Paisajes valencianos del agua / II. El Palancia

Aguas para alimentar la joya negra y el Salto de la Novia

El río Palancia recorre realidades orográficas muy distintas y hace de la comarca un paraíso para excursionistas

Salto de la Novia, en Soneja (Castellón).
Salto de la Novia, en Soneja (Castellón).Joan Antoni Vicent

El Palancia nace en la sierra de El Toro, a 1.600 metros de altitud. El Toro, cuyo término municipal limita con Teruel, es una de esas aldeas que, como dijo Churchill de los Balcanes, produce más historia de la que puede consumir: la cantidad de efemérides y emblemas arquitéctonicos por habitante (239 en 2021) es abrumadoramente excesiva. El lugar es apreciado, con todo, por cierto tesoro subterráneo: entre El Toro y Sarrión se recoge el 80% de la producción mundial de trufa, esa apestosa joya negra.

Hasta llegar al término de Sagunto, donde desemboca, el Palancia va bordeando o atravesando diferentes poblaciones: Bejís, Teresa, Viver, Jérica, Navajas, Segorbe, Geldo, Soneja, Algar, Sot de Ferrer y Alfara de la Baronía.

Este recorrido, de unos 90 kilómetros, se corresponde con tres realidades orográficas y ambientales muy distintas. Prisionero de las alturas, el río permite pocas alegrías agrícolas: algo de cebada, centeno, avena. Más abajo, en la zona de Segorbe, Altura y Viver, encontramos un segundo piso climático con una más potente realidad agraria. El secano estimula el rendimiento de la almendra y la aceituna. Esta última, de la variedad serrana de Espadán, da como resultado un aceite muy preciado. Finalmente, a punto de llegar al mar (a la altura de Sot de Ferrer), nos podemos encontrar ya con una ruralidad exhuberante y fructífera: naranjas, caquis, nísperos.

Esta diversidad, unida a su particular geografía, hace de la comarca del Alto Palancia un pequeño paraíso para excursionistas y ciclistas. Aquí encontraremos la Vía Verde que, partiendo de Ojos Negros (Teruel) culmina en Sagunto, reciclando una antigua vía férrea.

Cada una de las poblaciones por donde pasa el río tiene circunstancias paisajísticas y monumentales que el visitante no debería negligir. La capital de la comarca es Segorbe, que posee algunos emblemas urbanos de relieve. Como la ciudad atesora una herencia histórica contrastada y, además, es cosede del obispado Segorbe-Castelló, la herencia religiosa destaca sobre todo lo demás, sea por su catedral (siglo XIII) o las iglesias de San Pedro y de San Martín, entre otras. Tampoco hay que perderse el Museo Catedralicio, con una imponente colección de pintura gótica. Al visitante, si sobrevive a tanta belleza celestial, le recomendaría que buscara un buen restaurante y pidiera, para reponerse, una ración de olla segorbina o de empedrao (arroz con bacalao y alubias). Luego necesitará -esto es así- una buena siesta.

Pero los amantes de las glorias del pasado todavía deben dirigirse a Altura. Allí se encuentran las ruinas de la cartuja de Valldecrist, de memorable recuerdo. Valldecrist es la segunda fundación cartuja en tierras valencianas, después de la de Porta Coeli. En la actualidad se encuentra piedra sobre piedra, perpetuamente en restauración, un pobre vestigio de la soberbia fundación que Martín el Humano promovió en el siglo XIV, cuando todavía era infante de Aragón. En este lugar fray Bonifaci Ferrer –el hermano del santo-, escribió su malograda traducción de la Biblia. Esta versión al catalán –la primera en una lengua románica- fue destruida por el celo inquisitorial, digno de mejores causas. Aun así, desde Valldecrist se orquestó la participación valenciana en el Compromiso de Caspe y el Cisma de Occidente, cuando la Iglesia católica quedó partida en dos y los valencianos se mantuvieron fieles al Papa Luna, un papa divisivo y particularmente longevo.

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Los que prefieran el paisaje a la Historia deben dirigirse, sin dudarlo, hacia Navajas. Allí, nuestro río propicia una pequeña catarata fotogénica y majestuosa, el Salto de la Novia o Cascada del Brazal. El origen del primer nombre hay que buscarlo en una curiosa fábula que asegura que las doncellas, para demostrar su amor, debían saltar sobre la parte más estrecha del río. Una de ellas falleció en el intento –y su enamorado también, al procurar salvarla. De ahí la leyenda.

Por lo demás, Navajas es una población muy apreciada por los numerosos veraneantes que la colonizan durante el buen tiempo. El agua es su posesión más feliz, como atestiguan la presencia del Manantial de la Esperanza, la Fuente del Hierro o la Fuente del Baño.

El río Palancia, por donde pasa, provee una cierta felicidad...


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