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Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Criptopromesas de juventud

La precariedad laboral, la falta de confianza en las oportunidades económicas y la promesa de libertad financiera con las criptomonedas son la tríada perfecta para el apetito de los jóvenes de sumarse a la dimensión digital de la economía

IM Academy, en Barcelona
Acto internacional del grupo IM Academy en Badalona.CRISTÓBAL CASTRO (EL PAÍS)

El fenómeno de los jóvenes como microinversores en criptomonedas no es nuevo, pero se ha destapado en los últimos meses por denuncias de estafas piramidales como la IM Academy o el informe del Banco de España donde se destaca la actividad con criptomonedas entre 18 y 24 años. Ya en 2019, según un estudio de la Fintech 2gether, en la eurozona un 31% de usuarios de criptomonedas eran de la generación Zeta.

La precariedad laboral, la falta de confianza en las oportunidades económicas y la promesa de libertad financiera con las criptomonedas son la tríada perfecta para el apetito de los jóvenes de sumarse a la dimensión digital de la economía. La mayoría lo conciben como una forma sencilla de generar ingresos mientras estudian o de suplementar sueldos irrisorios. Difícilmente pisarán un banco para poner sus escasos ahorros en un fondo de inversión, han crecido desconfiando de las instituciones financieras. A su vez, los mantras grandilocuentes sobre las oportunidades de ganar dinero simplemente desde el móvil y sin esfuerzo son claramente atractivas, minimizando los riesgos asociados a la volatilidad de los valores. No tienen educación financiera para calibrar esos peligros, pero para aquellos que tienen la suficiente destreza digital para crear sus criptomonederos parece más fácil invertir en bitcoin que conseguir un trabajo digno y estable.

Puede que lleguen a ello a través de amigos o conocidos que les cuenten su experiencia, o porque sus influencers de cabecera les abren las puertas al mundo cripto. En algunos casos, el aliciente del riesgo, la adrenalina y entrar a formar parte de comunidades casi clandestinas puede ser un vector muy atrayente.

Ahora bien, a pesar del reciente revuelo, quizá nos debería preocupar tanto como las apuestas en línea o a las modalidades de play-to-earn, es decir, recibir dinero a cambio de jugar a videojuegos. Está muy extendido internacionalmente, sobretodo entre jóvenes de bajos niveles de formación y familias con recursos limitados. Porque sí, hay diferencias de clase ahí también: la proporción de universitarios con estudios vinculados al mundo digital o la programación es mucho mayor en la criptoinversión que en apuestas o el play-to-earn.

Por supuesto nos tiene que preocupar que el mundo de la criptoinversión sea tan accesible como descargarse una app, y hay que apostar por la educación financiera. Lo que no vale es demonizar las criptomonedas o las ansias de las generaciones más jóvenes por modos fáciles de ganarse el pan sin replantear que el contrato social está caducado y obsoleto. No sólo por la revolución digital y las sacudidas que conlleva, sino por el capitalismo exacerbado que no entiende de promesas de futuro ni de justicia social. Construyamos presentes y futuros ilusionantes. Y en lugar de hacerlo “por” los jóvenes, hagámoslo con ellos.

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