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En el mundo poscoronavirus tocará repartir los cuidados

La idea de que solo es productivo lo que se vende y genera ganancias resulta deformante y dañina, e influye negativamente en la toma de las decisiones políticas

Una empleada conversa con una mujer mayor en la residencia de ancianos Santa María de Montecarmelo, en Madrid.
Una empleada conversa con una mujer mayor en la residencia de ancianos Santa María de Montecarmelo, en Madrid.Andrea Comas

La pandemia ha puesto de relieve que en la sociedad del bienestar hay muchos puntos débiles. Los medios de comunicación y el lenguaje de la calle han recurrido insistentemente a una palabra clave: el cuidado. Tan intuitivo y polivalente, no es fácil definirlo. Cuidar es evitar que al otro le suceda algo malo, pero también incluye cuidarse a sí mismo. A menudo requiere contacto físico, pero a veces se ejerce a distancia con una llamada o un mensaje. Hay cuidadores profesionales que se entrenan para cuidar y cobran por ello, pero en el conjunto de los que cuidan son minoría. La mayoría lo hacen gratis, sin contrapartida monetaria directa. También hay quien cuida a gente desconocida como voluntario.

En el mundo poscoronavirus, el cuidado puede emerger como un sector productivo diferenciado o permanecer difuso, casi invisible, repartido a trozos entre los hogares, la sanidad, la enseñanza, el ocio y los llamados servicios personales.

Mientras entre los economistas prevalezca la idea de que solo es productivo lo que se vende y genera ganancias, el cuidado tendrá dificultades para integrarse en una visión global de la economía. Esta perspectiva, heredera del pensamiento de Adam Smith, sigue siendo dominante en el mundo occidental, y lastra el intento de comprender de un modo más profundo la relación entre los recursos disponibles y las necesidades que requieren satisfacción. Por eso resulta deformante y dañina, extendiendo su mala influencia a la toma de decisiones políticas.

La amenaza del coronavirus ha disparado las necesidades de cuidado. Quienes pueden valerse por sí mismos dedican ahora más tiempo a cuidarse de lo que antes hacían, consumiendo un recurso que ya no está disponible para otras actividades; menos tiempo para el empleo, la formación o el ocio.

Aunque protagonicen la imagen, no solo necesitan cuidado los enfermos, los niños o los ancianos frágiles. Efectivamente, ellos son los grandes consumidores intensivos de cuidado, pero en términos de volumen la mayoría de cuidado lo consume la población de edad intermedia, entre los 15 y los 65 años. Los sanos y fuertes liberan su tiempo disponible cuando cuentan con la garantía de que su hogar estará limpio, la alimentación equilibrada y las relaciones familiares mantenidas. Alguien se ocupará de ello, pero no alguien abstracto, sino un nombre concreto, generalmente alguien con nombre de mujer.

La división tradicional de papeles choca con los valores de la modernidad. Como dato puntual, la proporción de hogares unipersonales en España es ya del 25%, y en algunas comunidades como Asturias ha alcanzado el 30%. Durante la mayor parte del día, los hogares de los activos están vacíos, y ambos factores —unipersonalidad y vacío— siguen una tendencia creciente. ¿Qué modelo de cuidados emergerá para hacerse cargo de la atención de quienes no son autónomos y viven solos o no acompañados?

La pandemia ha matado en España decenas de miles de personas, más de 40.000 según algunas fuentes. La mayoría eran ancianos, muchos vivían en residencias. De cara al futuro, hay que inventar un nuevo modo de resolver el cuidado de los mayores, porque no puede contarse con unas familias ni unas mujeres a la antigua usanza, que ya no existen.

De poco sirve poner el grito en el cielo porque en las residencias faltó cuidado: hay que aceptar que el cuidado es una tarea costosa. Un dependiente grave necesita atención 24 horas todos los días del año, aunque sean festivos. Si estuviera en su hogar, equivaldría a cuatro turnos de empleados. Con una pensión media de poco más de 1.000 euros, los varones, y un tercio más baja, las mujeres -las afortunadas que tienen pensión propia-, poco cuidado podrán comprar aunque lo necesiten. Si no lo pueden pagar y se rechaza por inaceptable la idea de abandonarlos a su suerte, las alternativas son escasas. O trasladamos la presión y el coste a quienes por razones afectivas y morales no pueden rehuirlo. O lo trasladamos al Estado, que a la postre somos todos los contribuyentes. O, como es frecuente -y miramos a otro lado para no verlo – pactamos con asalariados precarios los turnos inacabables y las ratios exiguas de cuidador por interno, a sabiendas de que no resistirán el envite de una crecida súbita de la demanda de cuidados.

Paradójicamente, el cuidado es un tema conflictivo en el Estado de bienestar, porque requiere una redistribución de derechos y obligaciones. Es un malestar latente y profundo que la pandemia solo ha agudizado y seguirá reclamando soluciones cuando el coronavirus haya sido vencido.

María Ángeles Durán es catedrática de Sociología e investigadora especializada en el análisis del trabajo no remunerado.


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