A Europa le salen competidores en la economía verde

El viejo continente lleva ventaja respecto a otras potencias en materia de regulación e incentivos para la transición ecológica

Parque eólico en Renania del Norte-Westfalia (Alemania) este pasado mes de noviembre.
Parque eólico en Renania del Norte-Westfalia (Alemania) este pasado mes de noviembre.Federico Gambarini/picture alliance/Getty Images (dpa/picture alliance via Getty I)

El Pacto Verde de la Unión Europea, la repentina fe medioambiental de China y los reverdecidos laureles de la Casa Blanca tras la llegada de Joe Biden convertirán la lucha contra el cambio climático en el eje central de la política interior y exterior de las tres principales potencias económicas del planeta durante los próximos años. El mundo entra en 2021 en una década crucial que marcará su ambición en la reducción de emisiones, con 2030 como meta intermedia, y determinará si es posible alcanzar la neutralidad climática de las principales economías entre 2050 y 2060.

La UE llega en buena posición a la transformación industrial, tecnológica y social que requerirá o desencadenará la revolución medioambiental en marcha. Los indicadores muestran que Europa ha cubierto ya parte del recorrido. Las emisiones de gas con efecto invernadero se han reducido un 24% entre los años 1990 y 2019, y los 27 socios de la Unión se han comprometido a redoblar los esfuerzos y llegar al 55% dentro de una década. Las energías renovables ya cubrían el año pasado el 19,4% del consumo energético europeo, muy cerca del objetivo de 20% marcado para este año.

En los últimos años, además, la necesidad de renovar los sistemas de producción y los modelos de consumo ya no provoca grandes divisiones en el seno del Consejo Europeo, donde se sientan los 27 gobiernos. Nadie cuestiona el cambio —ni siquiera aquellos países más dependientes del carbón—, según reconocen fuentes diplomáticas, y los debates, en ocasiones largos y tortuosos, se centran más bien en el ritmo de las reformas y en su financiación.

El arranque temprano en la carrera medioambiental y su creciente consenso en materia energética e industrial brindan a Europa la oportunidad de reclamar una posición de liderazgo a nivel mundial y de apuntar el camino que otros actores globales, como Estados Unidos o China, deberán probablemente seguir desde el punto de vista regulatorio o de incentivos económicos para la transición ecológica.

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Bruselas ya ha ejercido en gran parte ese papel de referencia mundial al lograr mantener en pie, con la ayuda de Pekín, el Acuerdo de París sobre el clima de 2015, amenazado de muerte tras la retirada de Donald Trump. La Unión Europea se mantuvo imperturbable ante la espantada de Washington y reafirmó su compromiso con los objetivos de descarbonización pactados en la capital francesa. China siguió la estela de la UE. Ambas potencias han sido los principales artífices de que Joe Biden haya podido prometer el regreso, el año que viene, a un acuerdo que ha sobrevivido al vendaval de Trump.

El vicepresidente primero de Comisión Europea y máximo responsable del Pacto Verde, Frans Timmermans, celebra que la UE ya no sea el abanderado internacional casi en solitario de la lucha contra el cambio climático. “Si alguien puede ganarnos, pues estupendo, aunque no veo que vaya a ocurrir”, señalaba Timmermans en una reciente entrevista con EL PAÍS en relación a los objetivos ambiciosos que se están marcando Reino Unido, China y, previsiblemente en los próximos meses, EE UU.

Europa no tiene motivos para confiarse. Por muy verde que sea, la revolución en marcha es industrial y determinará, con toda probabilidad, la clasificación mundial de potencias económicas de mediados del siglo XXI. La UE ha mostrado en los últimos años cierta facilidad para perder terreno en áreas donde marchaba en cabeza —como la telefonía móvil— o para dejar pasar el tren —como en el caso del Internet 2.0 y la gigantesca y lucrativa explotación de datos digitales—. La UE tendrá que lidiar con la competencia internacional, sea de EE UU, China o cualquier otra nación. El gigante asiático ya es líder en varias tecnologías y sus empresas producen más del 70% de las placas solares, el 69% de las baterías de litio o el 45% de las turbinas eólicas. En las próximas décadas, por tanto, no bastará con fijarse ambiciosos objetivos. También será crucial mantener la competitividad en los nuevos filones económicos que sacará a la luz la revolución verde.

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