Vetusta Morla, el latido más folk de los roqueros que amaban la épica

‘Cable a tierra’, el álbum más atípico del sexteto madrileño, abandera el reto de convocar a 60.000 espectadores en el Wanda Metropolitano

De izquierda a derecha, Jorge González (percusión), Álvaro B. Baglietto (bajo eléctrico), Juan Manuel Latorre (guitarra), Pucho (Voz), Guillermo Galván (guitarra), y David García ‘El Indio’ (batería), integrantes de Vetusta Morla.
De izquierda a derecha, Jorge González (percusión), Álvaro B. Baglietto (bajo eléctrico), Juan Manuel Latorre (guitarra), Pucho (Voz), Guillermo Galván (guitarra), y David García ‘El Indio’ (batería), integrantes de Vetusta Morla.Ricardo Rubio (Europa Press)

Que vayan claudicando esta vez quienes contemplan las ediciones físicas de los álbumes entre el desdén y el escepticismo. A veces, algunas veces, los cantores tienen razón y convierten sus publicaciones en pequeños acontecimientos culturales y hasta táctiles. Cable a tierra, el esperadísimo regreso a los estudios de Vetusta Morla, encaja en todos los patrones de un fenómeno ocasional que nunca se registrará en los casos de, supongamos, J Balvin, Alizzz o Eladio Carrión, por mucho que este trapero puertorriqueño provocara una súbita turbamulta al mediodía del viernes a su paso por la Plaza de España. Hablamos de universos casi paralelos: la banda más difundida y admirada que ha dado Madrid en lo que llevamos del ya no tan nuevo siglo XXI cuenta sus seguidores digitales por centenares de miles, pero sigue adscrita a los soportes en vinilo y cedé con un diseño virguero; en este caso, una filigrana entre apoteósica y aparatosa que no podrá pasar inadvertida en ninguna estantería. Hasta en eso, está claro, juegan en otra división.

El grupo nacido en Tres Cantos en 1998 insiste ahora en hablar de su sexto trabajo en estudio, pero se trata de un cómputo muy discutible a poco que reparemos en que MSDL – Canciones dentro de canciones (2020) era una simple secuela de Mismo sitio, distinto lugar (2017), con los mismos 10 títulos sometidos a lecturas y arreglos dispares. La realidad es que el sexteto nunca había tardado tanto –cuatro años– para abordar su reencuentro discográfico con la hinchada. Y todo ello explica la curiosidad casi ansiosa que despertaba este Cable a tierra, un reto al que la banda responde con una pirueta que parece salto mortal, y no precisamente pequeño. Porque este quinto (o sexto) álbum de Pucho, Guille, Juanma, David, Álvaro y Jorge es el que más se aparta de los cánones establecidos desde 2008, el menos vetusto en términos apriorísticos. El más audaz. Ser valiente no es solo cuestión de suerte, sino de actitud. Y el ejercicio de valentía que encierran estas 10 nuevas canciones se coloca, desde ya, entre los grandes acontecimientos que tendremos que asignarle en su haber a 2021.

Portada de 'Cable a Tierra', nuevo álbum de Vetusta Morla.
Portada de 'Cable a Tierra', nuevo álbum de Vetusta Morla.

“Que a tu banda favorita aún le queden muchos años / y que su mejor canción aún esté por venir”, canta Pucho en Al final de la escapada, epílogo del álbum y una de las piezas más luminosas y estimulantes que VM ha registrado en estos ya casi tres lustros de carretera. Late un espíritu evidente de resarcimiento a lo largo de estos fugaces 35 minutos, con seguridad derivado de la pandemia y sus quebrantos. Pero en Cable a tierra también intuimos una reacción frente a la naturaleza más fría, sofisticada e industrial de Mismo sitio, distinto lugar, un álbum muy berlinés más allá de su materialización geográfica, en los míticos estudios Hansa. Esta apelación al terruño suena casi a reseteo, a reencuentro con las esencias. Casi nadie lo había visto venir, pese a las pistas que, como miguitas de pan, iban jalonando el camino. Pero la banda de rock más épica y multitudinaria del país se ha decidido a lanzar un soberano órdago con la carta de las formas tradicionales como gran baza.

Hay vitalismo a rabiar, sin duda, en este álbum riquísimo, desbordante; arrollador como el paso de un río, en pleno deshielo, bajo el puente de entrada al pueblo. Puede que algunas, o bastantes, de estas nuevas composiciones desconcierten a muchos seguidores, acostumbrados a un sonido más coreable y propicio al salto abrazado. Pero había ya indicios de dulcificación en el quehacer melódico de Guille Galván y Juanma Latorre, los grandes alquimistas en esta maquinaria fabulosa de seis ejes. Lo barruntamos hace años con piezas como Alto, Puntos suspensivos o Profetas de la mañana, espléndidas pero muy lejos de figurar entre las más divulgadas del repertorio. Y más recientemente no teníamos más que prestarle atención a Los abrazos prohibidos, el himno que les regalaron a los profesionales de la sanidad en lo más crudo de la primera ola coronavírica. O a Reina de las trincheras, la nana que encabeza la soberbia banda sonora, instrumental y casi ambient en el resto de su desarrollo, para La hija (Manuel Martín Cuenca). Los académicos, torpes de cintura, han ignorado esta faceta audiovisual en un olvido que vuelve a dejar en mal lugar a las dos categorías musicales de los Goya.

La propia reformulación de Canciones dentro de canciones también tenía algo de autoenmienda, como si los de Tres Cantos se revolvieran frente al capítulo que protagonizaron con Mismo sitio... Pero Cable a tierra llega mucho más lejos. Sin red de seguridad, como si habláramos de unos neófitos audaces con poco que perder, los seis músicos se embarcan en un laberinto de alusiones a copla, canción española, cantos de labor, compases de diez por ocho, panderos cuadrados e instrumentos de cuerda tradicional, e incluso incurren en la audacia extrema de samplear un motivo de No me quieras tanto, la canónica copla de León, Quintero y Quiroga, para La virgen de la humanidad. Ese corte en concreto ya se adelantó en septiembre, quizá para que la afición fuera acomodándose a su nueva mirada ojiplática (y al guiño a Charly García y su título Nos siguen pegando abajo, que encierra veneración por el argentino).

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Los otros dos avances del álbum resultaron también esclarecedores, puesto que tanto Puñalada trapera como Finisterre son piezas de acentuado sustrato folclórico, que no desentonarían en los repertorios de El Naán o Xabier Díaz. El guitarrista Latorre se ha familiarizado con guitarros o salterios, igual que David García “El Indio” ejerce casi más de percusionista multitarea que de batería al uso. También hay bastante de melodrama cinematográfico y coplero en la absorbente Corazón de lava, mientras que la antes mencionada Al final de la escapada, desde su latinidad, insinúa una banda de gaitas que los vetustos no se han atrevido a incluir en el colofón. Una pena: podrían haber dejado para la posteridad su particular Mull of Kintyre.

Un universo estilístico y sonoro

No todo es musgo y trilla, con todo. Más allá de esta convencida y orgullosa idiosincrasia terruñera, seguimos enfrentándonos en última instancia a una banda de rock con guitarras. Y es muy meritorio que el universo estilístico y sonoro de Vetusta Morla prevalezca incluso en unos parámetros que cualquiera imaginaría alejados. No seré yo es el más abrumador de los episodios enérgicos, con el atractivo adicional de una interpretación vocal fabulosa de Pucho (más vulnerable que nunca; mejor cantante, incluso reeducado en técnica, durante todo el elepé) y el arsenal de virguerías sutiles que proporciona la producción de Carles Campón, Campi, ese hechicero catalán que ya había puesto en marcha su máquina de chiribitas en trabajos de Drexler, Xoel López o Natalia Lafourcade. También hay rock orgulloso y enrabietado en Palabra es lo único que tengo, de los pocos episodios, a priori, propicios para desmelenarse cuando estos 10 cortes acontezcan sobre las tablas.

Falta tiempo aún, pero hay miles y miles de seguidores inmersos ya en la cuenta atrás. Por primera vez en su trayectoria, Vetusta Morla pugnará el 24 de junio de 2022 por reventar un estadio, el Wanda Metropolitano, en el que pueden congregarse cerca de 60.000 almas. Una cifra inmensamente más abultada que la de esos 38.000 espectadores que se reunieron a verlos en la Caja Mágica el 23 de junio de 2018, un hito que entonces se consideró histórico. A juzgar por el ritmo de venta de localidades, podemos pronosticar que se agotarán.

Hay, en fin, mucho que escuchar y paladear en un álbum breve pero intensísimo; esperanzado pero ácido, como en sus consideraciones sobre la inteligencia artificial (La virgen de la humanidad) o en esa demoledora alusión al “lorazepam y gasóleo” que formula La diana. Y hay, por si fuera poco, una balada de belleza sublimada, Si te quiebras, que coge el testigo de Al respirar en los parámetros de la “canción más bonita del mundo”. Que no llegaba, glubs, desde la playa de la Concha, sino surcando la áspera meseta. Por más que se les busque las cosquillas a Vetusta Morla, apresúrense a desistir: de momento siguen siendo insuperables por estos pagos.

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