LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

Un confinamiento cinco estrellas en La Moraleja

El barrio con la renta más alta de España permanecerá cerrado dos semanas por el aumento de los casos de covid

Ambiente en la Moraleja, este viernes, después del anuncio del confinamiento.
Ambiente en la Moraleja, este viernes, después del anuncio del confinamiento.Víctor Sainz

Si en algún lugar te tienen que encerrar la verdad es que este no parece un mal sitio. La Moraleja, el barrio con la renta media más alta de toda España, se cerrará perimetralmente a partir del lunes al superar el umbral máximo de casos acumulados de covid-19 por 100.000 habitantes. Alguna de la gente más rica del país permanecerá confinada durante dos semanas en esta cárcel de oro.

Nacho Jiménez, dueño de una agencia de marketing, lleva viviendo aquí año y medio. “Esto es un micromundo, una burbuja perfecta. Tienes casas grandes, jardines, supermercado, restaurantes, farmacia, lo que te haga falta. ¿Me quieres encerrar aquí? Pues perfecto. Encantado”, dice Jiménez, feliz.

Está de sobremesa con sus amigos. Uno de ellos cuchichea para que no se informe al visitante, como si dar a conocer los secretos de este mundo exclusivo fueran a acabar con su encanto. Pero Jiménez ignora las advertencias, se trata de un hombre libre: “No va a influir mucho la medida. Creo que no va a cambiar nada. Seguiremos haciendo nuestra vida tal cual”.

A Nuria, su pareja, le sorprende el dato tan alto de contagios, una tasa de incidencia de 403,75. 3,75 más del límite para confinar un área. ¿Por qué aquí, si hay campo, espacios vastos, 300 metros cuadrados para una familia de cinco y los desplazamientos se hacen en coche? A pie o esperando en la parada del autobús solo se ve al personal de limpieza o a los jardineros. “Me sorprende porque aquí no hay tanta acumulación social. No puedo dar una explicación”, dice con el mismo estupor que invade al resto de españoles desde que comenzó la pandemia.

Eduardo, de 48 años, no parece estar tan de acuerdo en que nada va a cambiar. Él juega una vez en semana en la Real Sociedad Hípica Española Club de Campo, junto al río Jarama. No podrá entrenar el drive durante dos semanas. Ni ir a cenar a Madrid en los mejores restaurantes. Sin embargo, no hay ninguna muestra de rebeldía en él. “Se asume y ya está. Será justo. Mala suerte. Nos adaptamos”, concede.

Cruzar los muros de la Moraleja, que pertenece al municipio de Alcobendas, supone entrar en un mundo de calles empedradas, coches caros, restaurantes con menús poco asequibles y muchos trabajadores al servicio de los más pudientes. En la primera rotonda hay guardas de seguridad y coches de vigilancia. Hombres con petos amarillos buscan aparcamiento a conductores que tienen una cita. Justo ahí se levanta un pequeño centro comercial donde hacen vida los habitantes del gueto. María Dolores cree que aquí se promueve la endogamia y cierto aislamiento social.

Ella trató de romper con eso comprando una casa en la costa de Levante, en vez de Marbella, que en verano parece una extensión de La Moraleja. Los mismos rostros que se saludan, aunque con moreno de playa. En este factor, el de la segunda residencia, cree María Dolores que está la clave. “Nos cierran porque los de aquí tienen dos casas, y se van. No todo el mundo tiene dónde ir. Es una forma de evitar que viajemos por ahí”, explica con una bandeja de pasteles de Embassy, una tienda gourmet.

“Aquí la gente es más sencilla que en el barrio de Salamanca”, sentencia Piedad Perea, de 71 años. Sabe de lo que habla. Antes vivía allí. Para gestionar con más comodidad el estanco que abrió su hija en el barrio se alquiló un apartamento pequeño en El Soto de la Moraleja, una urbanización con viviendas más asequibles en la que vive una clase media acomodada. Ante el estanco estacionan porsches, mercedes todoterreno, descapotables. “Esto es una jugada política para contentar a los de Vallecas, que dicen que solo encierran a los pobres. El Gobierno está en contra de la gente que mantiene el país, de los capitalistas”, se acalora.

Un rico encerrado no menea la cartera. Y eso lo van a notar los negocios que colindan con el barrio, de cuya gente obtienen muchos beneficios. O al menos eso piensa Arantxa, de 48 años, dueña de una tienda de ropa en un centro comercial cercano. Licenciada en Ciencias Políticas, todo lo ve desde una perspectiva de adoctrinamiento y manipulación. Aunque en este caso no sabemos de qué clase. “La gente de aquí no va a salir y perderemos clientes. De mí dependen cuatro familias. Parece que nadie entiende esto”, se queja, en medio de la oscuridad. La noche se ha echado encima. Las luces de La Moraleja se encienden de golpe. De fondo se escuchan risas de la gente que atesta las terrazas. Nada parece preocupar a los próximos prisioneros de una celda de algodón.

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