el estallido de alguna burbuja industrial, financiera o inmobiliaria, sino que las debilidades se han concentrado en el sector de los servicios. No sucede como en otras crisis mayores del sistema en las que, históricamente, las similitudes con las experiencias pasadas eran muy grandes. Quizá al periodo al que más se semeje el actual es al final de la Primera Guerra Mundial, cuyas dramáticas consecuencias se juntaron con la llamada “gripe española”, que duró desde 1918 a 1920, y que mató a decenas de millones de personas, debilitando la población activa mundial. El Gran Confinamiento se diferencia de ella, entre otros aspectos, en que hoy apenas ha sufrido la población activa porque la pandemia se ha cebado hasta ahora en las personas más ancianas, que ya no producen sino que pertenecen a las cohortes de los jubilados.

El periodo de confinamiento más duro y las continuas desescaladas en forma de reducción de los movimientos de los ciudadanos han sido una especie de coma inducido, en el que se seda muy profundamente al paciente para darle la oportunidad de recuperarse al consumir menos energía. En términos económicos y en nuestro contexto geográfico las ayudas más relevantes van a llegar en forma de fondos europeos, en un programa (Next Generation EU) que significa el esfuerzo más grande protagonizado por la Unión Europea en toda su historia, por valor de más de 700.000 millones de euros, de los cuales corresponderán a España unos 140.000.

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A cambio de esos fondos (cada país ha de demostrar su capacidad para gestionarlos e invertirlos de modo que supongan progreso a largo plazo), la UE exige que se hagan las célebres reformas estructurales. En el caso español las dos primeras conciernen al mercado de trabajo y a las pensiones. Hay una economía política de las reformas que permite intuir que será difícil ponerlas en marcha: porque las reformas impuestas desde fuera, si no son asumidas y lideradas por los Gobiernos, no suelen funcionar y, en estos momentos, el Ejecutivo en pleno no parece convencido de su utilidad; por la extrema polarización ideológica de la sociedad; y porque el margen fiscal para aplicarlas no es muy grande y necesitaría otra reforma imprescindible: la fiscal.

Esta situación recuerda a lo que se dice del caballo: que puedes llevarlo al abrevadero, pero no le puedes obligar a beber.


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