Rojo y en botella… o en lata

Llegan envases de cristal más ligeros, de aluminio o en otros formatos y tamaños, adaptados a distintos patrones de consumo

Peter Cade (Getty Images)

Imagínese que, al abrir su buzón, en la misma ranura en la que el cartero deposita las cartas, se encuentra una botella de vino. O a los amantes del ocio al aire libre saboreando en plena naturaleza un sorbo de vino envasado en un recipiente de aluminio con tapón de rosca. O el más difícil todavía: que la etiqueta y el tapón le digan cuándo es el momento óptimo de descorchar esa botella reservada para una ocasión especial. Son tres ejemplos reales de envases rompedores que ya comercializan algunas bodegas, y que demuestran la importancia que ha adquirido la innovación en un mundo tan tradicional como el del vino.

En los últimos años, el sector ha sido pionero en el desarrollo de proyectos de I+D+i, con distintas iniciativas para dar respuesta a las nuevas necesidades de consumo, así como para garantizar la trazabilidad del producto o las condiciones de conservación, transporte o almacenamiento. No hay que olvidar, además, que los envases pueden aportar valor añadido y, por lo tanto, convertirse en un aspecto diferenciador respecto a la competencia, que en el sector vitivinícola es feroz.

Hasta ahora, las marcas solían recurrir a la etiqueta para distinguirse del resto, pero eso ha empezado a cambiar, y el empaquetado (en el mundo de la mercadotecnia, el packaging) adquiere cada vez mayor protagonismo. En algo sí hay unanimidad: el vidrio ha sido, es y será el envase indiscutible. “Por varios motivos: favorece la crianza —y, por lo tanto, aumenta su tiempo de vida— y traslada una experiencia premium al cliente”, asegura el director general de la Federación Española del Vino, José Luis Benítez.

Pese a todo, el sector ya ha comenzado a explorar alternativas al vidrio, responsable del 60% del peso del producto y cuyo precio ha subido por la crisis global de suministros. “Además, prescindir del vidrio contribuye a ser percibido como más sostenible, moderno y orientado a las nuevas generaciones de clientes, que son menos clásicas y más disruptivas”, opina el experto en tendencias de la consultora Summa Branding, Aleix Gabarre.

Menos peso y contaminación

Una de las soluciones que han adoptado las bodegas es el vidrio ligero: de media, el peso de las botellas para vino, cava y espumoso se ha reducido un 15% en los últimos años. Esto quiere decir que también ha bajado la huella de carbono al fabricar estos recipientes, pues al consumirse menos energía y materias primas no se libera tanto dióxido de carbono a la atmósfera. En definitiva, botellas livianas y sostenibles que garantizan en todo momento la protección de la bebida y su reciclabilidad. El sector comparte este compromiso por el medio ambiente sin renunciar a botellas con nuevos diseños y formas. Es el caso, por ejemplo, de los recipientes de cristal con texturas, que conectan con la esencia de las marcas artesanales.

La reciente pandemia, además, ha destapado nuevas necesidades de los clientes, como el hecho de beber en casa sin sentirse mal por ello. Los formatos de 375 ml y los individuales de vidrio (single-serve) han crecido estos dos últimos años. “Pueden ser una buena fórmula para atraer consumidores más jóvenes, que suelen ser más sensibles al precio y bebedores ocasionales”, señala Aleix Gabarre.

Aunque para muchos un vino que no se presenta en vidrio es casi una ofensa, numerosas bodegas han dejado atrás estos prejuicios y se han atrevido a experimentar con nuevos envases, formas y tamaños. Eso les permite, por ejemplo, abrirse a más ocasiones de consumo, como ocurre en los países anglosajones o en los escandinavos. En esos lugares, el vino no solo se limita a comidas o a celebraciones más o menos protocolarias en torno a una mesa, como sucede en España, sino que allí se comparte esta bebida al aire libre, en reuniones informales, en barbacoas… Esas circunstancias favorecen el impulso de packagings alternativos como las latas y el bag in box (compuesto de una bolsa con grifo en una caja de cartón), que ya existen en nuestro país pero que están a años luz del vidrio.

Listo para beber

El fenómeno de las bebidas ready to drink (listas para beber) también ha favorecido la comercialización de los vinos enlatados, que suelen ser espumosos, con sabores añadidos y mezclas. Una perversión para los puristas, pero una ocasión que el sector debe aprovechar para llegar a más gente y ganarse nuevos adeptos. “Hay que ofrecer opciones atractivas, conquistar al cliente y convencerle de que se venga con nosotros”, insiste el director de Wine Intelligence, Juan Park. Este experto en marketing vinícola aboga por avanzar con formatos pequeños para expandir aún más el mercado. “Muchas veces no te abres una botella porque sabes que te va a sobrar. Y ahí hay un filón para la industria, que podría tantear con envases adaptados a estas nuevas ocasiones de consumo”, sostiene Park.

Respecto a las latas, el gerente de la Plataforma Tecnológica del Vino, Mario de la Fuente, admite que aún son necesarios mayores esfuerzos en innovación para mejorar su conservación. “No solo en relación a los procesos de guarda, envejecimiento y crianza en este nuevo envase, sino a su estabilidad microbiológica y organoléptica, para que no se pierda el valor del producto”, añade.

Corchos y etiquetas 4.0

La innovación va más allá de los envases y se traslada a los cierres de los recipientes, otra de las grandes tendencias al alza. Tapones de rosca, corchos ecológicos, cierres que cambian de tono cuando el líquido está en perfectas condiciones de venta o que absorben el oxígeno residual en el espacio de cabeza de la botella… Incluso ya se han diseñado y se están testando botellas y formatos de madera de roble americano para almacenar vino. Algo parecido ocurre con las etiquetas, que incluyen desde códigos QR con información sobre el producto, su origen y trazabilidad hasta materiales termocromáticos que varían de color ante distintos parámetros de temperatura o humedad. E incluso botellas con tecnología blockchain que va ligada al propio envase para evitar posibles falsificaciones.

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