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El derecho a la apuesta contra el derecho a la ciudad

El libro ‘La apuesta perdida’ observa el conflicto de las casas de apuestas desde un punto de vista urbano y múltiple

La entrada de Madrid JP, una de las casas de apuestas en el Puente de Vallecas, en Madrid.
La entrada de Madrid JP, una de las casas de apuestas en el Puente de Vallecas, en Madrid.VICTOR SAINZ

En algunas casas de apuestas madrileñas, en sus cafeterías, se ofrece un café con leche y un par de porras, un buen desayuno, por bastante menos de dos euros. “En algunos casos hasta hacen la competencia desleal a los bares de la zona”, señala la antropóloga y periodista Cristina Barrial. Así, mientras asistimos a la disolución de los lazos y lugares comunitarios en la ciudad, estos locales atraen con este tipo de ofertas a personas migrantes, jubiladas, jóvenes o sin hogar, con la esperanza de que empiecen a jugar. A los más vulnerables. Puede pasar que alguien entre un día a tomarse un botellín de cerveza a un precio incomparable y acabe desarrollando una ludopatía.

El problema de las casas de apuestas no es unidimensional. Barrial y el economista Pepe del Amo, ambos militantes de los movimientos de barrio y contra las casas de apuestas, acaban de publicar el libro La apuesta perdida (Bellaterra), en el que exploran este problema en todas sus dimensiones, no solo la psicológica en torno a la ludopatía, que ha causado gran alarma social, sino su faceta política, urbanística, social. Desde este punto de vista, se trata de un conflicto colectivo.

Un día, en 2008, comenzaron a aparecer por el centro y los barrios populares (de bajos ingresos y alto desempleo) unos nuevos establecimientos adornados con luces de neón, fotos de estrellas del deporte, eslóganes que invitaban al riesgo. Eran las casas de apuestas y de juegos de azar que iban a empezar a hacer metástasis por la ciudad, sobre todo al calor de los años más duros de la crisis, en torno a 2012/2013, cuando crecía la desesperación. Una de las más notorias manifestaciones contra ellas se celebró en el distrito de Tetuán, en 2019, donde habían proliferado de manera muy agresiva por la calle Bravo Murillo. En el imaginario colectivo, sobre todo en el de los barrios, comenzaron a considerarse un problema. “El hecho de que su aparición, en vez de normalizarse, se problematizara, puede considerarse una victoria de los movimientos de barrio”, dice Del Amo, “ahora lo normal es que la gente no piense nada bueno de estos lugares”. Según el economista, el movimiento contra las casas de apuestas también significó un espacio fresco de socialización política, donde se generaba debate y que atrajo a muchos jóvenes: otras asociaciones y sindicatos ya estaban copados por las anteriores generaciones, aquí había un nuevo terreno para la crítica que construir. Un terreno que debería ser trasversal. Poco antes del estallido de la pandemia, en 2019, había 400 casas de apuestas en Madrid, en el 75% de los casos con la presencia de empresas como Sportium y Codere, según un informe de Federación Regional de Asociaciones de Vecinos (FRAVM).

Para los autores, las casas de apuestas se conectan con muchos otros asuntos de interés, como la publicidad, la cuestión de género (no juegan igual, ni por los mismos motivos, hombres que mujeres) o la financiarización: buena parte de las empresas de casas de apuestas han sido compradas por fondos de inversión. “Los fondos buitre aparecen allí donde se vende el Estado del Bienestar”, dice Del Amo, “en la sanidad, en la educación, en la vivienda o en las pensiones”. La proliferación de casas de apuestas en los barrios, en este sentido, está fuertemente vinculada a la falta de espacios de socialización, centros vecinales, espacios para la juventud, pistas deportivas, lugares donde los vecinos puedan conocerse, convivir, ayudarse o divertirse. Falta la infraestructura social que describe Eric Klinenberg en su reciente libro Palacios del pueblo (Capitán Swing).

Capitalismo neoliberal

Por supuesto, el imaginario y los modelos de conducta asociados a estos establecimientos están fuertemente imbricados en el capitalismo neoliberal. “En los anuncios se muestran hombres blancos de clase media que prosperan gracias a las apuestas”, señala Barrial, “una visión individualista, competitiva, una meritocracia falseada”. El hincapié de los eslóganes en la conveniencia de arriesgar, como un modo aventurero de existir, tiene un correlato en las vidas laborales de muchos jóvenes, que también se presentan como más excitantes cuanto más precarias sean. Precisamente, el pasado agosto, el Gobierno emitió un Real Decreto para regular la publicidad de las casas de apuestas. El gobierno central solo puede legislar sobre el juego online, la regulación sobre los establecimientos físicos cae sobre los hombros de las comunidades. En Madrid las casas de apuestas han de estar separadas al menos trescientos metros (en la Comunidad Valenciana son 850), aunque según los autores estas normas no suelen hacerse cumplir. En Madrid, antes de la pandemia, había cuatro veces más salas que en Barcelona, donde la regulación es más exigente.

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Curiosamente, la mitología de las casas de apuestas parece ser un compendio del malestar social producido por el propio sistema y hasta del rechazo al trabajo (que ahora vemos en el fenómeno de la Gran Dimisión estadounidense): el objetivo es hacerse de oro con facilidad y poder escapar de la miseria cotidiana a la que muchas personas se ven abocadas, en tiempos de creciente pobreza y desigualdad. “Es como si estas empresas estuvieran capitalizando el deseo de vivir de otra manera”, dice la antropóloga. Muchas personas no empiezan a jugar por placer, sino como una opción de desarrollo vital, buscando alcanzar un buen estándar de vida o una salida al atolladero.

El problema de las casas de apuestas es un fenómeno muy vinculado con lo urbano y, como se ve, es causa y consecuencia de muchos otros problemas. “Por eso nosotros lo vinculamos con el derecho a la ciudad”, concluye Barrial, “queremos que nos incite a repensar la ciudad en la que estamos viviendo”.

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Sobre la firma

Sergio C. Fanjul
Sergio C. Fanjul (Oviedo, 1980) es licenciado en Astrofísica y Máster en Periodismo. Tiene varios libros publicados y premios como el Paco Rabal de Periodismo Cultural o el Pablo García Baena de Poesía. Es profesor de escritura, guionista de TV, radiofonista en Poesía o Barbarie y performer poético. Desde 2009 firma columnas y artículos en El País.

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