El despido de Luisa días antes de someterse a la cirugía de reasignación de sexo

Una mujer transgénero demanda ante los Juzgados de lo Social de Madrid a su antigua empresa por vulneración de derechos fundamentales. El juicio se celebra el 21 de enero

Luisa Rus, en el Parque del Olivo de Coslada (Madrid), el pasado 10 de enero.
Luisa Rus, en el Parque del Olivo de Coslada (Madrid), el pasado 10 de enero.INMA FLORES (EL PAIS)

“El híbrido”, “el indefinido” o “el travelo” son tres de los apelativos que Luisa Rus, mujer transgénero de 33 años, recibió reiteradamente en su puesto de trabajo, tal y como relatan varios testigos. Estos insultos le han servido para impugnar su despido, que le fue comunicado cinco días antes de someterse a las cirugías de reasignación de sexo.

La mañana del jueves 26 de agosto, Luisa Rus pensaba que comenzaba su nueva vida. Era su última semana de trabajo como promotora en el espacio Samsung de unos grandes almacenes en la plaza de Callao, en Madrid, antes de unos días de vacaciones que iba a usar para someterse a la doble cirugía de reasignación de sexo. Había cuadrado las gestiones administrativas y los dos años de hormonación para que, a su vuelta, se pudiera leer ya en su documento nacional de identidad, por fin y con todas sus consecuencias, su verdadero nombre: Luisa. El de 2021 iba a ser un gran otoño, con pandemia o sin ella.

Cinco meses después, otra trabajadora de la tienda que ha compartido con Luisa tres años de trabajo, recuerda aún con sorpresa el día en que Vexter Outsourcing, del grupo Randstad, empresa que proporciona el equipo humano a la compañía tecnológica en este centro, la despidió. “No entendía nada cuando me lo dijo, no me entraba en la cabeza. Es un encanto de chica, siempre ayudando y hasta donde yo sé, muy buena vendedora”, cuenta. Otro trabajador habla en los mismos términos: “Me sonó raro, sí, en mi trabajo con ella los meses anteriores siempre ha sido una buena experiencia”. La periodista se identifica, y se tensa el ambiente. Este periódico ha podido saber que ambos empleados fueron llamados a las oficinas al día siguiente de estas conversaciones y que se ha enviado un correo electrónico a Randstad con sus declaraciones.

Un responsable de tienda, que también fue preguntado, relató no saber nada del despido. “Debe ser algo interno, aquí no sabemos nada”, dijo. Los tres afirman desconocer los motivos del fin del contrato de la mujer.

Este periódico se ha puesto en contacto con la empresa de contratación de personal, que afirma no tener “constancia de ninguna incidencia, queja o reclamación con carácter previo, en cuanto al trato recibido o dispensado por trabajadores, trabajadoras”. Añaden que en la empresa se respetan “los derechos de todas y cada una de las personas que trabajan en la compañía, se cumple con la normativa vigente y se sigue fielmente el cumplimiento de los derechos humanos”. Este diario ha intentado en reiteradas ocasiones recabar la versión de la compañía coreana dueña de la tienda, sin respuesta.

Carta de despido

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“Me dijisteis que el trabajo de un promotor es vender, y eso hice”. Luisa se defendió al firmar el no conforme de la carta de despido. Desde Randstad le confirmaron que no eran las ventas la causa de la extinción del contrato. Se vio en la necesidad de preguntarlo, ya que el documento en el que se le notificó por escrito el fin de la relación laboral no refiere prueba alguna de la disminución del rendimiento de trabajo. Le remitieron a unos informes negativos de su superior, R. B., el encargado de la tienda, de los que no dieron detalles. En la notificación se limitan a nombrar el artículo 54 del Estatuto de los Trabajadores, que admite como causa de despido “la disminución continuada y voluntaria en el rendimiento de trabajo normal o pactado”.

Ella les pidió que consultaran los indicadores de ventas: “Tenéis los datos, soy la que más ha vendido en el Black Friday y en diciembre”. La conversación, que está grabada, termina con una promesa de investigación del caso por el equipo de personal, y el reconocimiento de que disponen de valoraciones cualitativas y no objetivas relativas a su caso. De ahí que directamente le ofrecieran la indemnización por despido improcedente.

En los días siguientes, Luisa Rus recordó que llevaba tiempo preocupada. “Lo hablaba con mis compañeros, no comprendía cómo era siempre la última en valoraciones con esas cifras de ventas”, explica ahora. “Mis reportes mensuales siempre habían sido positivos, hasta la entrada del store manager R. B. Ahí cambió todo”. Al poco, recibió la llamada de un exjefe que había dejado la empresa hacía unos meses. “Se había enterado de lo que me había pasado y me llamó para contarme”, cuenta ella. Según el relato de este exjefe, R. B solía referirse a Luisa, cuando ella no estaba, como “el indefinido”, el “tío-tía”, “híbrido” o “travelo”, añadiendo que “no sabe lo que es”, y que el resto le reía las gracias, él mismo incluido. “Me pidió perdón, porque alguna vez entró al juego para no sentirse desplazado”, sigue la mujer. Le animó a poner una denuncia, aunque dijo no querer declarar en un eventual juicio.

El día 1 de septiembre, Luisa Rus se sometió a las operaciones previstas. “Entrar al quirófano sabiendo que no tienes trabajo, y que tienes que pagar un préstamo porque es tu sueño…”, relata. La sanidad pública financia algunas intervenciones del cambio de género: las cirugías de pecho, garganta y vaginoplastia, pero no otras como la feminización facial y el láser para la eliminación del vello. Luisa había solicitado un crédito hacía meses para afrontar estos gastos y también para independizarse, y sus responsables en la tienda lo sabían. “Yo me imaginaba en otro escenario, aunque seguiría ayudando económicamente en casa. Me veía en octubre ya libre en el mundo, diciendo: ¡Aquí estoy yo!, y me encontré con todo lo contrario. He pasado muchas noches de ansiedad, de no dormir, de no querer vivir, de querer quitarte de en medio”.

Oferta para cerrar el caso

Su familia la animó a seguir. “Si hay que ir a juicio, se va”, le dijeron. La abogada Jennifer Sifert aceptó el caso e interpusieron una demanda contra Vexter Outsourcing y Samsung Electronics Iberia por vulneración de derechos fundamentales ante los Juzgados de lo Social de Madrid, cuyo juicio se celebrará el próximo viernes 21 de enero. “El derecho laboral es un mercado”, explica la letrada. “Me han llamado para ofrecerme una mejora de unos 1.500 euros sobre la indemnización que le corresponde”. Pero la afectada lo ha rechazado. Quiere que se le reconozca la discriminación y también dar visibilidad a su caso para que no le pase a nadie más. “Como esta chica querrá dinero, os ofrecemos hasta 6.000 euros”, le trasladaron a Siffert, intentando cerrar el proceso judicial desde la empresa de contratación temporal. Es algo habitual en los casos de denuncia por despido nulo. “Yo no busco que me den 100.000 euros: busco que se sepa, y que se haga justicia”, defiende Rus.

Lo que más le duele no es la actuación del responsable, sino que sus compañeros no la defendieran, o que celebrasen las bromas a sus espaldas. David Fernández, otro extrabajador del centro de Samsung con el que ha podido hablar este diario, sí lo ha reconocido y, a diferencia del anterior, él sí está dispuesto a testificar en el juicio. Pertenecía al servicio técnico y entraba y salía de la zona de oficinas con asiduidad. “Cuando Luisa pasaba a hacer alguna gestión, al salir se escuchaban risas, comentarios de los encargados”, cuenta.

Fernández refiere los mismos insultos que el exjefe que la animó a litigar. Y añade en conversación telefónica, que lo que le llamaba más la atención era “el trato despectivo” del encargado de la tienda con la mujer. “Con un tono que no le escuché nunca hacia otra persona, pero con ella sí: no lo llamaría de asco pero sí despectivo en el timbre”, explica. “Yo le decía a Luisa que no me gustaba que le hablara así”. Y continúa: “Era de las que más vendía y el trato era excelente, muy cercano con los clientes: era encantadora, muy suave y dulce”. La abogada solicitará poder incluir su testimonio en el juicio.

Lo ocurrido no se circunscribe al supuesto maltrato de este responsable. Desde que, a principios de 2019, ella explicó a sus jefes su proceso de reasignación de sexo, tardaron casi nueve meses en recursos humanos en dejar de llamarle Luis en los enunciados de las comunicaciones corporativas, y en tramitar el permiso para que pudiera usar los baños y vestuarios femeninos. En el audio de la comunicación del despido aún se puede escuchar a los responsables de personal referirse a ella hasta dos veces en masculino.

Grave depresión

En la argumentación de la denuncia, la abogada ha incluido que el despido de Luisa Rus le ha producido una grave depresión diagnosticada y documentada. Fue Pablo Vitry, amigo de la mujer, quien la llevó de la mano a ver a una terapeuta. Se conocen desde hace 14 años, cuando ambos estudiaban desarrollo de software y aplicaciones en la universidad. “Yo la conocí como Luis. Jugábamos al fútbol, nos pasábamos las tardes riéndonos a carcajadas, aunque no tuviéramos un duro. Ahora está como una ameba”, cuenta. Ella no quiere medicarse con antidepresivos, y prefiere atención psicológica: el proceso de hormonación ya le obliga a tomar muchas pastillas. “No quiero añadir más cosas a la mochila”, explica.

Las Navidades en casa han sido complicadas. Dulce Marín, su madre, concentra el sufrimiento familiar. “Que después de tanto tiempo en que ella quería ser mujer, y ahora cuando lo podía estar disfrutando ya, siga sufriendo, es muy doloroso para todos nosotros”, afirma.

Los planes de diversidad en las empresas, una asignatura pendiente

El colectivo trans tiene uno de los más altos índices de desempleo: un 67,27%, 27 puntos por encima de la media del colectivo LGTBI, de acuerdo a los últimos datos oficiales publicados por el Instituto de la Mujer, aunque otras mediciones elevan la cifra hasta un 85%. Otro número alarmante es el 40% de personas transgénero que aseguran haber sido rechazadas en entrevistas por prejuicios hacia su identidad.
Desde Apoyo Positivo, entidad que trabaja la diversidad, se ha atendido en 2021 a 150 personas en Madrid. De ellas, 54 eran personas transgénero, más de un tercio. Almudena García, su coordinadora, explica: “Algo que vemos mucho en hombres y mujeres transexuales es que no suelen pedir ayuda, porque no se sienten representados: no se identifican en los recursos sociales y de empleo disponibles”.
En cuanto a la dificultad de demostrar discriminación por transfobia o LGTBIfobia en el entorno laboral, es muy difícil. “Es mucho más sutil”, aporta Luis Sánchez, coordinador de asesoría jurídica del Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de Madrid, COGAM. “El Tribunal Supremo hace ya muchos años declaró despidos nulos por identidad sexual o de género, y se usan otros motivos”.
Ambas entidades reclaman la falta de existencia de planes de diversidad en las empresas. “Al igual que en su momento se avanzó en los planes de igualdad, es necesario en este sentido, pero no solo para el colectivo LGTBI, sino para cualquier tipo de diversidad, como puede ser la migración. Necesitamos entornos laborales seguros donde se nos juzgue por nuestro trabajo”, concluyen.

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