La vida en remoto

El primer redescubrimiento puede ser el de la solitud, la capacidad de recogernos sobre nosotros mismos

Una mujer teletrabaja junto a su hija a causa de la cuarentena impuesta por el coronavirus en París, el pasado 16 de marzo.
Una mujer teletrabaja junto a su hija a causa de la cuarentena impuesta por el coronavirus en París, el pasado 16 de marzo.Chesnot/Getty Images / Getty Images

La defensa cerrada contra el coronavirus nos ha cambiado ya, aunque sea temporalmente, la manera de vivir y, para muchos, de trabajar. Estamos aprendiendo a hacerlo en remoto, que no es lo mismo que en virtual, sino muy real. Cuando la alerta por epidemia de SARS en 2002-2003, por citar una referencia, no había móviles inteligentes —sí más sencillos, con SMS—, ni WhatsApp, Houseparty o Zoom, ni plataformas en streaming como Netflix. Sí Internet, mas no fibra óptica. Y videojuegos y consolas, lejos de los actuales. Amazon existía, limitado. Hoy, pese al desastre humano, económico y social que está generando esta lucha desde el distanciamiento social, la vida en remoto no es sólo más posible, sino más llevadera que hace tan solo tres lustros. Es la gran hora de la tecnología. Quizás nos ayude a redescubrirnos.

El primer redescubrimiento puede ser el de la solitud, la capacidad de recogernos sobre nosotros mismos, una de las grandes virtudes humanas que propugnaba Blaise Pascal. Pero, claro, no todo el mundo en confinamiento tiene acceso a esta posibilidad cuando está rodeado de niños o ancianos en un apartamento pequeño, sin la posibilidad de “un cuarto para uno mismo”, como reclamaba Virginia Woolf para la mujer. Pascal decía, figurativamente, que debemos reservar una trastienda (arrière-boutique) para nosotros mismos. La vida en remoto requiere también rutina y disciplina, y en la medida de lo posible, organizarse los horarios. No conviene abandonarse en el arreglo personal, quedarse en pijama o en chándal. También el confinamiento requiere de cierta coquetería.

El segundo redescubrimiento puede ser el de la reconexión. Los profesores en remoto parecen ahora más queridos por sus alumnos, de todas las edades, pero especialmente por los más maduros. Se están percatando de que nada reemplaza a una clase presencial con un buen profesor. Aunque Salman Khan, fundador de la Khan Academy, viene diciendo desde hace tiempo que habría que dejar lo presencial para hacer deberes y ejercicios en común y dar las lecciones online, es decir, lo contrario del planteamiento habitual. En todo caso, la crisis está impulsando a la fuerza la digitalización de la vida y un nuevo tipo de socialización.

No todo, sin embargo, puede ser online. El deporte de alta competición no ha sido posible en remoto. Necesita de público, incluso para los que lo ven por televisión.

Es también momento de emociones, de salir, no de la solitud, sino de la soledad en la que se encuentran muchas personas. Desde el distanciamiento, la gente quiere hablar y verse. ¡Y, sí, los teléfonos vuelven a servir para hablar y, ahora, para verse!, más aún cuando hay un cierto cansancio con los chats escritos que no paran. Ahí están los servicios de videochat a menudo en grupos o de videoconferencias (Skype no empezó en pruebas hasta el verano de 2003). Esto ha permitido acercar a gente —padres, hijos, nietos, hermanos y amigos— separada por el confinamiento. Una socialización mucho más online que refuerza lo que Mark Zucker­berg, de Facebook, llama “el quinto Estado”, formado por este tipo de empresas y sus usuarios. Sin embargo, lo que en la vida en remoto está ocurriendo no parece estar generando una nueva identidad digital, sino que refuerza, o se añora, la analógica, o, mejor dicho, la biológica.

Quizás ahora muchas empresas descubran —como ya lo venían impulsando— que no requieren tanto trabajo presencial y que se podrán ahorrar espacio de oficinas. Es importante la capacidad de concentración ante el exceso de interrupciones y el trabajo distribuido, es decir, en remoto, en equipo. En todo caso, queda claro que una buena conexión en el hogar es ya parte del panorama de nuestros tiempos, no sólo de ocio, sino educativo y laboral. La brecha social de conectividad cobra por ello aún mayor importancia.

Habrá aspectos que permanecerán más allá de la pandemia. Y con el tiempo se dará una recuperación de la confianza y del optimismo. ¿Llevará la superación del virus y de la recesión a unos nuevos “locos años veinte”? De momento, seguiremos en remoto, a la espera de poder volver a ser ese país de gentes que les gusta tocarse, abrazarse, besarse.

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