No te vayas, Donald

El último apoyo de Trump es un rapero exconvicto que odia los impuestos y a las mujeres

Una de las últimas y más peculiares apariciones en la campaña de Donald Trump fue Lil Pump, quien le iba a garantizar al ya casi expresidente el voto joven en Florida. Hoy, cuando ya casi nadie cree que las elecciones fueran un fraude, él sigue sosteniendo que Trump ganó. Llegó el último y se va a ir el último

Lil Pump, apoyando otra marca.
Lil Pump, apoyando otra marca.Timothy Norris / Getty

A Donald Trump, según ha dicho en alguna ocasión Steve Bannon, un hombre que presume de conocerle bien, le han perdido las malas compañías. Después de todo, el ya casi expresidente de los Estados Unidos creció en el Queens de finales de los años cincuenta, un ecosistema humano en el que tus padres no podían exigirte que no te relacionases con gente poco recomendable, porque eso te condenaba a la exclusión social: en el barrio no había gente de otro tipo. Tal vez eso explique que la última celebridad en subirse a un estrado para hacer campaña por Trump fuese una mala compañía tan notoria como Lil Pump, rapero procaz, violento y con antecedentes penales. Un perla. Una flor tóxica y rara en el jardín de la América que quiso volver a ser grande.

El líder republicano cerró su campaña electoral a primera hora de la madrugada del pasado 3 de noviembre con una reunión multitudinaria en Grand Rapids, Míchigan. Su invitado estrella fue Pump, cuyo nombre civil es Gazzy García, célebre sobre todo por su rotundo y pegadizo tema Gucci Gang, hijo de padres colombianos y nacido en Miami hace 20 años. Como el mitin iba a celebrarse en la región de los Grandes Lagos, los asesores de campaña del magnate neoyorquino debieron pensar que necesitaban a una estrella invitada procedente del que parecía el otro gran escenario electoral en disputa, el estado de Florida. Alguien, a poder ser, joven, carismático, relacionado con el mundo del espectáculo y preferentemente latino.

El único que se puso a tiro, cumplía todos los requisitos y simpatizaba, además, con Trump, de manera explícita (aunque tal vez un tanto epidérmica) resultó ser Pump. En la noche de autos, el joven francotirador del trap virulento y mestizo pronunció el que tal vez sea uno de los discursos electorales más breves y menos sustanciosos de la historia de la política estadounidense. Apenas 15 segundos para reafirmarse en su opinión, ya expresada horas antes en las redes, de que Trump era un gran hombre capaz de hacer grandes cosas por Estados Unidos, un candidato mucho mejor que Joe Biden, al que se refirió echando mano del despectivo mote Sleepy Joe (Joe el dormilón).

El que pronunció ese par de frases era un tipo menudo, de aspecto poco convencional y (al menos para los estándares de la América ultraconservadora) tirando a patibulario, con el pelo largo, ondulado y tintado de verde oxigenado, perilla redonda y vistosos tatuajes en frente y cuello. Su intervención relámpago fue acogida con una complicidad más bien tibia. La mayoría de los asistentes debieron pensar que se trataba de un tipo con muy mal aspecto, puede que un auténtico indeseable, pero uno de los suyos, a fin de cuentas.

A Pump, un hombre por lo general locuaz, aunque de cada cinco palabras que pronuncia cuatro no salen en el diccionario, le incomodó tal vez que Trump se refiriese a él ese día como Lil Pimp, algo así como El Pequeño Proxeneta. No es mal nombre, pero no es el suyo. “¿Conocéis al pequeño proxeneta?”, preguntó el mandatorio a sus seguidores, que esa noche eran legión. No lo conocían. Tampoco pareció sorprenderles en exceso que un hombre vinculado al negocio de la prostitución hubiese acudido a Grand Rapids para apoyar al presidente.

Pump, por cierto, acabaría haciendo de la necesidad virtud. Acaba de editar un nuevo single titulado, con encomiable sentido de la oportunidad, Little Pimp Big MAGA Steppin. El artefacto musical ha suscitado críticas tirando a inmisericordes. No resulta demasiado brillante en lo musical (Pump es bueno en lo suyo, pero en los últimos meses parece atravesar un cierto bache creativo que hace que sus temas se parezcan cada vez más unos a otros) y su letra es un torpe y descacharrante alegato prorrepublicano en que no faltan referencias al dormilón Biden, al movimiento Make America Great Again (MAGA), a las elecciones supuestamente robadas, al Estado Islámico y a las malas mujeres, una de las dianas habituales de la vitriólica elocuencia del rapero.

A juzgar por el poema vanguardista que acaba de obsequiarle al mundo, Pump forma parte de esa nueva América insurgente que desprecia a Biden, le considera un vulgar usurpador y cree que Trump sigue siendo (y tal vez será siempre) el verdadero presidente legítimo de los Estados Unidos. Algún tuit y alguna actualización de Instagram reciente apunta en esa misma dirección, la de un rapero politizado que apoya a Donald Trump sin fisuras, como Lil Wayne, 50 Cent, Ice Cube o incluso Kanye West, aunque este último hay que darle de comer aparte.

Donald Trump y Lil Pump en un acto en Michigan poco después de que Donald se equivoque con el nombre del rapero al presentarlo a la audiencia.
Donald Trump y Lil Pump en un acto en Michigan poco después de que Donald se equivoque con el nombre del rapero al presentarlo a la audiencia.JEFF KOWALSKY / Getty Images

Sin embargo, las cosas no siempre son tan sencillas. Según publicó hace unos días la página de investigación periodística The Smoking Gun, el ciudadano Gazzy García no votó a su ídolo. Ni a él ni a nadie. Semanas antes de las elecciones había manifestado su intención de registrarse para votar por primera vez pero el caso es que no lo hizo. Su activismo pro-Trump no llegó a semejante nivel de compromiso. Eso sí, estuvo en Grand Rapids batiéndose el cobre como un fiel soldado de la causa trumpiana e hizo campaña a través de las redes con mensajes tan contundentes como este del pasado 26 de octubre, que sintetiza, al parecer, sus profundas convicciones políticas: “J****, ahora resulta que Biden quiere subirme un 33 por ciento los impuestos. ¡Ni de coña! Que se j*** Joe el Dormilón. Votad a Trump, zorras”.

Convertir a alguien como Pump en telonero del acto electoral de un partido de derechas puede parecer una excentricidad, pero también tiene algo de estratagema visionaria. Después de todo, Miami-Dade se perfilaba antes de que abriesen las urnas como el condado decisivo del casi siempre decisivo estado de Florida. Lil Pump es de allí y, además, representa a un grupo demográfico muy concreto y que tiende al abstencionismo crónico: los menores de 21 años latinos, politoxicómanos, bohemios, miembros de una tribu urbana y con antecedentes penales. Unos cuantos miles de votos de ese perfil podían marcar la diferencia. Captarlos resultaba difícil, pero si algo ha caracterizado hasta ahora la carrera de Trump es no conformarse con los caminos trillados e intentar, precisamente, lo difícil. Trump ganó en Florida con relativa facilidad. Los latinos jóvenes le votaron en una proporción superior a la esperable. Donde perdió es en el estado de Míchigan. Incluido Grand Rapids, el lugar en que Gazzy García hizo su único discurso electoral hasta la fecha.

Vida de este rapero

Lil Pump es un individuo mercurial. Un somero repaso a los motivos por los que ha sido noticia en los últimos meses nos asoma a una personalidad fascinante en sus excesos y contradicciones, un raro espécimen representativo, tal vez, de lo muy diverso y francamente desquiciado que se nos ha vuelto el mundo a estas alturas de 2020. Tenemos su single de agitprop anarco-conservadora. Tenemos la buena nueva de que acaba de lanzar su propia criptomoneda, bautizada como PumpCoin, solo apta, de momento, para interactuar con él comprando productos con sello Pump, accediendo a remixes exclusivos de sus temas o reservando asientos en la primera línea de sus futuros conciertos. Tenemos su colaboración con el rapero dominicano Emmanuel Herrera Batista, más conocido como El Afa El Jefe, la prueba de que el de Pump, pese a lo controvertida que resulta con frecuencia su imagen pública, es un nombre de mucho peso en la constelación del trap latino.

Y tenemos también, por fin, una de esas astracanadas inverosímiles que le dan a la vida su agradecible dosis extra de salsa rosa. Pump acaba de reivindicarse como padre responsable de un bebé que resultó no ser suyo. El pasado 14 de diciembre, nuestro hombre se asomó a las redes con una foto en la que llevaba en brazos a una criatura rubísima, rolliza y embutida en pañales. Su hijo, según se deducía del breve texto que acompañaba a la imagen, una insólita aleación de agresividad, orgullo parental y ternura, todo en menos de 50 caracteres: “Ni de coña me va a impedir la mamá del crío que vea a mi hijo”. Como colofón, se adhería a uno de los hashtags del movimiento en favor de la nueva masculinidad que combate los (supuestos) excesos del feminismo: #fathersrights. Los derechos del padre.

En cuestión de horas, la prensa rosa empezó a especular sobre la identidad de la madre de ese hijo sobrevenido del que Gazzy hablaba por primera vez. El rumor más extendido era que podía tratarse de Miranda Cosgrove, actriz y cantante californiana, célebre sobre todo por su papel en la sublime Escuela de rock. Cosgrove debió ser la primera sorprendida, aunque ni siquiera tuvo tiempo para desmentir la presunta noticia. Un par de días después, Pump aclaraba que el bebé no era hijo suyo, que solo posó con él en brazos (desde la cubierta, por cierto, de su fastuoso yate fondeado en Miami) para denunciar una injusticia: los obstáculos que algunas malas madres ponen a los buenos padres que cumplen con sus obligaciones y quieren disfrutar de la compañía de sus hijos. Jesé Rodríguez estaría muy de acuerdo. Pump se solidarizaba, una vez más, con una de las múltiples causas neoconservadoras que proliferan estos días en redes sociales, demostrando que su adhesión a Trump y a todo lo que este representa, del nativismo a las reducciones de impuestos, el desprecio a la corrección política o la reivindicación tribal de la identidad masculina, es muy firme, aunque no se tomase la molestia de votarle.

Un profesional

García tiene, justo es reconocerlo, una carrera artística breve pero sólida al margen de los escarceos políticos y escándalos de baja intensidad en que se ve involucrado de vez en cuando. Su biografía permite hablar de un triunfador precoz, que ya subía sus temas a SoundCloud con apenas 13 años. Apoyado por su primo carnal, Lil Ominous, y por Omar Pineiro, más conocido como Smokepurrp, se hizo un cierto nombre en la escena rap de Miami. A los 15 años, coincidiendo con su expulsión del instituto por incitar una revuelta en las aulas, temas suyos como Elemmentary o Gang shit habían superado ya los tres millones de descargas. Números respetables que le permitieron captar la atención de grandes gurús de la música urbana como Bighead, Rick Ross o su padrino más ilustre, Kanye West.

Gucci gang, single triple platino, una canción concisa e hipnótica, es el gran éxito que le ha permitido salir de la semiclandestinidad musical y acumular suficiente dinero como para empezar a preocuparse seriamente por las subidas de impuestos. Su carrera criminal resulta también de una solidez incuestionable, aunque hablemos solo de faltas y delitos menores. Él atribuye parte de sus problemas con la autoridad a que padeció dislexia en la infancia y tardaron más de la cuenta en diagnosticársela. Eso motivó que, según ha explicado él mismo, algunos de sus educadores le tratasen “como a un completo imbécil”, despertando en el muchacho el instinto rebelde.

Lil Pump, con las gafas de contar votos en Arizona.
Lil Pump, con las gafas de contar votos en Arizona.BAUZEN / getty images

Aunque se ganó sus primeros dólares con el menudeo de drogas blandas, su primer arresto no se produjo hasta febrero de 2018, cuando ya tenía un cierto estatus en la industria musical. Fue por hacer uso de un arma de fuego en su domicilio del californiano valle de San Fernando, unas prácticas de tiro clandestinas en el ámbito doméstico que no le pasaron mucha factura, porque este primer encontronazo con la ley se produjo cuando era aún menor de edad. En agosto de ese mismo año fue detenido por conducir sin carné por las calles de Miami. Un mes más tarde ingresaba en prisión por saltarse las condiciones de la libertad vigilada que le había concedido el juez por su travesura anterior.

Por entonces, cultivaba ya una imagen de estrella díscola, de joven y talentoso forajido, que explica en cierta medida su más que notable popularidad en redes como Instagram. También en 2018, ya en diciembre, la policía danesa le impuso una multa de 700 euros por posesión de marihuana (al parecer, una cantidad más que considerable) tras un concierto en la sala Vega de Copenhague. Diez días más tarde, de nuevo en Miami, se resistió de forma sospechosa a un registro rutinario en el aeropuerto de Miami. Los oficiales que le arrestaron en esta última ocasión aseguran que exhibió un comportamiento errático, posiblemente bajo los efectos del cannabis, pero lo cierto es que no se encontraron drogas en su equipaje y no quedó en absoluto claro por qué se resistió con tanta contundencia al registro. En la foto de la ficha policial que le hicieron ese día, Pump luce relajado y radiante, como sí posar para el departamento de policía de Miami hiciese realidad alguno de sus sueños infantiles.

Pump, en fin, es el último de Filipinas de la resistencia trumpiana. Ni grandes jerarcas del partido republicano como Mitch McConnell han demostrado una fe tan inquebrantable en su líder. Cuando Biden sea investido el próximo mes de enero, él verá este relevo en la cumbre como la consumación de una injusticia. Si Biden cumple sus promesas, el bolsillo del rapero tirando a millonario va a notar la diferencia. Pero eso en absoluto garantiza que el muchacho vaya a acordarse de hacer los trámites necesarios para votar republicano en 2022 o 2024. Puede que para entonces esté ocupado intentando clonar el éxito de Gucci gang o haciendo campaña en las redes contra las malas mujeres y en defensa de la paternidad responsable.

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