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Siguen vivas

Las cabinas no han desaparecido de las calles

Una mujer usa una cabina telefónica en Madrid.
Una mujer usa una cabina telefónica en Madrid.kike para

La melodía de los Nokia, el tamaño de esos zapatófonos que pesaban un quintal y no podían llevarse en el bolsillo sino en carretilla, la alegría flúor de los Alcatel One Touch easy, los mensajes a 25 pesetas, juntando las palabras para no tener que enviar dos y pagar 50, quedarse sin saldo en el punto más álgido de la conversación más crucial, recargar el móvil en el locutorio… Son recuerdos que deben tener algo más de dos décadas, localizados en la era pre-euros y se refieren al inicio de la telefonía móvil. Su nacimiento supuso la cuenta atrás para la eliminación de otros artilugios de comunicación como, por ejemplo, las cabinas.

Ver esos mamotretos deficitarios que ya casi nadie usa fue como subirme en el DeLorean y viajar unos cuantos años atrás.

Sin embargo, aún no han muerto. En solo una semana, me he encontrado dos en mi localidad. Ahí andaban, enhiestas, cuales reliquias que han optado por burlar al tiempo y que parecen ajenas a la nostalgia que generan. Me transportaron a un momento en el que las cabinas eran como huchas. Venga, reconózcanlo, más de uno y de dos hemos metido los dedos en el hueco en el que caía el cambio por si al usuario anterior se le había olvidado cogerlo y eso servía para que pudiéramos prolongar la llamada en curso. Si, por lo que fuera, no nos aceptaba la moneda, recurríamos al viejo truco de frotarla en alguna superficie rugosa para que entrara mejor. Sin duda, se trata de una acción tan estéril como la de apretar más fuerte los botones del mando a distancia, cuando lo que le sucede es que no tiene pilas, con todo, no hay día en el que no lo intentemos. Llámenlo costumbre o superstición.

Ver esos mamotretos deficitarios que ya casi nadie usa fue como subirme en el DeLorean y viajar unos cuantos años atrás. Me acordé de cuando necesitaba tener charlas confidenciales y en casa resultaba imposible, puesto que el teléfono (fijo, claro) estaba en el salón. Ahí la intimidad no cabía, por lo que me bajaba a la calle, con dinero suelto y me liaba a cascar sin testigos conocidos. Porque testigos sí había, claro, quienes estaban fuera o a unos metros esperando su turno, abrasados o congelados. Las cabinas escucharon mis primeras conversaciones con chicos. A fin de evitar que lo cogieran mis padres, era yo la que llamaba. A veces, lo cogían los padres de él y me daba una vergüenza máxima, hasta cambiaba la voz.

Era una época en la que llamar a una provincia que no era la tuya resultaba carísimo y decíamos que estábamos haciendo una conferencia. Pese a que pudiéramos efectuarla desde casa, si lo hacíamos desde la cabina, controlábamos cuánto nos estaba costando. Era el truco para evitar los sustos de la factura.

En las cabinas me hinché a hacer bromas telefónicas, a lo Bart Simpson pero más cañí y, probablemente, con mucho menos ingenio. Sí, regalaba mi exigua paga de los domingos a Telefónica. Con algo más de edad, y a fin de evitar infartos maternos o paternos, me servían para avisar (y mentir): “Mamá, que he perdido el búho, llegaré una hora más tarde”. Y así, descansaban.

Ahora las miro, casi inútiles y pienso que con esto de la covid-19 no podríamos ni usarlas… Maldita pandemia.

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