CORONAVIRUS

La última noche de terrazas en Madrid: “¡Es necesario el aire libre. No me quiero aislar de mi vida!”

El llamamiento de las autoridades a que la gente se quede en casa por el coranovirus hace que el jueves apenas hubiera cuatro gatos en Madrid

Alberto Sánchez, un portero de disco-pub en la calle Pozano del barrio de Chamberí, en la madrugada del jueves al viernes.
Alberto Sánchez, un portero de disco-pub en la calle Pozano del barrio de Chamberí, en la madrugada del jueves al viernes.DAVID EXPÓSITO

La calle Argumosa es la terraza de todos los vecinos de Lavapiés que sueñan con tener una terraza. Encontrar una mesa vacía es una lotería diaria. En la última noche de sillas y mesas abiertas en la capital, los madrileños optaron por dar la luz del salón de casa. A las 21.30, en esta vía de más de 20 bares en apenas 400 metros, había mucha gente tomando cervezas. A las 22.00, la mitad. A las 22.30, la mitad de la mitad. La italiana Raquel Decarlo, de 28, regenta el restaurante Prima Donna en un codiciado esquinazo. Un delicioso local de pastas y pizzas que en hora punta tiene una respuesta automática: “Pero, ¿tiene reserva?”.

Anoche solo fueron cuatro gatos a cenar. No había bullicio. Solo se escuchaba por Spotify al cubano Ibrahim Ferrer versionando una de Los Panchos: “Nadie comprende lo que sufro yo. Canto, pues ya no puedo sollozar...”. Y tanto. “Nos cancelaron todas. Lo mismo nos está pasando con el fin de semana”. Sus padres, en Venecia, no paran de escribirle por el grupo de WhatsApp familiar: “Madrid acabará como Italia, hija, prepárate”. Por primera vez, estos cinco trabajadores no se han saludado con besos al llegar al trabajo. “Estamos manteniendo las distancias, pero los cocineros hacen las pizzas con las manos”. Ayer no hizo falta.

En un clima donde los abrazos y los besos están precintados, David e Isabel, de 33 y 37 años, van camino del décimo vermú en una mesita de metal. Han quedado por Tinder y... ya se han besado:

― Lo que no voy a hacer es ir a currar el sábado y hoy quedarme en casa, dice él.

― Estamos sobredimensionados con el jodido virus este, responde ella.

― Seguiremos de copas, la noche será larga.

En la mesa de al lado, Flor y Anita, dos amigas argentinas de 29 y 35 no podían más: “Es necesario el aire libre. Yo me agobio en casa. No me quiero aislar de mi vida. ¡Todo el mundo habla del coronavirus!”.

En la glorieta de Quevedo, otro rincón madrileño que sirve de preámbulo para el copeo, Eva y Sergio (nombres ficticios) se sientan en una terraza, colocan una servilleta en la mesa para poner su móvil encima y, al lado de su vino y su cerveza, dejan su líquido desinfectante para las manos. Los dos amigos no han tardado en encontrar su sitio: una mesa sin nadie alrededor. Su preocupación por la expansión del coronavirus es elevada, pero no ven problema en salir a la calle, siempre que no haya gente. “Lo que te va a hacer algo son las personas, que son los que te pueden pasar el virus”, asegura Sergio.

Desde el domingo, Eva, Sergio y su otro compañero de piso (un médico cuya información es la principal fuente de estos dos jóvenes) llevan una higiene extrema, que pasa por limpiar con agua y amoniaco sus móviles y los pomos de las puertas en cuanto llegan a casa. Todos los días se toman la temperatura. Reconocen, sin complejos, que ya de antes estaban un poco “loquitos con la limpieza”.

Pero este jueves han salido a la calle agotados por el teletrabajo. “A mí es que me duelen los ojos, me da jaqueca trabajar en casa”, cuenta Eva, que trabaja en banca. Han decidido tomar algo fuera, pero no con cualquiera. Horas antes, Sergio, ingeniero de telecomunicaciones, ha llamado al amigo con el que había quedado: “Oye, no quedamos, ¿no?”, le ha dicho. “Obvio, no”, ha respondido su colega. Desde el principio de esta semana, los tres compañeros de piso, vecinos del distrito de Chamberí, han acordado verse solo entre ellos tres, “salvo alguna excepción, como una movida hospitalaria”. Tras coger un móvil ajeno para ver la foto que les acaban de hacer, se limpian las manos, cada uno con su gel. A Eva se le cae en la mesa al volverlo a dejar. “Qué asco”.

En la calle Ponzano (#ponzaning para los que suben sus fotos a Instagram) suele haber porteros en una y otra acera. Esta noche, Alberto Sánchez, de 28 años, vestido de negro, con los brazos cruzados, es el único segurata en todo este tramo de bares nocturnos. “Nunca había visto esto así de vacío”, alucina. En un grupo de WhatsApp de colegas que se dedican a lo mismo están alarmados porque lo primero que hacen los negocios es deshacerse del tipo que resguarda la entrada. Sánchez acabaría el turno hoy en La Lianta y se iría a la discoteca de enfrente, La que faltaba, un garito semiescondido en la sede de una asociación de taxis. Pero la discoteca ha bajado la persiana. Así que no hay nada que proteger. “Se cierra Ponzano y nos vamos a ir todos a la calle. Va a ser una masacre”, cree, pensando en su trabajo. Aunque está muy concienciado con el tema de la salud: “Lo mejor es que esto pare, que nos quedemos en nuestras casas. Hay que darnos un mes. Ya volveremos a salir de marcha. La vida es más importante”.

Pero no todos están dispuestos a sacrificarlo todo. Dani, de 33 años, le había pedido una cita a Lourdes, de 32. Se conocieron a través de sus respectivos trabajos. Por la mañana, Dani le escribió un mensaje diciéndole que no pusiera el coronavirus como excusa. Ella dudó, pero al final aquí están, sentados en unas mesas del Tupperware, en Malasaña, en un local casi vacío con olor a cerveza incrustrado en las paredes. “Me siento como en First Dates”, bromea ella. Si esta relación va a salir para adelante no será por la visión tan distinta que tienen sobre la pandemia del coronavirus.

―Llevaba mucho tiempo China metiéndole caña a Estados Unidos. Desde que China es más fuerte que Estados Unidos ha pasado esto. ¡Qué casualidad! Es una conspiración. Estados Unidos sabía que iban a atacar Pearl Harbor y se dejaron. Ahora han hecho igual. ¿A que sí?, dice Daniel.

―No, no me creo nada de eso, replica ella.

El razonamiento de Daniel casa con el del portero del Tupperware, un señor con barba que fuma cigarros liados a mano. “Esto no es la peste bubónica ni las siete plagas de Egipto. Es todo un invento de los gobiernos”. Sin embargo, cuando su discurso supera los tres minutos, ha dado un rodeo para llegar justo a la conclusión contraria: “Esto es grave y nos están ocultando información. Juegan con nosotros, somos marionetas”.

Dentro, el idilio de Dani y Lourdes sigue tomando forma. Él está más entregado que ella. Como tampoco quiere quedar como un conspiranoico, ahora dice que toma muchas precauciones higiénicas para evitar el virus. No toca la puerta del metro, siempre espera hasta que otro apriete el botón, y golpea el torno con el codo. ¿Llegado el caso pasarían una cuarentena juntos? “Yo sí”, responde él sin pensárselo. “Si la paso”, añade ella haciendo una inflexión, “mejor acompañada, claro”. Nadie sabe si esta será su primera o su última noche juntos.


“Un pueblo que pierde la capacidad para convocar una reunión alrededor de la barra de un bar, es un pueblo muerto. Da igual que aún tenga habitantes. Como pueblo, es un cadáver”, escribe Juan Tallón en el libro de crónicas Mientras haya bares. El llamamiento de las autoridades a que la gente se quede en casa ha creado un Madrid mucho más cívico pero menos luminoso.


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