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Christopher Walken: “Claro que soy vulnerable. Quien piense que no lo es se confunde”

Obrero de la escena desde niño y orgulloso de su origen inmigrante, a sus 83 años este actor mítico es el último de aquella generación rebelde que creó un nuevo Hollywood

Christopher Walken posa en exclusiva para ICON y viste Loro Piana.Charlie Gray

En la secuencia final de El rey de Nueva York (Abel Ferrara, 1990), el personaje de Christopher Walken viaja solo en la línea 7 del metro neoyorquino. su vagón toma una curva frente al enorme letrero de Silvercup Studios, que ocupa varias manzanas del Queens industrial, y comienza su descenso hacia Manhattan. Los vagones traquetean sobre las vías elevadas antes de deslizarse bajo el East River. Tras los cristales mugrientos se perfila el horizonte: torres, puentes iluminados... la densidad centelleante del centro de la ciudad. Minutos después, morirá de un disparo en un taxi en Times Square, rodeado de neones y extraños. Ese viaje en metro es breve, fatal e inequívocamente de Queens.

Para Walken no es una imagen abstracta. Es la ruta que, en los años cincuenta, lo llevaba desde Astoria, el barrio de Queens donde se asentaron sus padres tras emigrar desde Alemania y Escocia, hasta Manhattan. Con 10 años hacía ese viaje solo, pasando del aire lleno de harina de la panadería de su padre a los ensayos de danza, las audiciones y los estudios de televisión del Rockefeller Center. Hoy, insiste en que es un error llamarlo “actor infantil”; él prefiere “intérprete infantil”. La distinción importa. Los actores crean. Los intérpretes, entendidos como performers —profesionales de la escena—, llegan al rodaje puntuales, se colocan en su marca y hacen lo que se les pide.

Entre aquellos primeros viajes en metro y el presente se extiende una carrera que ha convertido a Walken en un pilar del cine estadounidense. Ganó un Oscar en 1979 por El cazador, de Michael Cimino, emblema de aquel Nuevo Hollywood nacido de la contracultura que se atrevió a tocar temas hasta entonces tabú, como la violencia o el sexo. Más tarde se convirtió en un habitual de directores como Martin McDonagh, Tim Burton o Quentin Tarantino: su monólogo sobre el reloj de oro en Pulp Fiction (1994) sigue siendo hoy, décadas después del estreno, una de las escenas más citadas del cine de los noventa.

Su madurez está llena de momentos pop: en 2000, Walken bailó solo en el vestíbulo de un hotel para el vídeo de Fatboy Slim Weapon of Choice, un guiño a su primera etapa de bailarín profesional en musicales memorables como Dinero caído del cielo (1981). Ese mismo año convirtió una frase absurda, “¡más cencerro!”, pronunciada en un hilarante sketch en Saturday Night Live sobre la grabación de la canción (Don’t Fear) The Reaper de Blue Öyster Cult, en una referencia con su propia entrada en Wikipedia.

“Las palabras pertenecen al guionista, pero cómo las digo me pertenece a mí”

Walken ha trabajado sin parar durante más de 60 años en casi 150 películas y ha interpretado a villanos, excéntricos, figuras paternas y fantasmas: fue el ángel de la muerte en el videoclip de Bad Girl, de Madonna. Pregunte a cualquiera por su escena favorita de Christopher Walken y prepárese para tantas y tan variadas respuestas como el lugar donde creció.

Walken nunca se fue de Queens, una decisión que habitualmente se interpreta como un rechazo a unirse al éxodo a Los Ángeles. Pero, en realidad, es la continuación de un legado. En la Astoria de mediados del siglo XX casi todos venían de otro lugar: Grecia, Italia, Polonia, Irlanda, Alemania... Se hablaba un inglés vacilante, moldeado por los acentos del viejo continente, pronunciado por personas que traducían sus pensamientos mientras buscaban la palabra correcta en un idioma que aún no era el suyo. Su voz, una de las más reconocibles y parodiadas de la historia del cine estadounidense, no fue algo que él creara. La absorbió de su entorno. Es su herencia.

Esto importa por motivos que van más allá del cine. En 2026, mientras Estados Unidos acelera las deportaciones y la retórica de “solo inglés” se convierte en política de Estado, la voz de Walken se erige como una prueba silenciosa de lo que crean las comunidades de inmigrantes. Lo que ha sido despreciado, corregido o borrado, Walken lo volvió icónico.

Hablamos un viernes por la mañana de enero. Mientras haya trabajo, y no le falta —recientemente ha participado en el Dune de Villeneuve o en la serie Separación de Apple TV—, el actor, que cumplió 83 en marzo, planea seguir adelante.

“Muchos me preguntan por qué hablo de forma tan peculiar y es porque, como tantos de mi barrio y de mi misma generación, hablo inglés como lo oí, fragmentado y vacilante, como se habla un segundo idioma. Crecí escuchandolo así, incluso en mi casa”

Quería empezar con el ritmo. Ha dicho que es más importante para usted que pensar. No sé si es más importante, pero es lo que suelo hacer. No se me da bien estudiar diálogos. Me lleva mucho tiempo. Cojo el guion, lo pongo en la encimera de la cocina y lo leo una y otra vez. Quizá porque fui bailarín. Los ensayos son básicamente repetición, haces un paso hasta que tus músculos lo recuerdan. Así es como lo abordo: repetir hasta que suena bien, en lugar de pensar en su significado o la psicología, cosas en las que no soy muy bueno.

Se formó como bailarín, pero se hizo famoso como actor. ¿Son cosas diferentes o es todo lo mismo? Me hice actor un poco por accidente. Yo era bailarín. Estudié danza, cuando salí de la escuela empecé a trabajar en musicales y pensé que ahí terminaría. Pero a los veintitantos años, cuando estaba en el coro de un musical, alguien comentó que estaban haciendo audiciones para una obra de teatro en el downtown y me preguntó: “¿Por qué no vas?”. Así que fui y conseguí el papel. Después, cuando ya estaba trabajando, empecé a ir a clases al Actors Studio. Así que sí, llegué a ello de forma accidental.

¿Aborda cada escena como una coreografía? Es una pregunta interesante. No lo había pensado, pero es cierto que el baile es matemático, se trabaja en bloques de números. Tal vez haya algo de eso en mi forma de abordar el diálogo.

¿Qué le enseñó crecer en Queens? En mi barrio se trabajaba muy duro. Mi padre era panadero y era el tipo más trabajador que he conocido. Iba a la panadería los siete días de la semana; existía esa ética del trabajo. Pero aparte de eso, casi todos en mi barrio, excepto los niños, venían de Europa o de algún lugar lejano. Mucha gente había vivido allí toda su vida y apenas hablaba inglés. Los que lo hablaban, incluidos mis padres, solían tener acento. Muchos me preguntan por qué hablo de forma tan peculiar y es porque, como tantos de mi barrio y de mi misma generación, hablo inglés como lo oí, fragmentado y vacilante, como se habla un segundo idioma. Crecí escuchandolo así, incluso en mi casa.

“Llamaban ‘triple amenaza’ a los niños que podíamos cantar un poco, bailar un poco y recitar un poco. Éramos muy contratables”

¿Qué edad tenía cuando empezó a coger el metro solo? Diría que diez. Mis hermanos y yo íbamos a la escuela por nuestra cuenta. Era lo normal, lo típico de aquellos días. Si tus padres tenían algo que hacer, te enviaban a casa de un amigo y su madre te cuidaba y te daba de comer. Te disciplinaba el padre de otro y nadie pensaba nada raro.

¿Cree que la ciudad le enseñó a moverse? No solo físicamente, sino como artista. Buena parte de la vida es como jugar a los dados. Estás en un lugar cuando algo pasa y tu vida entera cambia. Nueva York es una mezcla de cosas llegadas de todas partes. En aquellos días los niños se criaban más a su aire que ahora. Mis hermanos y yo salíamos de casa por la mañana y regresábamos para la cena, estábamos fuera solos todo el día. Y aunque tenías el metro y los autobuses, en Nueva York se caminaba. Crecí andando de un lugar a otro. Si no hubiera nacido en Nueva York, no habría sido así.

Ha mantenido sus raíces allí ¿Qué habría perdido si se hubiera marchado? Yo era uno de esos niños que cuando iba a un campamento se pasaba el tiempo echando de menos su casa. Nunca me ha gustado alejarme de donde vivo. Es una de las cosas de ser actor: cada poco tienes que hacer las maletas e irte un par de meses. Nunca me ha resultado fácil. Siempre me alegra volver.

“Siempre he pensado que si te lo estás pasando bien se nota, y al público le encanta ver a otros pasárselo bien. Pero soy un imitador muy malo. Cuando lo hago, nadie sabe a quién estoy imitando”

Una vez dijo: “Vengo del país del espectáculo”. ¿A qué se refería? Cuando era pequeño, justo después de la Segunda Guerra Mundial, la televisión acababa de nacer. Cada semana había 90 programas en vivo que salían de Nueva York. Así crecí: yendo a audiciones, siendo competitivo, aprendiendo a cantar, bailar y decir un par de frases. Llamaban “triple amenaza” al niño que podía cantar un poco, bailar un poco y recitar un poco. Éramos muy contratables. Así que eso hice, en lugar de jugar al béisbol, montar en bicicleta y esas cosas. La mayoría de los niños iban a la escuela y hacían cosas típicas de niños. Pero si creces en el país del espectáculo, recibes una educación muy particular que no se consigue en ningún otro sitio. Si mi madre no me hubiera metido en esto, no estoy seguro de qué estaría haciendo hoy.

¿Qué era lo mejor de crecer en aquel país? La actividad. Siempre había algo. Maduré bastante rápido. No diría que fui un actor infantil, es incorrecto. No era un actor. Era un interprete infantil. La televisión trataba sobre familias. Aunque quizás no era un retrato muy fiable, todo era muy sano y usaban a muchos niños. Pasabas de un trabajo a otro. Fue antes del vídeo, así que lo hacías una vez y ya estaba. Y si te olvidabas de tu frase y lo arruinabas, todo el mundo se enfadaba contigo.

Ha contado que cuando interpreta, imagina que es Elvis o Bugs Bunny. ¿Alguien lo nota? Lo hago por diversión. A veces lo hago solo por reírme. Te da un poco de... ligereza, de brillo en los ojos. Siempre he pensado que si te lo estás pasando bien se nota, y al público le encanta ver a otros pasárselo bien. Pero soy un imitador muy malo. Cuando lo hago, nadie sabe a quién estoy imitando.

Una vez dijo que a Elvis le faltó que alguien le dijera: “Elvis, basta”. Cuidarse el uno al otro es parte de toda relación. Siempre he admirado a Elvis, del mismo modo que siempre creí que alguien debería haberle dicho: “Elvis, ya basta de sándwiches de plátano y mantequilla de cacahuetes frita” o “no necesitas comer otra hamburguesa”. Creo que ayuda tener a alguien que te vigile, y tú vigilarlo a él.

John Turturro dijo que usted parece una persona muy vulnerable. Cualquiera que piense que no es vulnerable se confunde. Soy tan vulnerable como todo el mundo. Igual piensas que todo va de maravilla, pero ten cuidado, porque estás en Londres y puedes cruzar mirando hacia el lado equivocado. O puede que no te des cuenta de que se te acerca ese asteroide. Si tienes salud, un buen trabajo, un lugar donde vivir y todo eso, bendita tu suerte. Pero los problemas surgen de la nada. Así que soy vulnerable, sí, pero como cualquiera.

Ha dicho que trabajar es lo que mejor le sienta, física y mentalmente. Me gusta trabajar y nunca he sido especialmente selectivo. Suelo hacer lo que me llegue. El trabajo mantiene tu mente y tu cuerpo ocupados. Alguien dijo que si no lo haces, te atrofias. Estimula la mente y te permite socializar. Vivo en el campo [Walken reside en Connecticut] y no veo a mucha gente, así que ir a trabajar es, de alguna manera, una forma de ganarse la vida, pero también una manera de estar con los demás.

¿Qué hace cuando no está trabajando? Los actores, incluidos los de mucho éxito, tienen mucho tiempo libre. Si eres médico, chef o taxista, vas al trabajo cinco días por semana, trabajas y vuelves a tu casa, pero los actores acuden al estudio, trabajan generalmente durante jornadas muy largas y luego tienen que esperar hasta el siguiente trabajo. Por eso muchos actores tienen un hobby secundario que la mayoría de la gente desconoce. Pintan, escriben, juegan al golf, pilotan sus propios aviones... Yo tengo cajas llenas de cosas que he escrito. Obras de teatro y otros textos. No son muy buenos, así que no me molesto en hacer nada con ellos. Es como meter un barco en una botella. Lo haces porque es divertido y te mantiene ocupado.

¿Y cómo usa la puntuación en su escritura? Aparece en lugares peculiares.

Lo pregunto porque sé que alguna vez ha dicho que no le gusta la puntuación en sus guiones. Bueno, la puntuación suele ser la forma en que la persona que escribió el texto te dice cómo leerlo. Me encanta lo que la gente escribe, pero me gusta leerlo en mis propios términos. Las palabras pertenecen al escritor, pero cómo las digo me pertenece a mí.

¿Cómo sabe si ha sido un buen día? Muy fácil. Cuando eres actor, si tienes una escena, te preparas durante semanas. Finalmente llega, pasa y esa misma noche, cuando te subes al coche para volver al hotel, piensas: “Estuvo bien. Va a ser una buena escena”. No siempre sucede, pero cuando pasa es una sensación muy agradable. De algún modo, puede que sea lo mejor de todo.

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