Ayuso y el peligro de la radicalización
La presidenta juega con ideas radicales que en ocasiones retira en una estrategia ambigua con la que combate a Vox


El politólogo Joseph P. Overton ideó una teoría para atraer a los curiosos al Mackinac Center for Public Policy, su think tank, y la plasmó en un folleto publicitario. Sus amigos dicen que tampoco es que le hubiera dado muchas vueltas ni que pensara que era algo escrito para la posteridad. Al fin y al cabo, se le ocurrió a los treinta y tantos años, cuando todavía le quedaba mucha vida por delante. A los 43, sin embargo, el ultraligero que pilotaba en Caro, Michigan, perdió altura al poco de despegar y se estrelló contra el suelo. Era 2023 y murió en el instante, pero su concepto sigue vivo y explica mucho de lo que ha ocurrido después en política.
La ventana de Overton explica cómo las ideas que se consideran aceptables pueden cambiar en las sociedades a lo largo del tiempo. La ventana es ese espacio de oportunidad que se abre para propuestas vistas como legítimas sin que causen alarma. Esa área no es fija y puede expandirse según el debate que se introduzca en la opinión pública. Hoy, por ejemplo, se habla de inmigración y se tolera la corrupción de una manera que hubiera acabado con la carrera de cualquier político años atrás. Isabel Díaz Ayuso pareciera que se sitúa en el umbral de algunos pensamientos radicales y explorase hasta qué punto resultan admisibles ahora. Un riesgo calculado que a veces parece pura improvisación por el escándalo que provocan, en ocasiones, sus posiciones.
Antoni Gutiérrez-Rubí, uno de los estrategas políticos más respetados en España y Latinoamérica, ha utilizado a Overton para explicar el fenómeno Donald Trump, un personaje al que nadie veía presidente de una nación como Estados Unidos, hasta que lo fue. Muchos se frotaron los ojos al verlo entrar por la puerta de la Casa Blanca. Trump, según Gutiérrez-Rubí, ha llevado la discusión pública a otro estadio a golpe de declaraciones públicas que causan asombro. Su primera propuesta como candidato republicano, allá por 2015, fue construir un muro en la frontera con México que, para colmo, pagarían los propios mexicanos. Si uno mira a la otra orilla del río Bravo, no ve ninguna fortificación; nunca se llegó a levantar el muro, pero Trump logró que se pudiera hablar de inmigración y se despreciara a los mexicanos de una manera que antes era tabú.
“Ayuso —y otros líderes de la derecha extrema y extrema derecha— usa este concepto sociológico para mover el arco de lo aceptable, para que, si es imaginable, acabe siendo posible. De ahí, entre otros factores, la explicación de la derechización de las sociedades occidentales”, explica el politólogo Gutiérrez-Rubí a través de mensajes de Whatsapp. La presidenta de Madrid aborda algunos asuntos de una manera a la que no se atrevió una de sus antecesoras, Esperanza Aguirre. La condesa consorte de Bornos lo hace ahora en tertulias televisivas, una vez que la ventana se ha movido y ya no resulta tan escandaloso, aunque sea porque se ha convertido en cotidiano, de tanto nombrarlo.
Ayuso, de acuerdo con los expertos consultados, corre el peligro de atender la llamada del lado oscuro. Es cierto que la presidenta del PP de Madrid, después de soltar en público alguna reflexión que cruza el umbral de lo aceptable, recula en ocasiones y vuelve a posiciones moderadas. Esta semana le otorgó una medalla a Estados Unidos, lo que se interpretó como una condecoración a Trump y una forma de respaldar sus políticas, que el mundo observa con preocupación. Lo hizo en pleno revuelo por el show de medio tiempo en la Super Bowl de Bad Bunny, una exaltación de la diversidad frente a las políticas supremacistas del magnate.
El gesto de Ayuso causó revuelo incluso entre comunicadores de derechas. Trump, por ahora, no resulta simpático a la sociedad española, según varios sondeos publicados en los últimos meses, y eso es algo que debe saber ella misma y su asesor principal, Miguel Ángel Rodríguez. Tras el anuncio, la presidenta pegó un volantazo. En la Asamblea de Madrid, este jueves, ni siquiera pronunció el nombre del magnate y defendió que otorgaba la medalla a los 250 años de historia del país, como si estuviera colgándosela en el pecho a Jefferson o Washington. Los partidos de la oposición, de izquierdas, esperaban que se metiera en un laberinto en el que corría el riesgo de perderse, pero no lo hizo. Ayuso aseguró que hubiera tomado la misma decisión si en la Casa Blanca estuvieran los demócratas. De golpe, zanjó el debate. Aunque pocos crean que eso hubiera sido así.
Pese a ese intento de volantazo, lo cierto es que, por primera vez, Ayuso se ha hecho un hueco esta semana en círculos próximos a MAGA [Make America Great Again], el movimiento radical que rodea a Trump. Ha participado con un vídeo que envió a los organizadores en un evento latino que se celebró en Mar-a-Lago, la residencia de descanso y a menudo centro de operaciones del presidente estadounidense. Ayuso tuvo la intervención más destacada, pues sus palabras causaron un incidente diplomático. Equiparó al Gobierno mexicano con la dictadura cubana, lo que desencadenó la respuesta airada de la dirigente de ese país, Claudia Sheinbaum.
Se ha situado también al lado de personajes muy polémicos. Michel Houellebecq, uno de les enfants terribles de las letras francesas, se valió de la teoría del Gran Reemplazo en su novela Sumisión, que parte de la premisa de que un partido islamista y patriarcal gana las elecciones y llega al gobierno con el apoyo del partido socialista. También filósofo, Houellebecq se ha ganado la reputación de provocador en Francia, un país más abierto a la discusión de temas que se consideran fuera de los márgenes de lo políticamente correcto. Ayuso, de frente, ha empezado a hablar de que el islamismo radical empieza a sustituir las ideas occidentales, también en España. Y ha mostrado su preocupación porque haya cada vez más niñas y adolescentes vestidas con velo islámico en los colegios.
Lluís Orriols, doctor por la Universidad de Oxford y profesor de la Universidad Carlos III de Madrid, considera que adentrarse en esos asuntos puede resultar lesivo para la presidenta, al menos a día de hoy —quién sabe mañana—. “Hay cuestiones que no entran en sintonía ni en el votante más conservador. Y vemos que, por ejemplo, Vox se pone de perfil con Trump. Asistimos a la típica batalla interna de los partidos conservadores ante el avance de los ultras de su mismo signo político. Vox está cada vez más fuerte —como demuestran sus resultados en Extremadura y Aragón—, rondando el 20%. Hay nervios en el PP y existe una batalla ideológica y estratégica de cómo afrontarlo. Ayuso encarna la perspectiva de confrontación, entrando en el campo discursivo y estratégico de la extrema derecha", explica Orriols.
A la hora de hablar de la migración, la portavoz de Vox en la Asamblea, Isabel Pérez Moñino, se muestra más extremista que Ayuso y la criminaliza sin rodeos. La presidenta responde de una manera más ambigua. Asegura que ella defiende, a diferencia de la oposición, una migración “que no sea de pobres”. Sin más explicación, eso puede interpretarse de mil maneras. A los latinoamericanos, por ejemplo, los considera madrileños de pleno derecho, aunque luego se permita atacar a México sin venir a cuento. Ayuso se sitúa en un lugar más allá de sus compañeros de partido, pero un paso antes de la extrema derecha. Juega con la ventana de Overton.
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