FLAMENCO

El ‘eau de potaje’ de Maui de Utrera

La cantautora cocina y rinde homenaje a sus raíces este domingo en el Teatro Flamenco Madrid en compañía de Rozalén

Maui de Utrera en el espectáculo 'Domingos de vermut y potaje'.
Maui de Utrera en el espectáculo 'Domingos de vermut y potaje'.Paco Manzano / Paco Manzano

En cada función de Domingos de vermut y potaje, Maui de Utrera acostumbra a repartir entre los espectadores raciones del guiso que prepara en el escenario durante su espectáculo, hecho de flamenco, teatralidad y humor. Las actuales normas sanitarias no permiten a los asistentes socializar en la sala, pero María Luisa Ramírez (Utrera, Sevilla, 43 años), la artista que se esconde detrás del personaje, no piensa renunciar a cocinar en la cita de este domingo en el Teatro Flamenco Madrid. “Al menos el olorcillo, el eau de potaje, les va a llegar”, anuncia con determinación la andaluza. Se ha planteado hasta servirlo en tarteras para que se lo lleven a casa. “Se suele poner entre el público, un gitano lo bendice. La gente se queda charlando y pasan cosas fenomenales y extraordinarias, propias de cualquier fin de fiesta gitana”, dice esta cantautora de flamenco fusión. Esta vez, se hará todo de forma más simbólica, pero la esencia seguirá viva.

Maui de Utrera es el colorido personaje tras el que se esconde María Luisa Ramírez.
Maui de Utrera es el colorido personaje tras el que se esconde María Luisa Ramírez.Miríam Yeleq

A cada función acude un invitado nuevo. Desde que comenzaron en 2018, ya han pasado por allí para actuar y ayudar en el fogón Javier Ruibal, Antonio Carmona y la Mari de Chambao, entre otros muchos. “Nos atrevemos a traer a personajes muy diferentes. No nos da miedo el contraste”, dice la de Utrera. “Rosario La tremendita tenía una manera especial de echar las hojas de laurel y de cortar el choricito. Vi que era muy apasionada. Además de cantaora, podría ser cantaora-chef. Y a Antonio Canales le gustaba mucho remover… y probar de vez en cuando a ver cómo estaba el puntito de sal”.

En esta ocasión, será Rozalén quien esté con Maui de Utrera en el escenario. Es una cita que quedó pendiente antes de la pandemia. “Tiene una voz y una forma de componer que son sanadoras. Es una tía bastante divertida. Y le tenemos preparada alguna sorpresa”, dice misteriosa. En eso consiste buena parte de Domingos de vermut y potaje, en dejar que las cosas ocurran porque sí. “Me gusta que en un espectáculo haya unos andamios sólidos y un guion, pero que también haya espacios vacíos en los que pueda suceder la magia del momento”. Es la herencia familiar que mantiene viva con este montaje, comenta quien ya cantaba de niña en la cocina, ante su abuela. El nombre artístico de su tío Bambino nació precisamente de las actuaciones que el cantaor ofrecía ante multitudinarios potajes como los que ella ahora reivindica. “Era un artista imprevisible. Nunca cantaba una misma canción de la misma manera. Jugaba a frasear rítmicamente y con el sentimiento. Mi padre Miguel Ramírez tocaba la guitarra con él y siempre me contaba que nunca podía llevar el piloto automático, porque transformaba las cosas sobre la marcha y había que estar muy atento para seguirle el ritmo”.

“Algunos tablaos flamencos, también fuera de Madrid, ofrecen ojana [un producto adulterado]. Detrás de esos sucedáneos hay mucha explotación detrás, sin contratos formales, horas de trabajo abusivas y con falta de respeto al espectador extranjero”.

Desde que la cantautora llegó a Madrid hace unos años, siente que la ciudad le ha dado alas. Aterrizó directamente en Malasaña. “Aunque parezca curioso, yo siento que es un lugar muy flamenco, sin los hipsters tener ni idea de que lo son. Esas colas que se forman en los mercados, esa modernidad tan exagerada que da la vuelta y regresa a los orígenes. Es puro flamenco”. En su canción más reciente, De Madrid al cieno, la cantante quiso fotografiar esa moda del éxodo hacia lo rural nacida entre la generación millennial en los largos meses de pandemia. “Me apetecía hacerme en la canción un Paco Martínez Soria a la inversa. El campo, al final, es muy duro. Lo hemos idealizado, pensando que la solución a todos nuestros problemas es ir allí y transformar aquello, lo cual es grave. ¿Qué sentido tiene que quieras desconectar del mundo y vayas a un sitio en el que necesites el wifi? ¿Por qué necesitamos poner filtros de Instagram a las gallinas?”, se pregunta.

La bailaora María Pagés comentaba a este periódico el pasado verano que el cierre en cadena de los tablaos flamencos del centro de Madrid durante la crisis del coronavirus tiene también que ver “con un modelo más enfocado en el turismo, que deja la parte artística en un segundo plano y da malas condiciones laborales de sus trabajadores”. Ramírez coincide con ella. Considera que no hay un flamenco para extranjeros y uno para españoles. “Da mucha pena que los templos del flamenco no estén funcionando. Pero algunos tablaos, también fuera de Madrid, ofrecen ojana [un producto poco puro y adulterado]. Detrás de esos sucedáneos hay mucha explotación detrás, sin contratos formales, horas de trabajo abusivas y con falta de respeto al espectador extranjero. Hasta los japoneses saben de flamenco ya más que nosotros y debemos ofrecer siempre un espectáculo profesional y pasional, esté quien esté delante de nuestro escenario”.

Por su teatralidad en escena, Maui de Utrera se ha quedado con el término cantantriz. Pero, a pesar de sus estudiados estilismos, llenos de color y caos, no le convence dar el paso a mocatriz y añadirle algo de modelo a su receta artística. “Como tantos otros, mi timidez hizo que necesitara crearme un personaje en escena. Y la forma de vestir ayudó mucho a ello. Cuando empecé, iba siempre vestida de negro. Tocaba el violonchelo y me escondía siempre detrás del instrumento. Escribía canciones o hacía coros para otros artistas. Maui nació para ayudarme a estar yo en primera línea. Es un personaje muy similar a Spiderman o E.T., una superheroína colorista y divertida. Y yo no veo a una modelo riéndose tanto de sí misma”, defiende.

Información: Domingos de vermut y potaje. Cuándo: domingo 28 de febrero a las 13:00 horas. Dónde: Teatro Flamenco Madrid (Calle del Pez, 10). Precio: 25 euros



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