El juego de la Botifarra ya tiene universidad
En Platja d’Aro se abre la primera facultad para fomentar su conocimiento


En muchos ateneos, clubes, centros cívicos… se juega a la Botifarra o se dan cursos de iniciación a este juego de cartas. Pero en Platja d’Aro, un grupo de amigos con buen humor ha querido dar mayor empaque a la cosa y ha fundado la Universitat de la Botifarra. Cuando llamé para ir a verlos me atendió el “secretario académico”, Jordi Armengol. Platja d’Aro es la primera facultad de esta singular universidad que, gracias a otras gentes, ya tiene planes para expandir su campus. En Sant Feliu de Guíxols abrirá la segunda. De allí es la rectora, Txell Roca. En esta jocosa emulación académica no se canta el Gaudeamus igitur ni se visten birretes. Lo que hay es el deseo de fomentar la Botifarra. “Y para conseguirlo había que hacerlo divertido”, comenta Armengol. “La Botifarra se juega, menos que antes, en casinos y bares, pero no es un juego de la familia. Hay que reintroducirlo”.
Armengol coincide con Roca en que para lograrlo hay que convencer a los jóvenes para que la jueguen y eso puede hacerlo la familia, aunque admiten que “es difícil que un chaval con el móvil en la mano lo deje”. Los sábados de este mes de enero han celebrado en el centro social Avenir Fanalenc, cuya junta está apoyando el proyecto, los primeros cursos. La matrícula es gratuita y el cuerpo docente se nutre de un voluntariado desinteresado. Todavía no tienen estatutos, pero todo se andará. El sábado 24 llegaron al aula 200 barajas compradas a Fournier. Este febrero harán una encuesta para conocer las preferencias sobre días y horas.
Una sesión académica dura cuatro horas. Ensayaron el método con unos pocos voluntarios. La primera, a las tres de la tarde, es para que vaya llegando el alumnado -no hay que avisar ni apuntarse previamente-, se vayan conociendo, tomen un café… Los de nivel 1 son quienes desconocen el juego. El nivel 2 se adjudica a los que habían jugado, pero están oxidados. Y el nivel 3 es para quien sabe jugar. En la segunda hora únicamente juegan los de nivel 1 y 2. Así, los jugadores de nivel 3, los maestros y los catedráticos -que los hay, como Joan Ros- pueden dedicarse a orientar y dar consejos en unas partidas con el juego descubierto.
En una breve clase magistral se repasan las reglas. A la que asistí, el maestro Josep Dalmau citó del libro de 1999 de Joan Torró i Mas una frase para tranquilidad de todos: “La Botifarra es un juego que se inventó para que los jugadores se equivocasen”. En las dos últimas horas, las mesas se organizan por sorteo, mezclando niveles y se sigue aprendiendo.
El sábado había una cuarentena de estudiantes. La marsellesa Joselyne, vecina de Platja d’Aro, se apuntó para conocer algo distinto a la baraja francesa. Martí y Clara habían venido de Terrassa porque ella prepara un guion donde se juega a cartas y quería conocer la Botifarra. Y tuvieron la visita de un notable experto que había ayudado con las lógicas de las jugadas a los programadores de Butinet -el juego en línea que creó Carles Vallvé hace más de veinte años-. Y Armengol insiste en un punto: “estamos abiertos a que se abran nuevas facultades”.
Hay noticias ciertas sobre la historia de los juegos de naipes… las dan las órdenes reales prohibiéndolos. En Cataluña se cita un documento de 1425 en el que se avisa de que nadie ose jugar a “mesallola ni a gresescha de país”. La Botifarra es un juego joven. Nace en Cataluña en los entornos de 1940. Viene de la Manilla, juego que llegó a Cataluña desde Occitania. Joan Amades, en su libro sobre los naipes, describe la Manilla diciendo que siempre va acompañada de alboroto, gresca. Siendo la Botifarra de la familia de la Manilla, es de suponer que el autor se refiere a las discusiones tras una mano porque la Botifarra es un juego mudo. No admite comentarios en la mesa ni señales. La más habitual es con cuatro jugadores emparejados. Es ya terminada la mano cuando, si ha lugar, se desatan las recriminaciones por desaciertos en las jugadas. Dado que soy un jugador con flaquezas de estrategia, me interesa buscar una pareja que te riña y enseñe…pero que no se enfade porque entonces juegas atemorizado por el chaparrón que te puede caer.
Otra cosa es que, incluso entre los más sabios, no haya unanimidad sobre determinados lances. Hay todo un refranero con recetas. La Botifarra tiene una cierta bibliografía, cuyos autores, la mayoría, son jugadores con muchas horas de vuelo y dan consejos sobre jugadas en las que puede haber dudas. Y es que la Botifarra no es sencilla de jugar. Las reglas son claras, pero acertar a tirar la carta más conveniente para ti y tu pareja no siempre es fácil. Puedes meter la pata.
Ya en tiempo de los disquetes y ordenadores con CPU de 32 bits salió un juego con el emblema del Palamós FC para hacer partidas digitales contra la máquina. Ahora hay aplicaciones para Android, el sistema operativo de Apple o para jugar en la web. En la red hay publicadas tesis de ingeniería informática sobre cómo crear un videojuego de la Botifarra. Y las partidas pueden ser contra los robots del juego o quedar en línea con otras personas. También se celebran campeonatos. Para vencer en los más sofisticados no hay que conseguir la máxima puntuación porque eso dependerá finalmente, se sepa mucho o poco, de las cartas que hayas tenido.
Para afinar la clasificación, en todas las mesas se juegan las mismas bazas. Se marcan los lomos de las cartas de cada jugador para, luego, repartir el mismo juego en los otros tapetes. Gana la pareja que ha aprovechado mejor las cartas que le han tocado, no la que ha acumulado más puntos. En 1998 participé en el primer campeonato nacional organizado por la Generalitat con este sistema de puntuación y cuya final se celebró en el Camp Nou. El puesto que ocupé en la clasificación final no es motivo de esta crónica.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































