GENTE PARA TODO

El teléfono como animal de compañía

Los ratos de charla, el compartir y las noticias de los más cercanos llegan, estos días de cuarentena, a través del teléfono, también las quejas y los miedos. El Ayuntamiento de Madrid ha creado una plataforma que une a las personas mayores con voluntarios que les atienden por vía telefónica

Una mujer habla por teléfono.
Una mujer habla por teléfono.Víctor Sainz

Hay quien salva vidas, pero también hay quien salva ratos que dan la vida. La vida a Antonio Pérez, de 77 años, se la da el “whiskycito” de la tarde, su teléfono y la música. “Antonio de Córdoba o Antonio el Cordobés”, así le conocen en Madrid, dice. Le llamaban El Cordobés cuando venía a la ciudad de joven, era “viajante de joyerías” y recorría toda España, pero en Madrid se solía quedar una temporadita. Se alojaba en el barrio de Salamanca, “en la calle del Doctor Esquerdo”, especifica. “No me cuidaba yo mal, ¡eh! Por el día trabajaba y por la noche iba a bares y cabarés, al Pasapoga, al Corral de la morería En todos me conocían, decía: ‘Ahí viene El Cordobés”.

Los voluntarios de Minutos en compañía ―una iniciativa organizada por el Ayuntamiento de la capital y la ONG Adopta un abuelo que consiste en facilitar un número de teléfono a personas mayores para que estos días, en los que no pueden salir de casa y tampoco reciben visitas, lo marquen y pasen, como su nombre indica, unos minutos en compañía― conocen a Antonio Pérez como Antonio de Córdoba. Es una de las llamadas recurrentes, normalmente no saben quien se pone en contacto con ellos por la protección de datos. “Este señor no es lo general, lo normal son llamadas que no se repiten”, comenta Eduardo Guerrero, uno de los voluntarios. Pero Antonio llama y canta. Así pasa un rato de su día.

El caso de este hombre es particular porque él llama para compartir su alegría y su música. No recuerdo muchas conversaciones telefónicas tan salpicadas de coplas, boleros y tangos. Dice que Radio Armonía le hace mucha compañía. El día que hablamos por teléfono él se transformó en mi radio en una llamada que fue una entrevista-musical. “Se te nota en la mirada, que vives enamorada, te acompañado la suerte…”, me cantaba. “Antonio, si no ve usted mi mirada, no sabe cómo la tengo”, repliqué. “Como me sigas llamando de usted no voy a parar de cantar”, amenazó. Y sí, me salté el Libro de estilo y comencé a tutearle. Pero claro, el manual no dice nada de las entrevistas cantadas.

Que hay entrevistados pa’to es tan cierto como que hay gente pa’to y como que el 919 490 111 (para Madrid) y el 951 128 027 (para Andalucía) los marcan gente pa’to. Otra voluntaria, Davinia Márquez, cuenta que se rio mucho cuando recibió una llamada de una señora que solo tenía 20 euros en casa y estaba preocupada porque le iban a hacer la compra y no se fiaba de nadie para dejarle la tarjeta. Tampoco quería pedirle prestado dinero a la vecina por si llegaba la enfermedad y no le daba tiempo a devolvérselo. No quería dejar deudas. “Tengo que tenerlo contemplado por si acaso”. Márquez le explicaba posibilidades y cuenta que la señora era majísima y divertida. Esa llamada resume algunos de los problemas importantes a los que siempre se enfrentan las personas mayores, ahora agudizados por la presencia del coronavirus que, además, se ha cebado especialmente con los ancianos. La brecha digital: en tiempos en los que hay quien cree que no tener Bizum (para pagar a través del móvil) es ser una antigualla; otras personas ni siquiera tienen interiorizado el uso de la tarjeta. De una manera nada dramática, más bien previsora, esta mujer mostraba el miedo a enfermar de covid-19, y no solo a enfermar, también a morir. ¿Cómo se trabaja ese miedo si se ha bombardeado con la especial virulencia de la enfermedad con las personas de avanzada edad? Esta es una tarea pendiente.

Miedo y soledad

A otros se les ve el miedo y la soledad en la primera sílaba que pronuncian. No podía ser de otra manera en una de las llamadas que atendió la voluntaria Carmen Ascaso Ciria, era una señora que acababa de perder a su marido. Márquez lo tuvo algo más fácil cuando habló con Concha, a quien se le acababa de morir una amiga que vivía en Barcelona y a la que le encantaba ir a visitar. La voluntaria es de allí y ambas hablaron de sus vivencias en la capital catalana.

Vivencias son lo que cuentan, los que cogen el teléfono y se atreven a marcar. Los voluntarios coinciden en que la mayoría son personas que viven solas y aunque tienen familiares a veces no quieren molestarles con sus preocupaciones o se sienten incomprendidos. “Mis hermanas ya no me hacen caso”, le decía una mujer a Ascaso. Bastante parecido es lo que cuenta Antonio Pérez, a pesar de su guasa, hay un poso de soledad cuando dice: “Mis hijos son despegaitos, como yo no les llame, ellos no me llaman”. Así que estos minutos, que son bastantes ―los voluntarios confirman que las llamadas suelen superar la media hora―, son realmente ratitos de vida y de lo que se podría denominar la auténtica compañía telefónica.

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