GENTE PARA TODO

Un San Isidro pasado por covid

Este 15 de mayo la pradera en la que se celebra al patrón de Madrid permanecerá vacía, pero algunos habitantes de la ciudad se vestirán de chulapos para festejar el día

María Dolores Álvarez y José Luis Campos, vestidos de chulapos en el patio de su casa desde el que amenizan a sus vecinos.
María Dolores Álvarez y José Luis Campos, vestidos de chulapos en el patio de su casa desde el que amenizan a sus vecinos.DAVID EXPÓSITO

Goya y Galdós, dos madrileños que nos contaron su San Isidro. Sí, ellos no pueden recitar eso de “Madrid, Madrid, Madrid, pedazo de la tierra en que nací”, pero tanto el pintor maño, como el escritor canario vivieron la ciudad y en la ciudad. Les marcó en la vida y la marcaron. Y en la víspera del día que se celebra el patrón de la capital, cuando calles como la de Toledo o las que rodean a Las Vistillas, protagonistas de obras del literato como Fortunata y Jacinta o Nazarín, estarían a rebosar, tal y como pintó Goya La pradera de san Isidro, recordemos qué se pierde la ciudad sin fiestas.

Una se acerca al paseo del Quince de mayo, a sabiendas de que allí no pasa nada. Lo que otro año por estas fechas sería una calle cortada por las vallas amarillas del Ayuntamiento y algunos agentes de policía controlando, ahora se ha transformado en algunos repartidores con sus grandes bolsas cúbicas esperando que una cadena de comida rápida de esas en las que el pollo viene en cubos de cartón o que un restaurante chino, con vajilla similar, les sirvan los pedidos. Un poco más allá una fila que acaba en una farmacia, si hace tres meses vemos una cola de una farmacia en una acera, como poco pensamos que está Rosalía dentro.

¿Y el olor? ¿A qué huele? Ahí, normalmente, olería a gallinejas y entresijos, a unos metros está Casa Enriqueta, que los lleva haciendo desde 1958. Y no huele, pero tampoco deja de oler, hay algo raro en el ambiente… Me acerco para saber qué ocurre y según voy viendo la terraza vacía, sin mesas ni sillas y con las sombrillas plegadas, el olor se va acentuando. No es el que inundaría la calle y con el que no sé cómo convivirán los vecinos otros años por estas fechas pero ahí están: sirviendo a domicilio. Evidentemente no harán la caja de otras temporadas, pero van saliendo pedidos. “La semana pasada, cuando no se sabía si Madrid pasaba a la fase 1, yo estaba temeroso. Hay tantos pedidos para el día de san Isidro, que si además tengo abierta la terraza no damos abasto”, dice Rami, que junto a su hermana Berta, es la quinta generación de su familia en llevar este negocio que empezó su tatarabuela con un puesto en el Puente de Toledo. Explica que en marzo, cuando se decretó el estado de alarma, todavía no había contratado a nadie de refuerzo y no lo ha hecho. Tiene una terraza amplia en la que podrá mantener bien la distancia entre mesas, se le ve positivo. Eso sí, espera que llueva mañana. “Ya que cada ciertos años toca un San Isidro lloviendo ―que nos arruina― a ver si puede ser este y el que viene que luzca mucho el Sol”.

En el paseo por el que el viernes transcurriría el pasacalles con gigantes, cabezudos, chulapas, chulapos, autoridades (“el número aumenta o disminuye según lo cerca o lejos que estén las elecciones”, comenta José Luis Campos, presidente de la Agrupación de Madrileños y Amigos Los Castizos) y multitud de madrileños (da igual donde hayan nacido) camino de la ermita del santo solo se ven alguna urraca campando a sus anchas, coches aparcados, vecinos paseando perros…

―¡Adiós!, saluda una mujer.

―¿Qué tal el niño?, responde otra desde la acera de enfrente.

Los carteles del tanatorio y el cementerio de San Isidro, que con los puestos y la feria quedarían ocultos, parecen estar recordando el momento que vivimos con más de 8.700 muertos por covid-19 en la Comunidad de Madrid. El otro lado de la moneda deja al descubierto un parque de juegos sonoros, imposible de distinguir con casetas de encurtidos, bocadillos de chorizo o rosquillas que estarían más amenizadas con reguetón que con chotis y zarzuelas. Hacia el otro lado se ven aún los pináculos que resisten del estadio Vicente Calderón.

Pináculos como si de una catedral se tratara, para algunos como Campos lo era. Prueba de ello es el pin del Atleti que lleva en su chaleco de chulapo. En días como estos no se despegaría de su parpusa (gorra del traje de castizo). Este año es diferente. No bailarán en Las Vistillas, donde el que no vaya nada más que para las fiestas de Madrid, ya sean las de San Isidro o las de la verbena de La Paloma, ahora puede ver como hay un campo de fútbol de cemento. Este año el escenario no sustituye a las porterías. Campos y su esposa, María Dolores Álvarez, siguen bailando chotis, y lo que se tercie. Lo hacen en el patio de su casa, los fines de semana, a la hora del aperitivo, amenizan al vecindario. En condiciones normales, llevarían toda la cuarentena de festejo en festejo. En Madrid hay muchas tradiciones que conocen muy pocos y que tanto su asociación como la Federación de Grupos Tradicionales Madrileños intentan mantener y dar a conocer.

Federico Gómez Villanueva, presidente de la federación, dice que en Madrid no se cuidan las fiestas. Repasa las que se hubieran celebrado en este periodo de confinamiento: en abril la elección de la maja y el majo, alude a los representados por Goya, y a la figura de la fallera mayor en las fiestas valencianas. Desde luego, en comparación, los madrileños salimos perdiendo. El homenaje a La Chata, la hija de Isabel II, más querida por los habitantes de la capital. El domingo pasado, se hubiera celebrado la fiesta de las mayas en Lavapiés, una exaltación de la primavera, como se conmemora en muchos lugares de Andalucía con sus Cruces de Mayo y los Patios cordobeses, pero Madrid vuelve a perder. Para llegar a la fiesta grande, San Isidro, cuando chulapos y chulapas pasean y bailan en la pradera. Ya se sabe, el hombre firme, pies juntos y rodillas pegadas, la mujer le gira hacia un lado y hacia otro. “La mujer es la gasolina del chotis”, bromea Gómez, “es la que mueve al hombre”.

Ellas se lucen más, su traje es más vistoso. “Muy ceñido hasta un poco más arriba de la rodilla, un gran escote delantero y las mangas jamón, con mucho volumen”, describe Virginia Molina Sánchez, que tiene un taller en Móstoles y es una de las pocas modistas que recibe encargos de trajes castizos y goyescos. “Soy una modistilla”, cuenta recordando que ella es de “Madrid Madrid”, su abuelo tenía una fábrica de baúles en la calle Mira el Río, en pleno Rastro, donde ella nació.

―¿Va a vestirse este San Isidro?

―¡No lo había pensado! ¡Puedo salir a dar mi paseo vestida de chulapa! ¡Ay, qué idea me has dado!

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