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Michael J. Sandel: “Los triunfadores tienden a creer que su éxito es obra suya”

El profesor de Harvard, toda una estrella del pensamiento, dirige su nuevo libro a los popes progresistas. Les acusa de abrazar la meritocracia, que llevó a un legítimo resentimiento de las clases trabajadoras

El filósofo y profesor de Hardvard Michael Sandel en el parque Larz Anderson de Brookline (Massachusetts), el pasado 6 de septiembre.
El filósofo y profesor de Hardvard Michael Sandel en el parque Larz Anderson de Brookline (Massachusetts), el pasado 6 de septiembre.adam glanzman

Caen chuzos de punta en Boston, y el filósofo ya había advertido de que la lluvia obligaría a reubicar la entrevista que iba a celebrarse en el jardín de su casa, evitando los espacios cerrados por precaución hacia el coronavirus. Ocupada la mañana del profesor por las clases virtuales, el peso de la búsqueda de un lugar alternativo, exterior pero cubierto, recae sobre el periodista, al que no se le ocurre nada mejor que convocar a Michael J. Sandel (Mineápolis, 1953) en la desangelada bancada de hormigón bajo la rotunda rampa que ideó Le Corbusier para el único edifico que diseñó en Norteamérica, y que ocupa el Centro Carpenter para Artes Visuales de la Universidad de Harvard. A Sandel, famoso por su estilo socrático de poner a prueba las ideas preconcebidas de sus audiencias, que oscilan entre las exclusivas aulas de esta universidad y los millones de espectadores que ven sus clases magistrales sobre justicia en YouTube, la elección le parece “una buena idea”. “Es evocador, de una manera inquietante”, opina.

Más inquietante que evocadora resultará la lectura de su nuevo libro para los popes de la política progresista de las últimas décadas, a los que Sandel acusa de abrazar, como respuesta a los desafíos de la globalización, una cultura del mérito que llevó a un legítimo resentimiento en las clases trabajadoras, de desastrosas consecuencias que se han puesto de manifiesto, incluso, en la gestión de esta pandemia. En La tiranía del mérito (Debate), el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales de 2018 defiende que las crecientes desigualdades y el atasco de la movilidad social convirtieron en una trampa el mantra de que todo el mundo puede triunfar si lo intenta. La cultura de la meritocracia, sostiene el profesor, generó una arrogancia entre los ganadores e impuso un severo juicio a los que quedaron atrás, cuya frustración y resentimiento alimentó la ola global de protesta populista que llevó a Trump al poder. Sandel propone un replanteamiento de los conceptos de éxito y de fracaso, un ejercicio de humildad que pasa por “pinchar las burbujas” de una sociedad polarizada para crear “una experiencia democrática compartida”.

El profesor, cuya popularidad global le ha convertido en una especie de estrella del rock del pensamiento, comparece con una mascarilla de motivos orientales y despliega una amabilidad y una cercanía que ablanda hasta el hormigón de Le Corbusier.

Pregunta. Defiende que no estábamos moralmente preparados para la pandemia. ¿Por qué?

Respuesta. Porque llegó en un momento de una división y polarización casi sin precedentes. Llegó tras cuatro décadas de globalización neoliberal, guiada por el mercado, que trajo enormes desigualdades y, también, actitudes hacia el éxito y el fracaso que crearon una profunda división entre ganadores y perdedores. Una pandemia subraya nuestra dependencia mutua y requiere un alto nivel de solidaridad social. Pero esas profundas divisiones nos hicieron incapaces de desplegar el tipo de solidaridad que hubiera sido requerido para enfrentarse de manera eficaz a la pandemia. Al principio se repetía la coletilla de “estamos juntos en esto”. Pero no era así. A medida que avanzaba el virus, se hizo más y más claro que aquellos que soportaban las cargas más pesadas y realizaban los mayores sacrificios, y que sufrían más pérdidas de vidas, eran aquellos que habían sido dejados atrás en la prosperidad de las últimas cuatro décadas.

P. Los ganadores de la globalización ya habían puesto en práctica su propia distancia social…

R. Así es. Esa distancia social anterior a la pandemia consistía en la tendencia de los ganadores de la globalización a separarse de la vida en común, de los servicios públicos, de los espacios comunes de la ciudadanía democrática. Había cada vez menos experiencia de mezcla de clases en el curso ordinario de la vida, sea la escuela, el transporte público, las instituciones culturales, los centros de ocio.

P. Ese modelo de globalización neoliberal, asegura, es el que alimenta el resentimiento contra las élites que está en la base del trumpismo y de otros fenómenos populistas recientes. Pero, para comprenderlos mejor, es más importante aún el hecho de que las élites han dado la espalda a quienes se han quedado atrás. ¿En qué sentido?

R. El cambio de actitudes es tan importante como la desigualdad de riqueza en sí misma. Aquellos que aterrizaron arriba tienden a creer que su éxito es obra suya. Que merecen, por tanto, los beneficios materiales que la sociedad de mercado reparte entre aquellos que tienen éxito. Y, en consecuencia, que quienes quedaron atrás merecen igualmente su suerte. Ese sentido del menosprecio por parte de las élites generó, comprensiblemente, indignación y resentimiento entre la gente trabajadora. Esas quejas eran legítimas, a pesar de que los políticos que apelaban a ellas jugaban con los peores impulsos. Impulsos tan feos como la xenofobia, el hipernacionalismo y, en el caso de Trump, el racismo. Esa fealdad del reclamo de Trump y otros puede impedirnos reconocer que las quejas a las que apelan sí son legítimas.

Las élites meritocráticas de hoy sufren de una falta de humildad. Hay que desafiar esa arrogancia

P. ¿Los partidos tradicionales, particularmente en el centro izquierda, fueron incapaces de conectar con esa ansiedad legítima?

R. Se les escapó ese descontento, esa dimensión cultural de la indignación. Fueron sordos al enfado y al resentimiento crecientes de la gente trabajadora. Pensaron que el único problema con la globalización era la deficiente redistribución de las recompensas de los ganadores a los perdedores. Pero no era solo un problema de justicia y redistribución: era también un problema de reconocimiento y estima social.

P. La meritocracia arrastraba un insulto implícito…

R. Parecía una idea inspiradora: en una sociedad global, aquellos que tienen éxito son los que logran un grado universitario y se equipan para competir y ganar en la economía global. Pero el énfasis constante en el ascenso individual a través de la educación superior tenía un insulto implícito: si no has logrado un grado universitario y si no has prosperado en la nueva economía, tu fracaso es tu culpa. No hay nadie a quien culpar salvo a ti mismo. Los partidos de centro izquierda, claro, no lo plantearon en estos términos. Pero ese era el mensaje que enviaba su decidido énfasis en la movilidad individual a través de la educación superior. Ese enfoque olvida el hecho de que, en Estados Unidos, cerca de dos tercios de los adultos no tienen una licenciatura. A los partidos de centro izquierda se les escapó ese insulto implícito, y están pagando el precio por ello.

P. ¿Ese desdén hacia los menos educados es el último prejuicio aceptable?

R. No creo que sea justificable que digan que son más víctimas de discriminación que los afroamericanos, por ejemplo, que siguen luchando contra un legado de racismo y segregación. Pero sí hay un sentimiento entre los varones blancos de clases trabajadoras de que ya no son respetados por la sociedad.

P. “Los deplorables”, en palabras de Hillary Clinton…

R. Exacto. Decir eso fue un profundo error. Es importante para los progresistas distinguir entre Trump, que es ciertamente deplorable, y muchas de las personas que votan por él, que expresan resentimientos que tienen una base legítima. Muchos de ellos votaron dos veces por Obama antes de votar por Trump, porque al principio parecía que Obama estaba ofreciendo una alternativa a la política habitual.

P. ¿Por dónde empezar a repensar el significado del éxito?

R. En un ámbito cultural. De actitudes, no de políticas. Los exitosos deben preguntarse si es verdad que su éxito es atribuible enteramente a ellos, o si eso olvida hasta qué punto están en deuda con su comunidad, sus profesores, su país, las circunstancias de su vida y, en suma, la suerte que los ha ayudado en su camino. Apreciar el valor de la suerte en la vida puede dar pie a una necesaria humildad. Parte del problema es que las élites meritocráticas de hoy sufren una falta de humildad. Es lo que llamo la arrogancia meritocrática, y desafiarla es un primer paso importante.

P. ¿Pero cómo hacerlo?

R. Debemos reconstruir los espacios comunes de la ciudadanía democrática compartida. Reconstruir la infraestructura cívica del modo de vida democrático, donde personas de clases y condiciones de vida diferentes se encuentran. Debemos renovar y revigorizar la sociedad civil. Hay que pinchar las burbujas para crear una experiencia democrática compartida.

El “puedes lograrlo si lo intentas”, que Obama usó, puede parecer inspirador, pero tiene un lado oscuro

P. ¿El reconocimiento a ciertos trabajadores esenciales durante la pandemia puede ser un paso en el proceso de renovación de la dignidad del trabajo?

R. Creo que puede serlo. Nos damos cuenta ahora, especialmente aquellos que nos hemos podido quedar en casa trabajando, de cuánto dependemos del trabajo de aquellos que asumen riesgos de los que nosotros estamos protegidos. Repartidores, cuidadores, empleados de supermercados, limpieza, hospitales. Puede ser el momento de repensar el valor social de la contribución de quienes realizan trabajos que no disfrutan ahora del mayor prestigio.

P. La meritocracia es vista como una virtud, pero cuando el sociólogo británico Michael Young formuló el término por primera vez hace medio siglo lo hizo en clave distópica. ¿Cómo ha sido esa evolución del concepto?

R. Es muy interesante. Cuando Young acuñó el término en 1958, no pretendía que describiera un ideal. Desde el principio reconoció el lado oscuro. Fueron los políticos los que abrazaron después el término como un ideal. Desde Reagan, demócratas y republicanos usaron esto que llamo la retórica del ascenso. Tony Blair se refirió expresamente a la meritocracia como el ideal que quería para el Reino Unido. Incluso Obama usó la frase “puedes lograrlo si lo intentas” una y otra vez. Eso parece inspirador, animar a la gente a prosperar. Pero ignora el lado oscuro. Mi objetivo es llamar la atención, sobre todo a los partidos progresistas, sobre cómo se les ha escapado esto y cómo deben comprenderlo si van a ofrecer una alternativa al populismo que ha explotado estos resentimientos.

P. Ya antes de Trump, el Partido Demócrata tenía más que ver con las élites educadas que con las clases trabajadoras…

R. Es fascinante ese cambio en la base electoral. Los partidos socialdemócratas eran partidos apoyados por y dedicados a las personas trabajadoras y de clase media. Tradicionalmente, aquellos más ricos y con más educación tendían a votar republicano y los obreros votaban demócrata. En los años setenta y ochenta empieza a cambiar y, ya en los noventa, Bill Clinton y Tony Blair abrazan la versión neoliberal de la globalización, la desregulación de las finanzas, y no se preocupan por las desigualdades que empiezan a profundizarse. Gradualmente sintonizan más con los valores de las élites profesionales, tecnocráticas y bien educadas, y pierden el apoyo de la clase obrera. Ahora, aquellos con título universitario votan demócrata, y aquellos sin título votan a Trump. La educación se ha convertido en la mayor división en la política estadounidense.

P. Señala que Obama, tras el impacto de la crisis financiera, se preocupó más por silenciar la furia contra Wall Street que por articularla.

R. Había traído a los mismos consejeros económicos que con Clinton contribuyeron a desregular la industria financiera. No planteó las preguntas básicas. Fue una respuesta amistosa con Wall Street por parte de una Administración demócrata. Y eso dejó a mucha gente desilusionada, a derecha e izquierda. A la derecha dio lugar al Tea Party; a la izquierda, a Occupy y, eventualmente, al fenómeno de Bernie Sanders. Eso fue un error que puso una sombra sobre el resto de la presidencia de Obama, y allanó el camino para Trump.

P. Hoy la propuesta demócrata es básicamente subrayar las diferencias con Trump…

R. Sí. Por el momento la visión alternativa es: “No somos Trump”. Claro que, dada la crisis a la que nos enfrentamos, eso es atractivo en sí mismo. Es un sentimiento de alivio, pero no es suficiente para mantener una renovación a más largo plazo de la política progresista. Aunque Biden gane las elecciones, estos problemas fundamentales no van a desaparecer.

Black Lives Matter se ha convertido en la principal fuente de energía civil e idealismo de este tiempo

P. En su discurso de aceptación de la nominación demócrata, Biden habló un poco de meritocracia: “A todo el mundo se le debería dar la oportunidad de llegar tan lejos como sus sueños y sus capacidades dadas por Dios los lleven”.

R. Lo hizo, sí. Usó ese lenguaje tradicional, y necesitaría avanzar más allá de eso si quiere superar la incapacidad de los demócratas de hablar efectivamente a aquellos abandonados por la globalización.

P. Esa idea de movilidad social, la capacidad de ascender hasta donde tu talento te lo permita, parece inherente a la identidad americana. Pero asegura usted que en realidad no es tan vieja…

R. Así es. Pensamos que es algo que define el sueño americano, pero esta retórica de ascender solo es prominente en los años ochenta y noventa. La versión anterior hablaba de una amplia igualdad de condiciones, de ciudadanos que se juntaban en espacios públicos y practicaban el respeto mutuo. Ese es el sueño americano más generoso, y ha sido estrechado en las últimas cuatro décadas a la movilidad ascendente individual.

P. ¿Cómo vive la reciente conversación de su país con su sustrato racista?

R. Con gran esperanza. Black Lives Matter se ha convertido en la principal fuerza de energía civil e idealismo de nuestro tiempo.

P. ¿Puede ser una forma de tejer esas conexiones que reivindica?

R. Sí, podría ser una forma de construir conexiones a través de generaciones y de clases. Podría empezar a sanar nuestra vida civil. Es el movimiento cívico más esperanzador que hemos visto en mucho tiempo. Es el rayo de esperanza dentro de lo que, por lo demás, es una situación oscura e incierta.

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