La crisis del coronavirusAnálisis
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Que se hunda España

Algo se ha roto en la política española si los partidos son incapaces de cerrar filas cuando más débil está el país

Pablo Casado y Cayetana Álvarez de Toledo, este miércoles en los pasillos del Congreso, seguidos de Ana Pastor, con mascarilla, y Teodoro García-Egea.
Pablo Casado y Cayetana Álvarez de Toledo, este miércoles en los pasillos del Congreso, seguidos de Ana Pastor, con mascarilla, y Teodoro García-Egea.Pool Efe / GTRES

La historia no se repite, pero a veces rima: hay que intentar detectar las rimas antes de que sea tarde. Hace unos 20 años, España empezó a hinchar una burbuja inmobiliaria jupiterina. El Gobierno conservador de José María Aznar sopló y sopló aquella burbuja —al ritmo del “España va bien”—, y después el socialista José Luis Rodríguez Zapatero siguió soplando como si no hubiera un mañana. Hasta que la Gran Recesión hizo explotar aquel engendro. Zapatero tiró entonces a la basura el programa con el que había ganado las elecciones, tragó con la austeridad impuesta por Berlín y la crisis fulminó al líder del PSOE y a su partido con él: las grandes crisis son trituradoras políticas. Pero el PP también tuvo un papel destacado en ese lío, que se resume en una sola frase: “Que se hunda España, que nosotros ya la levantaremos”, decía en 2010 Cristóbal Montoro. “El 20-N de 2011”, el día de las elecciones que ganó Mariano Rajoy, “será el primer día después de la crisis”, llegó a decir por aquel entonces Dolores de Cospedal, secretaria general de los populares, a pesar de que la crisis sigue de alguna manera con nosotros. Este largo preámbulo perseguía detectar la rima. Y las dos grandes crisis del último cuarto de siglo riman políticamente en consonante: algo esencial no funciona en la democracia española cuando los partidos son incapaces de cerrar filas y se lanzan a la yugular de sus oponentes, como sucedió el jueves mismo en el Congreso, justo cuando más débil está el país. Eso, en fin, no es ninguna novedad. Pero en un contexto tan dramático resulta aún más doloroso, y una auténtica anomalía en el contexto europeo.

El Gobierno ha cometido errores de trazo grueso. El 8-M y los problemas con el material médico le perseguirán durante mucho tiempo. Las cifras de contagios y fallecimientos están entre las más altas del Atlántico Norte. Es difícil saber qué diablos tenía en la cabeza el Ejecutivo con el sainete de la desescalada para los niños. Y aun así, la gestión no sale tan mal parada en la comparativa con el resto de Europa occidental. Ni tan bien: España lo hace mucho peor que Alemania, pero mejor que el Reino Unido, y está más o menos en torno a la media si tomamos como unidad de medida la velocidad de la respuesta de la eurozona. El discurso autocomplaciente de Pedro Sánchez (“toda Europa llegó tarde, pero España actuó antes”) se compadece mal con los hechos. Pero el de Pablo Casado (“dejen de mentir ya”; “ni siquiera es usted capaz de contar los muertos”) es de una brutalidad casi sin parangón, salvo por Santiago Abascal, su “deriva totalitaria del Gobierno” y las alusiones a las residencias de ancianos como “auténticos gulags”.

El análisis forense de esta crisis está por hacer. Pero ya está claro que el Gobierno hizo caso de un puñado de expertos que minusvaloraron el problema durante las primeras semanas, hasta que se dio cuenta del error y dio un volantazo: entonces elevó las restricciones a toda velocidad, frente al mayor gradualismo de otros países, según un estupendo trabajo del politólogo Ignacio Sánchez-Cuenca. A pesar de que comparativamente Sánchez no sale ni muy bien ni muy mal, la oposición ha olido sangre: aquel “que se hunda España, que nosotros ya la levantaremos” sigue vigente.

Ese cainismo tiene dos problemas. Uno: cuando baje la marea de los datos de contagio se verán los destrozos sobre la economía; se avecina un huracán para el que España está mal equipada, y por eso los partidos deberían centrarse en los Pactos de la Carrera de San Jerónimo y en el debate europeo en lugar de insistir en esta cruz de navajas. Y dos: Casado citó ayer un libro fascinante, Cómo mueren las democracias, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, para decirle a Sánchez que no respeta “las libertades democráticas”. La tesis principal de ese libro es que las democracias empiezan a morir cuando no hay tolerancia mutua ni contención institucional; cuando la clase política no aísla a los extremistas y la polarización se apodera de los partidos. “Somos Corea del Norte”, decía Ana Beltrán, número tres del PP, en televisión. “Quieren convertir España en una cárcel chavista”, vociferaba ayer Abascal desde la tribuna del Congreso. Esa manera de jugar sucio, ese que se hunda España, va camino de convertirse en un estilo. Así nos va.

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