LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

La cuarentena en pisos interiores sin apenas luz natural

La luz solar afecta a los ciclos circadianos. “Si tuviera un balcón para ver que pasa afuera o escuchar algo la soledad no sería tan mala aquí encerrada”, explica una vecina

La única ventana en el ático de Natalia Quintero (izquierda), la ventana de Pamela Orozco en el bajo donde vive, en Goya (superior y centro, a la derecha), y el piso de 20 metros en la calle Velarde donde reside Gabriela Rivera.
La única ventana en el ático de Natalia Quintero (izquierda), la ventana de Pamela Orozco en el bajo donde vive, en Goya (superior y centro, a la derecha), y el piso de 20 metros en la calle Velarde donde reside Gabriela Rivera.el pais (nombre del dueño)

Algunos habitantes de pisos interiores —muchos sin apenas luz natural durante gran parte del día— cuentan que a veces ni alcanzan a oír lo que pasa fuera. Tampoco los aplausos de las 20.00. La luz solar afecta a los ciclos circadianos (los cambios en el organismo en el ciclo diario, vinculados a la luz y la oscuridad). Por eso, pasar la cuarentena cuando la vista desde la ventana es una pared puede hacer que la situación se vuelva más difícil.

“Vivo en un bajo y no tengo luz natural en mi casa”, cuenta Pamela Orozco, de 26 años. Llegó hace seis meses a Madrid a hacer un máster en Psicología Clínica y ahora se encuentra pasando sus días entre 45 metros en la zona de Goya, por los que paga 880 euros al mes. “Si tuviera un balcón para ver qué pasa fuera o escuchar algo, la soledad no sería tan mala aquí encerrada”, dice Orozco. “La única ventana que tengo está en el salón y da a un patio interior en donde nunca he visto a ningún vecino”, afirma.

Natalia Quintero, de 26 años, vive con su novio en un ático de 25 metros en Argüelles por el que pagan 600 euros al mes. Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), de 2011, en la capital hay 13.994 viviendas con una superficie útil de menos de 30 metros cuadrados. La única ventana que tiene Quintero es más alta que ella y solo alcanza a ver los edificios que son más altos que el suyo.

“Nunca pasaba mucho tiempo en la casa, siempre estaba trabajando, así que nunca había sido un problema”, dice Quintero, que, como su pareja, tenía un empleo de camarera hasta que se decretó el estado de alarma y fue despedida. “Apenas tener luz hace que nuestros ciclos circadianos se desregulen y perdamos la noción del tiempo, dejando de recibir vitamina D, lo que puede hacer que nos sintamos tristes y cansados, en casos extremos esto nos puede llevar a tener depresión”, explica la directora del centro de psicología y psicoterapia Elijo, Sonia Muñoz.

Para la psicóloga, actos solidarios como los aplausos nos hacen tomar conciencia de que somos una tribu y que no estamos solos. “Son unos minutos que nos quitan la sensación de soledad y nos suben el ánimo”, dice. “Hay personas que no pueden conectar con estos aplausos por donde viven o estar en espacios reducidos con poca luz, pero ellos pueden salir al patio interior o hacer una videollamada con un familiar y formar parte de este tipo de actos y por lo tanto sentir que forman parte de un grupo”, apunta la psicóloga. Y agrega: “La ansiedad se puede dar cuando las personas piensan en las circunstancias económicas que esta etapa va a traer”.


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Gabriela Rivera, de 26 años también vive sola en un pequeño estudio en Malasaña (850 euros al mes de alquiler), enfrente del mítico bar de La Vía Láctea. “Lo único bueno de este virus es que he podido volver a dormir porque ya no hay ruido en mi calle, voy a salir rejuvenecida de esto”, dice. Rivera vive en 20 metros cuadrados, su sofá se convierte en cama toda las noches. “El balcón es mi salvación, me hace ver que todo el mundo está en la misma situación”, dice. Pasa sus días trabajando en su empresa de productos sostenibles como la copa menstrual. Está haciendo un master en marketing y sales management, pero como ahora han cancelado las clases, su rutina ha cambiado por completo.

“Cuando me aburro pongo música a todo volumen y empiezo a cantar en el balcón”, dice. Aunque lo ha intentado todavía no tiene ningún vecino con el que hablar de balcón a balcón, solo una paloma que la va a visitar. “Escucho a mis vecinos de arriba y sus orgasmos, a mi vecino de abajo y su perro, así he pasado mis días aquí, leyendo”, explica Rivera. “Lo más difícil es la incertidumbre de no saber que cuanto durará esto o si puedo salir, porque yo sigo viendo gente en la calle”, dice.

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