La crisis del coronavirus

El vértigo de los caseros turísticos: “Alquilar es un acto de fe”

Por ahora los dueños de pisos en Airbnb o Booking en Madrid no han dado un salto masivo al mercado del alquiler de larga duración

Antonio González, fundador de Apartyment Real Estate, gestiona cientos de pisos turísticos en Madrid.
Antonio González, fundador de Apartyment Real Estate, gestiona cientos de pisos turísticos en Madrid.Víctor Sainz

Antonio González gestiona 350 pisos para grandes y pequeños caseros de Madrid, muchos en el mercado turístico. Estos días de confinamiento en conversaciones por teléfono con sus clientes o en correos por escrito responde a la pregunta del millón: ¿Ganaré más dejando el piso para turistas o debería pasarlo al alquiler de larga duración?

Explica que la decisión depende de la ubicación —es más fácil seguir en el mercado si tienes un piso en la icónica Plaza Mayor de la capital— y de si los dueños son capaces de aguantar hasta la recuperación. “Hay mucho pequeño propietario que se compró un pisín para vivir de esto como sueldo extra y esos pobres se han arruinado”, dice González. Pero añade que también los peces gordos van a sufrir porque muchos tienen decenas de pisos hipotecados: “Aquí todos vamos a comer menos gambas y langostinos”.

Los movimientos que hagan estos y otros miles de propietarios en Madrid —hay entre 10.000 y 15.000 pisos turísticos— va a suponer una sacudida al mercado del alquiler tras años de “turistificación” del centro. De repente, viviendas de Malasaña, Chueca o Lavapiés que durante años ocuparon visitantes extranjeros podrían volver a ser habitadas por madrileños. Pero entrevistas con una docena de fuentes —propietarios y expertos inmobiliarios— sugieren que su anticipado éxodo hacia el mercado de la vivienda de larga duración no se ha producido. Dar el salto les da vértigo. Supone comprometerse con un inquilino por cinco años, como exige la ley, así que los que ya han puesto ofertas en los portales inmobiliarios exigen firmar por períodos cortos de tiempo, de varios meses, a la espera de que quizás el año que viene se haga la luz y retornen los turistas.

“Alquilar es un acto de fe”, dice Nacho Cuadrillero, de 52 años, casero de un par de pisos turísticos en Madrid. “Empiezas una relación con un desconocido y no sabes qué le puede pasar en su vida. De repente puede dejar de pagarte”.

Saber qué va a pasar es un enigma. El mercado del alquiler está prácticamente congelado porque en toda España está prohibido hacer visitas o mudanzas, aunque EL PAÍS ha comprobado cómo se siguen realizado visitas presenciales y se ofertan pisos para entrar a vivir ya. También hay muchas consultas pero nadie firma contratos porque hay miedo a estafas. En algún momento todavía desconocido se reabrirán las puertas. Será el esperado día 1, en el que todos observarán quién se mueve. ¿Cuánta oferta nueva habrá?, ¿qué harán los inquilinos?, ¿cuánto caerán los precios?

Portales y agentes inmobiliarios describen la situación como una calma tensa, una espera que carcome los nervios de muchos caseros. Solo un 11% de los alquileres vacacionales en Pisos.com han pasado a larga duración. Idealista dice que no pueden dar una cifra. Hay que examinar los anuncios uno a uno para saber si se trata de un piso que antes estaba ofertado en una plataforma turística como Airbnb o Booking. Un portavoz de Airbnb en España niega que se haya producido una caída significativa de los anuncios en su portal. “Sí hemos visto un aumento en la demanda de estancias medias (más de cuatro semanas)”, dice en un correo.

Maryam Ateca, agente de la inmobiliaria Solfai, está apuntando en lista de espera a los inquilinos interesados en ver los nuevos apartamentos en Malasaña que han entrado en el alquiler temporal. La semana pasada un multipropietario le dio la orden de ofertar de una tacada las 14 viviendas que tenía en Airbnb. Son alojamientos “de punta en blanco”, con precios muy rebajados: 700 euros por una habitación. Antes de la epidemia podían haber valido cerca de 1.000 euros. El día de la reapertura se producirá una negociación y quizás el casero recupere el mango de la sartén. Las soñadas rebajas se acabarían.

Pero a la hora de la verdad, nadie sabe si los inquilinos están llamando por verdadero interés o por aburrimiento. Muchos van a tener problemas económicos serios. Otra agente, Ana Solozábal, de la inmobiliaria Asset, añade otra incógnita: “Creo que mucha gente confinada en pisos interiores del centro con poca luz van a querer salir de ahí”.

Del lado de los caseros habrá quien no pueda aguantar mucho, como María José Pico, una casera de 61 años, que vive de los ingresos de dos pisos en la céntrica plaza de Tirso de Molina. Se considera privilegiada porque no tiene muchos ahorros pero tampoco tiene deudas, a diferencia de otros colegas a los que nota muy angustiados. También tiene un amigo privilegiado, dueño de “la joya de la corona”, un piso en la Plaza Mayor. Él seguirá teniendo turistas que quieran alojarse en un lugar de postal. “Lo mío son joyitas a su lado. Lo suyo es como tener un piso en la plaza de San Marcos de Venecia. Si te cae eso, estás forrado”.

Corrección: Una primera versión del artículo indicaba que Antonio González gestionaba 350 pisos turísticos. El artículo ha sido modificado para reflejar que muchos de los pisos de su cartera son de alquiler turístico.

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