La cumbre de la alpargata

Letizia la impuso, Jill Biden cayó rendida, Begoña Gómez le regaló un par a la primera dama estadounidense, que las calzó de inmediato. ¿Qué tiene este zapato que seduce tanto?

María del Monte, en el Orgullo de Sevilla el 23 de junio de 2022.Foto: CORDON PRESS | Vídeo: EPV

Las revistas han sabido capitalizar la cumbre de la OTAN. Por un lado, celebran a la reina Letizia como nueva líder monárquica para un Occidente unido. Pero hay un elemento cumbre que aglutina, une, eleva y desplaza, y es, nada más y nada menos, que la alpargata. Letizia la impuso, Jill Biden cayó rendida, Begoña Gómez —aunque intentó camuflarla como zapatilla— le regaló un par a la primera dama estadounidense, que las calzó de inmediato.

¿Qué tiene la alpargata que seduce tanto? Puede ser su rollo atávico y mediterráneo y al mismo tiempo sexy, terrenal y profundo. Cuesta arriba o cuesta abajo, tan chic como sencilla, tan para soportar una inflación galopante como para seguir sintiéndose elegante y europea. Lo tiene todo. Fascinó a Yves Saint Laurent, que cambió para siempre su destino y el de la casa Castañer. Salvador Dalí las vestía con orgullo reivindicativo y hasta uno mismo, cuando deja las zapatillas por un par de ellas en verano, se siente como una mezcla de primera dama y artista en vacaciones, bien calzado, consciente de que no llevas chanclas. Es tan española como la chaquetilla torera o la mantilla, pero menos política y más sostenible. Mucho más cómoda.

Eso sí, la alpargata seria, la buena, la glamurosa, tiene que vestir el talón y atar el tobillo. Así sí que es digna de reina. Con talón protegido, la alpargata sostiene atada a Europa con Norteamérica y es ya un emblema de Occidente.

Sigo sin saber si María del Monte vestirá alpargatas este sábado por la tarde cuando retransmitamos el Orgullo 2022, después de dos años sin celebrarse. En las reuniones telemáticas insisto en lanzarle guiños sobre mi vestuario, que me gustaría cambiarme varias veces, en plan Ana Obregón en ¿Qué apostamos? Y María solo suelta que lo dejará para el último momento. Alguien, en un pasillo, susurró que llevaría algo torero.

¡Cómo es María! Desde que se anunció nuestra dupla como presentadores orgullosos, a veces me siento alpargata y otras, mocasín. Del Monte siempre me ha impuesto mucho. Cuando la conocí hace años en una entrevista en Crónicas marcianas me admiró su temple ante nuestras continuas insinuaciones sobre su amistad con Isabel Pantoja. Más que atrevidos, aunque muy ingeniosos, éramos impertinentes. María del Monte, en mi recuerdo, se plantaba, defendía su música y a su amiga y no entraba al trapo. Tampoco se ponía reivindicativa. He insistido en que todo esto deberíamos hablarlo entre carroza y carroza.

También sigo pensando que sus declaraciones en el pregón del Orgullo en Sevilla le han cambiado la vida, colocándola en una nueva lanzadera. Ella insiste en que nunca ha estado en el armario, pero tampoco fuera, y con esas insistencias aprendo a respetar un poco más a las personas que sí lo han estado o están. Porque el armario no es un refugio. Es una cárcel a la que te obligan a entrar sin opción a juicio, sin permitir ni aceptar explicaciones. Esa es la verdadera herida e injusticia del armario. Cada Orgullo, retransmitido o no, en la carroza o caminando delante de ella, celebro haber evadido el armario, llenarlo de ropa, alpargatas y sombreros en vez de aspiraciones pisoteadas y deseos insatisfechos.

Otra cosa es la repercusión de la retransmisión. Tradicionalmente, la cubría Telemadrid, al ser el Orgullo para la capital algo parecido a la alpargata a la OTAN o los sanfermines para Pamplona. Su primera, emblemática, declaración de libertad. Este año la cadena autonómica cambia, se libera del Orgullo LGTBIQ+ por un concurso de nuevos valores taurinos.

Del Monte, con chaquetilla en TVE y en el Orgullo, sería despertar fantasmas inquietos que siempre nos devolverán a Pantoja, esa duda en el aire que la convirtió en noticia hace casi 30 años. ¿Seré capaz de decírselo en la tele?

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