Elecciones EE UU

La calma tensa de Pensilvania, el complejo estado que podría alargar el resultado de las elecciones hasta el viernes

En opinión de la mayoría de analistas las elecciones presidenciales estadounidenses de esta madrugada se decidirán aquí, en este estado de 13 millones de habitantes que conforma un microcosmos donde se mezclan las opiniones, ideales y miedos de todo un país

Una asistente a un mitin demócrata luce una máscara con el rostro de la candidata a la vicepresidencia Kamala Harris el 2 de noviembre de 2020 en Philadelphia, Pensilvania. En ese estado es donde, según muchos analistas, se decidirán estas reñidas elecciones.
Una asistente a un mitin demócrata luce una máscara con el rostro de la candidata a la vicepresidencia Kamala Harris el 2 de noviembre de 2020 en Philadelphia, Pensilvania. En ese estado es donde, según muchos analistas, se decidirán estas reñidas elecciones.Mark Makela / Getty

Lo decía hace apenas unas horas Galen Druke en el blog de análisis político FiveThirtyEigt: el mundo mira a Pensilvania y contiene el aliento. En opinión de la mayoría de analistas, las elecciones presidenciales estadounidenses de esta madrugada se decidirán aquí, en este estado de 13 millones de habitantes a caballo entre las regiones geográficas del Atlántico, Nueva Inglaterra, los Grandes Lagos y el Medio Oeste.

Pensilvania, “el estado de la virtud, la libertad y la independencia”, la “piedra angular” (Keystone) de los Estados Unidos, puede marcar la diferencia. Y puede hacerlo añadiéndole a la carrera presidencial entre Trump y Biden una dosis insospechada de incertidumbre y dramatismo. Siete de sus 67 condados han confirmado que no empezarán a contar el voto por correo, previsiblemente muy cuantioso en año de pandemia, hasta el final de la jornada electoral de esta noche, hora española. Eso supone que, si Pensilvania acaba resultando decisivo, no sabremos el nombre del próximo presidente de los Estados Unidos hasta este viernes. Y eso si no se producen impugnaciones y discrepancias que podrían alargar la pugna hasta mediados de mes, llevando las elecciones a un escenario similar al del pulso de 2000 entre George W. Bush y Al Gore, virtualmente empatados en el crucial estado de Florida hasta que los tribunales decidieron paralizar el conteo y darle la victoria a Bush.

Aunque otros escenarios resultan también plausibles (Biden lidera las encuestas, y un resultado favorable en el llamado ‘cinturón del sol’, en estados como Arizona, Georgia o Carolina del Norte, le pondría a salvo de recuentos tardío y sorpresas de última hora), el dudoso honor de convertirse en la nueva Florida podría recaer este año en Pensilvania. En un estado que supone una curiosa encrucijada geográfica entre el norte y el sur, la costa Este y el Medio Oeste. Un territorio de transición entre distintas sensibilidades políticas, con distritos rurales muy conservadores y una densa área urbana tradicionalmente progresista, que llevaba décadas votando demócrata, y cuyos 20 compromisarios fueron a parar en 2016 a la columna de Trump por un margen muy estrecho.

La mancomunidad de Pensilvania fue poblada por holandeses e ingleses en las primeras décadas del siglo XVI. Formó parte de las 13 colonias que se rebelaron contra la Corona Británica en 1775 y fue socia fundadora de los Estados Unidos, a los que se incorporó en diciembre de 1787, tras ratificar tanto la Constitución como la Declaración de Independencia, cuyos borradores se redactaron en su territorio. El estado del ciervo y el laurel, de la polca y el chocolate es también el lugar en que nacieron Grace Kelly, Sharon Stone, Will Smith, Taylor Swift o Kobe Bryant. El hogar de sectas rigoristas cristianas como los menonitas o los amish. De Rocky Balboa, de los campos de maíz, de las plantaciones de tabaco, viñedos y manzanos, de la siderurgia y las minas de antracita.

Pensilvania tiene muy serias posibilidades de decidir el ganador porque, según Drake, es uno de los estados que más se parecen a los Estados Unidos en su conjunto. Un microcosmos político de una extraordinaria complejidad condesado en un área de apenas 120.000 kilómetros cuadrados, menos de la cuarta parte de la superficie de España. Biden nació en este estado, en la ciudad industrial de Scranton, a orillas del río Lackawanna, pero ni siquiera ese sólido arraigo local le asegura la victoria entre sus paisanos.

Lo más probable, tal y como auguran las encuestas y explicaba hace apenas unas horas Shawn McCreesh en el New York Times, es que Biden consiga una victoria relativamente holgada en los populosos condados del sudeste, los que ocupan la ciudad de Filadelfia y sus suburbios, y en áreas de alta densidad como Pittsburgh y su entorno o los condados de Monroe y Lackawanna. Las esperanzas de Trump pasan por imponerse por un amplio margen en la otra Pensilvania, la rural, al oeste de los Apalaches, la cordillera que recorre el estado de norte a sur.

“Quien gane en Eerie, ganará en Pensilvania”

Hace cuatro años, en su inesperada victoria sobre Hillary Clinton, el político republicano ya rozó o superó el 70 por ciento de los sufragios en condados agrícolas con muy baja densidad de población como Venango, Elk, Jefferson o Clarion, y tampoco le fue nada mal en Lancaster, hogar ancestral de los amish, inmigrantes anabaptistas de origen suizo y alemán que viven en pequeñas comunidades agrícolas al estilo del siglo XVII. Sin embargo, a juzgar por la gran cantidad de simpatizantes demócratas que ya han votado por anticipado en el área de Filadelfia, el presidente va a necesitar esta vez un resultado incluso mejor que hace cuatro años en lugares como Eerie County, en el extremo septentrional del estado, en la frontera canadiense.

McCreesh explica que a orillas del majestuoso lago Eerie, que da nombre al condado, se respira estos días una calma tensa. El demócrata John Fetterman, vice-gobernador de Pensilvania, está convencido de que “quien gane en Eerie, ganará en Pensilvania y será, en consecuencia, el próximo presidente de los Estados Unidos”. Una responsabilidad inmensa para esta área lacustre, un tanto aislada y de gran belleza, que apenas supera los 4.000 kilómetros cuadrados y donde viven poco más de 250.000 personas. Hace cuatro años, Trump obtuvo aquí 1.800 votos más que su rival, Hillary Clinton. Una escuálida ventaja, sin duda, pero que de repetirse, si resulta cierto el vaticinio de Fetterman y todo se juega en el condado de Eerie, resultaría más que suficiente. “Sobre el terreno”, explica McCreesh, “podría pensarse que los simpatizantes de Trump predominan en la zona, dada la abundancia de carteles de su candidatura que se aprecia conduciendo por las carreteras de las áreas rurales. Pero en la ciudad de Eerie, la principal del territorio, llama la atención la presencia muy destacada de colectivos LGTB o relacionados con el movimiento Black Lives Matters, algo insólito hasta hace muy poco tiempo en esta parte del país, y que parece una estupenda señal para los demócratas”.

En lugares como Eerie County es donde Joe Biden aspira a reconstruir la llamada ‘muralla azul’, ese núcleo duro de estados del Medio Oeste (Minnesota, Wisconsin, Pensilvania y Míchigan) que llevaba décadas votando a candidatos demócratas en las elecciones presidenciales y que dio la espalda a Hillary Clinton hace cuatro años. Allí se gestó la victoria contracultural, completamente inesperada, de un Trump que fue capaz de llevar a las urnas a un ejército de abstencionistas crónicos, en su mayoría hombres blancos de mediana edad sin estudios superiores. El hoy presidente supo conectar con ellos con un discurso nativista, de un conservadurismo bronco, agresivo y contrarrevolucionario, pero marcado también por la nostalgia de unos Estados Unidos que no habían abdicado aún de su vocación de gran potencia industrial. Un país proteccionista, con fábricas prósperas, sueldos altos y sindicatos fuertes, añorado por los que un día disfrutaron de una más que notable calidad de vida y hoy se sienten víctimas de la globalización liberal.

Mientras Trump movilizaba a su tropa, a Hillary se le quedó en casa una parte sustancial de las bases demócratas que sí votaron a Barack Obama en 2008 y 2012. En especial, en lo que a Pensilvania se refiere, le dio la espalda un muy significativo porcentaje de latinos y afroamericanos del área de Filadelfia, así como muchos jóvenes desencantados de los condados periféricos. El resto es historia. Trump derribó tres de los cuatro bastiones de la muralla azul, así llamada por el color tradicional del partido demócrata. Solo se le resistió Minnesota. Pensilvania abrazó el giro reaccionario del millonario neoyorquino por un margen de solo siete décimas porcentuales. Un total de 44.000 votos.

Una Pensilvania nostálgica que no ha perdido el entusiasmo

Hoy, las encuestas apuntan a que la tierra del ciervo y la polca podría estar lista para volver al redil demócrata. Biden lidera la media de sondeos por un margen relativamente holgado, entre un 4 y 5%, al menos dos puntos más que la supuesta ventaja de que disfrutaba Clinton a estas alturas. Un vuelco, aunque fuese discreto, en condados como Eerie, una mayor movilización de latinoamericanos o una bastante probable brecha de género en el comportamiento electoral (las mujeres jóvenes parecen más proclives a votar hoy que hace cuatro años) podrían contribuir decisivamente a que Biden llegase a la presidencia. Según McCreesh, “la Pensilvania nostálgica y resentida que apostó por Trump hace cuatro años no ha perdido el entusiasmo”. Se mantiene movilizada, enardecida por el discurso beligerante de su líder, y va a acudir a las urnas. Es la otra, la que dio la espalda a Clinton, la que no parece dispuesta esta vez a permanecer al margen. De ella depende casi todo.

Han pasado casi 40 años, pero la mejor síntesis del actual momento político por el que atraviesa Pensilvania tal vez esté en Allentown, epopeya obrera de cuatro minutos editada en 1982, una de las mejores canciones de Billy Joel. En ella se expresaba ya una terca esperanza en el futuro, pero también nostalgia por la Pensilvania destruida por las crisis sistémicas de mediados y finales de los 70. Joel, natural del vecino estado de Nueva Jersey, pero tan imbuido del espíritu proletario del Medio Oeste como para dedicarle una oda a Allentown, en el condado de Lehig, otro de los recodos del mapa de Pensilvania en que Trump y Biden se la juegan, asiste impotente al cierre de las fábricas que venía dando trabajo a los lugareños desde las primeras décadas del siglo XX: “Nuestros padres combatieron en la Segunda Guerra Mundial, trabajaron en la fábrica, veraneaban en Jersey Shore y conocieron a nuestras madres en el baile del sindicato obrero”. La misma Pensilvania, en fin, que retrató Michael Cimino en El cazador (The Deer Hunter, 1978), crónica del viaje al fin de la noche de un grupo de amigos de clase obrera, inmigrantes de origen ruso de la ciudad de Clairton, en el condado de Allegheny, que se presentan voluntarios para combatir en Vietnam. Ya saben, Robert De Niro, Christopher Walken y la ruleta rusa.

Pensilvania es también un estado cargado de historia. En él sonó por primera vez la Campana de la Libertad, una reliquia de tiempos heroicos que fue forjada en la vieja Inglaterra en 1752 y los Padres Fundadores llevaron al Nuevo Mundo. Un cuarto de siglo después sirvió para proclamar la independencia de las 13 colonias y en años posteriores ha saludado acontecimientos como la abolición de la esclavitud, en 1865.

Hoy, la campana de bronce se conserva en el Parque Nacional de la Independencia, en Filadelfia, junto a reliquias como el escritorio en que George Washington escribió uno de los primeros borradores de la Constitución de los Estados Unidos. El mismo general Washington que, en el peor momento del invierno de 1776, tras la caída de la colonia de Nueva York, cruzó el río Delaware y se refugió en el área de Filadelfia, lugar en que resistió la ofensiva del que por entonces era uno de los ejércitos más poderosos del mundo, el británico. Casi 90 años después de este capítulo heroico de la guerra de Independencia, a muy pocos kilómetros de allí, junto a la pequeña localidad de Gettysburg, tuvo lugar otra batalla decisiva, la que permitió al ejército federal repelar la invasión confederada del Norte que lideraba el general Robert E. Lee, evitando así el colapso de la Unión en el tercer año de la guerra civil estadounidense. Entrado ya el siglo XX, Pensilvania, coherente con su tradición de aguda esquizofrenia política, fue el feudo del muy combativo sindicalismo minero de los primeros 50, pero también el gran reducto norteño en que echó raíces el Ku Kux Klan 30 años antes, en la década de 1920.

En el estado de la virtud jugó su mejor baloncesto durante una década un tal Julius Erving, poeta y acróbata. Aquí tienen su sede franquicias deportivas con tanta tradición como (además de los 76rs de Erving, Charles Barkley o Moses Malone) los Phillies de Filadelfia o los Steelers y los Penguins de Pittsburgh. En Filadelfia boxeó esa otra gloria local (de ficción) que fue Rocky Balboa, el semental italiano, objeto ahora mismo de una ruta turística por la ciudad que conduce a las escalinatas del ayuntamiento local, a la estatua de bronce dedicada al púgil en incluso a la falsa tumba de su esposa, Adrian. Más allá de la cinta de Sylvester Stallone y John G. Avildsen, ganadora de tres Oscars en 1976, Pensilvania es un estado muy cinematográfico, escenario de clásicos del celuloide como Atrapado en el tiempo, Único testigo, Flashdance, Philadelphia, El sexto sentido, La noche de los muertos vivientes, The Wonders, El castañazo o Historia de Filadelfia.

Es decir, hablamos del entorno físico en que se desarrollan historias tan inolvidables como la de Bill Murray informando una y otra vez sobre el desarrollo del día de la marmota (una tradición de Punxsutawney, en el muy conservador condado de Jefferson), la incursión de Harrison Ford en territorio amish, la madre de todos los apocalipsis zombis, los últimos partidos de hockey hielo de un cínico y descreído Paul Newman o la puesta de largo definitiva de una tal Katharine Hepburn Aquí, en fin, construyó el arquitecto Frank Lloyd Wright una de sus obras maestras, la Casa de la Cascada (Fallingwater) e inauguró Milton Hershey su legendaria fábrica de chocolate.

Pensilvania cuenta también con un imponente Capitolio en la Ciudad de Harrisburg, un edificio Art déco inaugurado en 1906 e inspirado en la Gran Ópera de París. Tiene parques naturales tan sugerentes como el de Forge Valley, pintoresco lugar de peregrinación para nostálgicos de la era colonial. Cuenta con una ciudad llamada Intercourse (eufemismo que se utiliza, en inglés, para hacer referencia al coito en determinados contextos), una pequeña comunidad rural del condado de Lancaster frecuentada por menonitas, huteritas y amish, con sus vistosos trajes de época, que suelen acudir a ella para vender piezas de artesanía o cobrar propinas por dejarse fotografiar. Cuenta con un red casi inverosímil de casinos clandestinos. Tiene un museo del ferrocarril y otro dedicado a la vida y la obra de Andy Warhol, así como la prisión estatal, hoy abandonada, en que Al Capone saldó una parte mínima de su deuda con la sociedad. Ofrece atracciones tan sugerentes como las cavernas indias de Derry, el Jardín botánico de Phipps, en Pittsburg, los jardines de Longwood, en Filadelfia, la reserva natural del Delaware a su paso por la cordillera de los Apalaches o las montañas Pocono, con su célebre catarata de Bushkill. Y es el lugar, sobre todo, en que muy probablemente va a decidirse esta madrugada el destino de una nación y quién sabe si de todo un planeta.

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